MAC: Cerdanyola tiene mucho que celebrar

MAC: Cerdanyola tiene mucho que celebrar

Hace más de una década que, cuando hablamos de instituciones artísticas, lo hacemos en tono de lamentación: que si no hay dinero, que si la gente no se interesa por el arte ni por el patrimonio… como decía van Gaal: «siempre negatifo».

Y ahora hace apenas una década que el Museo de Arte de Cerdanyola (MAC), consciente de estas dificultades, se esfuerza en superarlas y convertirlas en factores positivos.

Sala Modernista del MAC. Foto: Llorenç Conejo-Llorco.

El once de septiembre del 2009, en plena crisis económica, abría puertas el MAC. Si el espacio es pequeño –un edificio modernista que había sido casino, torre de veraneo y sede de un laboratorio farmacéutico–, el equipo aún lo es más. Su director, Txema Romero, y su ayudante.

El museo no tiene dinero para adquisiciones, pero en diez años ha pasado de las 300 a las 3000 obras de arte. Todo donaciones. La mayoría, de particulares. Y la colaboración desinteresada de historiadores de arte del prestigio de Josep Casamartina, Fina Duran o Joan Maria Minguet.

Vista nocturna del MAC. Foto: Xavi Olivé.

Y si bien el MAC está limitado por el espacio, un vistazo a sus actividades hace que nos lo imaginemos mucho mayor. El alma de un museo es su colección, sí; pero una colección, si no se explica, si no se emplea para conocernos mejor, si no motiva diálogos entre diferentes, ni nos ayuda a tomar conciencia de nuestro papel en la sociedad, ni tampoco sirve para fomentar valores como, por ejemplo, la igualdad de género o la colaboración intergeneracional, se arriesga a ser estéril.

Ismael Smith, Manola, c. 1907. Porcelana vidriada reproducida por Antoni Serra Fiter. Depósito Col·lecció Nacional d’Art de la Generalitat de Catalunya.

Pongamos dos ejemplos casi coetáneos: el dibujante y escultor posmodernista Ismael Smith (Barcelona, 1886-White Plains, Nueva York, 1972) y el pintor Josep de Togores (Cerdanyola del Vallès, 1893-Barcelona, 1970). Cada uno tiene una sala dedicada. Smith, judío y homosexual. Togores, sordo a la edad de trece años. Estos factores, en cierto modo, marcarán el talante de su vida y obra.

Finestres de les roses. Propiedad de los hermanos Domènech. Depósito MAC.

La colección permanente, que ocupa la primera planta, está dividida en cuatro secciones: la que inicia el recorrido, dedicada a los dos arquitectos del edificio. Gaietà Buïgas, que en 1894 edificó un teatro-casino para los veraneantes; y su sobrino Eduard Maria Balcells, que aproximadamente en 1910, por encargo del indiano Evarist López, transformó el edificio en una lujosa torre de veraneo.

Ismael Smith, «Enceinte ‘grossesse’ Enfin, je puis me reposer!». Mona Lisa embarazada, 1912. Tinta sobre papel. Donación Enrique García-Herráiz en memoria de Paco Smith.

Cierra el recorrido la sala dedicada a la colonia de artistas que, entre la década de 1920 y la guerra civil, trabajaron en Cerdanyola. Creadores en la órbita del segundo novecentismo y del art déco, como el moldeador italiano Alberto Lena, el escultor Josep Viladomat, los pintores Manuel Humbert y Marian Anton Espinal, o los ilustradores Valentí Castanys y Josep Coll.

La sala dedicada a Ismael Smith contiene dibujos, grabados, cerámicas, joyas y esculturas de este grandísimo artista que todavía andamos descubriendo; una rica colección levantada gracias a las donaciones de Enrique García-Herráiz –heredero moral del artista–, de la Galería Artur Ramon, o el depósito de Marie Christine Villa, hija del pintor Joan Vilacasas.

Josep de Togores, Femme avec raisin (Mujer con racimo), 1926. Óleo sobre tela.

En la sala Togores encontraremos obras maestras de este pintor que pasó por el noucentisme, el realismo mágico, el surrealismo y el realismo más tradicional, como el monumental El borracho (1911) o el sensual Femme avec Raisin (1926); además de obra de otros creadores novecentistas, como el escultor Manolo Hugué, autor de un busto de la hija del artista, Cabeza de Tití (1927).

Josep de Togores, Retrato de Manuel de Togores, 1918. Lapiz sobre papel.

Pero el espacio más amplio y luminoso del MAC se encuentra en la Sala Modernista: con una pintura de Anglada-Camarasa, esculturas y cerámicas de Josep Llimona, Marian Burgués, mobiliario modernista… todo bañado por la luz que emanan los vitrales originales del edificio: las Damas de Cerdanyola.

Iris, tulipanes, flores, naranjas, peonía, loto, pasiflora, margaritas, rosas… Tras estas composiciones hay una rica simbología sobre el amor y la belleza.

Estos vitrales fueron instalados durante la reforma que el joyero Evarist López llevó a cabo en el inmueble que acababa de comprar, y que convirtió en torre de veraneo hacia el año 1910. Su autoría se atribuye al vidriero alsaciano Ludwig Dietrich von Bearn, aunque no se sabe con certeza quién debía idear su composición –quizás el arquitecto Eduard Maria Balcells, que tenía con su hermano un taller de confección de vitrales–, ni quien debía realizar los dibujos.

Damas del columpio.

Cuando el ayuntamiento de Cerdanyola compró el edificio, estos vitrales habían sido retirados. Permanecieron en propiedad particular hasta que fueron adquiridos por el Consorci Urbanístic del centre Direccional de Cerdanyola, que en el año 2009 los depositó en el MAC. Entre 2013 y 2014 fueron restaurados por el especialista Jordi Bonet, con la colaboración de la Diputación de Barcelona y el Centro de Restauración de Bienes Muebles de Cataluña. Y el año pasado fueron declarados Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN).

Damas de los cisnes.

Damas de Cerdanyola está formado por dos escenas: las Damas del columpio y las Damas del lago. Esta última escena está compuesta por dos vitrales, las Damas de los cisnes y las Damas de los tulipanes. Iconográficamente, los tres vitrales forman una pareja de figuras femeninas en un entorno floral.

Damas de los tulipanes.

Iris, tulipanes, flores, naranjas, peonía, loto, pasiflora, margaritas, rosas… Tras estas composiciones hay una rica simbología sobre el amor y la belleza.

Las damas de la escena central alimentan los cisnes con peonía, la rosa sin espinas. ¿Simbolizan el amor sin dolor? ¿Aluden al mito de Leda y el cisne? ¿O tal vez alaban el amor reposado, lejos de las turbulencias iniciales?

Si deseáis saber el significado, siempre podéis ir al MAC y preguntarlo. Mejor aún, el próximo jueves, 19 de septiembre, a las siete de la tarde, celebrarán el 10 aniversario y la proclamación del BCIN. ¿Por qué no vais y lo averiguáis por vuestra cuenta?

Un Marès de novela

Un Marès de novela

Mirar de verdad las obras de un museo no resulta fácil, normalmente las podemos ver un poco por encima, y sólo de lejos, como quien ve nubes, o un mar, o una constelación, o un geranio en el balcón de alguien.

Por eso tal vez será necesario un buen guía, un explicador que nos lo explique todo bien explicado, alguien con conocimientos de la historia y del arte, pero, sobre todo, alguien con poder de convicción, de seducción.

Sala femenina del Museu Marès. Foto: Museu Frederic Marès © Patrícia Bofill.

De modo que algunos museos han ido probando tretas para explicarse mejor, de manera más convincente. Han programado visitas nocturnas que estimulen el poder aventurero de los visitantes y su capacidad de autosugestión, quizás ayudados por la oscuridad. También han contratado actores para servirse también de las habilidades de la ficción, para que los visitantes puedan, si quieren, dejarse arrastrar por la fantasía que un personaje, directamente procedente del pasado, les otorgue el privilegio de una visita guiada.

Es desde esta perspectiva que el Museo Marès ha comenzado a organizar unas visitas guiadas por el poder evocador, transformador de la literatura. En esta ocasión no nos acompañan actores en el itinerario, sino la voz de algunos grandes escritores que vivieron en aquel tiempo que ya no volverá, del que sólo quedan algunas pocas muestras, algunos testimonios de vida y de arte como los que atesora orgullosamente el museo. La visita llamada Un museu de novel·la recorre el gabinete de curiosidades de la institución con la guía de algunos buenos fragmentos literarios de la época decimonónica o sobre aquella época. De la sencilla curiosidad, a veces, puede surgir el conocimiento, de la misma manera como de la modestia surge, tal vez, la cordura. Jacint Verdaguer lo llamaba “esa voz de los ausentes”, la voz de los que ya no están pero que es evidente que aún continúa aquí, la plasticidad y las ideas de una lengua literaria contemporánea a los objetos que miramos en el museo y que perduran como una evidencia del paso del tiempo sobre nosotros.

El Museo Marès es uno de los grandes tesoros de Cataluña, un acopio de piezas formidables que nos inquietan y nos fascinan.

Frederic Marès coleccionaba colecciones antiguas, preservaba objetos de la destrucción de la misma manera que la literatura mantiene vivo el pasado que no queremos que pase, que se vaya del todo. La Barcelona que se transforma con la Exposición universal de 1888, la de Pitarra, menestral y áspera, la de Guimerà dramática, las que llenaban todos los teatros de la ciudad, la de una burguesía catalana fabulosamente enriquecida durante el período que Narcís Oller denominó La fiebre de oro. La gran ciudad que sale de la asfixia de las murallas y crece imparable, la que retrata Joan Salvat-Papasseit, la del trabajo manual de los enjambres de mujeres que tejen sin descanso y la de las forjas abrasadoras que los hombres hacen repicar y humear. También la gente que fuma tabaco y aún consume rapé y se entusiasma por París como nos aseguran los libros de Santiago Rusiñol. La Barcelona en la que Josep Pla se hizo escritor, el hinterland de Marian Vayreda, Joaquim Ruyra y Prudenci Bertrana. La de la modernidad que, como en las novelas de Mercè Rodoreda, todo lo mira y todo lo quiere integrar.

El Museo Marès es uno de los grandes tesoros de Catalunya, un acopio de piezas formidables, de presencias que nos inquietan y nos fascinan cuanto más los miramos, como mejor los entendemos.

La actividad Un museu de novel·la. Passeig literari pel “museu sentimental” tendrá lugar el próximo sábado 21 de septiembre, a las 11 de la mañana, en el Museo Frederic Marès. Se precisa reserva previa. Cualquier grupo que lo desee, puede solicitar esta misma actividad en una fecha concertada, aquí.

Lamento por un Botticelli (o la historia de Marullo y Cambó)

Lamento por un Botticelli (o la historia de Marullo y Cambó)

El nombre de Francesc Cambó (1876-1947) se encuentra íntimamente ligado al de Alessandro Filipepi di Mariano di Vanni, más conocido como Sandro Botticelli (1445-1510). Cualquiera que haya profundizado en la vida y trayectoria del político catalán conoce el profundo vínculo emocional que Cambó estableció con la producción de este insigne artista y, sobre todo, con las obras que pudo adquirir de él, que fueron cuatro.

Tres de ellas las donó en 1941 al Museo del Prado. Se trata de los panneaux –como a él le gustaba llamarlos– con la historia de Nastaglio degli Onesti, extraída del Decamerón de Boccaccio. La cuarta es el Retrato de Michele Marullo Tarcaniota (hacia 1490), poeta y humanista griego nacido en Constantinopla que pasó buena parte de su vida exiliado en Italia debido a la conquista de los turcos.

Sandro Botticelli, La historia de Nastaglio degli Onesti. Detalle, 1483. Museo del Prado, Madrid.

Este cuarto Botticelli, no se cuenta entre la cincuentena de pinturas de la colección Cambó ingresadas en el antiguo Museo de Arte de Cataluña tras el fallecimiento del político catalán. El legado incluía capolavoros de Sebastiano del Piombo, Tiziano, Cranach el Viejo, Tintoretto, Veronese, el Greco, Rubens, Tiepolo, Gainsborough o Goya. El retrato de Marullo pintado por Botticelli no llegó al museo catalán porque fue escogido por Helena Cambó, hija del político, para incorporarlo a su patrimonio personal. Esta era una de las cláusulas del testamento de Cambó, un documento de última voluntad que llegó a publicarse en la revista Destino. Helena explica en el hagiográfico libro sobre Cambó publicado por Jesús Pabón en 1952, que eligió el Marullo por todo lo que significaba para su padre. Podía haber elegido un San Juan Bautista entonces también considerado de Botticelli, pero eligió el Marullo. Y acertó, ya que el San Juan Bautista ha dejado de ser un Botticelli no hace muchos años, para convertirse en un Raffaellino del Garbo.

Helena Cambó.

El origen de la colección lo conocemos perfectamente. Un buen día Cambó llamó a su despacho a Joaquim Folch i Torres, director de los Museos de Barcelona, y le preguntó qué podía hacer él en beneficio del museo de arte de la ciudad. Folch le recomendó comprar obras de los grandes maestros de la pintura universal, un ámbito donde la institución tenía un auténtico vacío. Se despidieron encajando fuertemente las manos y al día siguiente el plan de la colección ya estaba redactado. Plis plas. A partir de ese momento, Folch viajó por toda Europa comprando obras y recabando la opinión en torno a las mismas de los máximos especialistas mundiales, un tema que preocupaba especialmente a Cambó, que quería tener las pinturas perfectamente certificadas y documentadas. Una colección hecha en diez años. Con mucho, mucho, dinero. La irrupción de Cambó como comprador sacudió el mercado internacional, lo que hizo que grandes anticuarios como Duveen, acostumbrados a tratar con los grandes banqueros y millonarios estadounidenses, lo consideraran la opción número 1 a la hora de ofrecer las obras de los grandes maestros que llegaban a sus manos. Seguramente, este ha sido la única ocasión en la que un coleccionista catalán ha competido en esta división.

Le pidieron una cifra desorbitada de dinero.

En cuanto al retrato de Marullo pintado por Botticelli, con la fruición del coleccionista apasionado, Cambó explica en sus dietarios de 1941-1947 como lo adquirió. Fue en 1929 en Berlín, a la colección de Eduard Georg Simon, uno de los hiladores de algodón más importantes de Alemania que no pasaba por un buen momento económico. La obra se encontraba desde inicios del siglo XIX en Alemania y había sido atribuida, primero, a Massaccio y, después, a Filippino Lippi. Desde el 1896, sin embargo, ya era reconocido como un Botticelli. Cambó había visto la pintura en casa de Simon en 1928 y, un buen día, recibió un telegrama diciéndole que, si lo quería, tenía un día para decidirse. Le pidieron una cifra desorbitada de dinero. Cambó no debía dormir esa noche. «Y empezó entonces en mí aquella lucha entre el sí y el no; entre el deseo y el coste; entre el placer y el dolor; entre el impulso y la reflexión. Aquella lucha, llena de voluptuosidades, que es el tormento y el gozo de los coleccionistas». Cambó, finalmente, aceptó el ofrecimiento, pero puso como condición que la obra se trasladara a la sede de Crédit Suisse en Zurich, donde se formalizó la operación. Simon envió a su esposa con el Botticelli bajo el brazo. Cambó a Folch y Torres, que fue la persona encargada de recogerlo.»Cuando recibí el telegrama diciéndome que el cuadro ya era mío, tuve una de las grandes satisfacciones de mi vida», escribió años después.

Sandro Botticelli, Retrato de Michele Marullo Tarcaniota, c. 1490.

Gracias a las investigaciones de Borja de Riquer hoy sabemos que Cambó pagó la importante cifra de 1.200.000 pesetas de la época por el retrato de Marullo. Para que tengamos un referente, el mismo año, Cambó compró los tres Botticelli del Prado por casi tres millones de pesetas. Y aún otro referente, aunque distinto. En 1932 el Ayuntamiento de Barcelona adquirió por 7.000.000 millones de pesetas –gracias a un polémico crédito firmado con La Caixa– la colección del industrial Lluís Plandiura. Esta colección, hoy, es uno de los pilares de la colección de arte románico y gótico del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).

Cuando Cambó adquirió el Botticelli se desconocía quién era el retratado. Fue en 1932 cuando Bernard Berenson, consumado especialista en pintura italiana, publicó la identificación del personaje en su libro Italian Pictures of the Renaissance. El descubrimiento debía suponer algo intenso en el fuero del alma de Cambó. Imaginémoslo delante el cuadro el día que se enteró de la identidad del personaje. Ambos mirándose, conociéndose. Después de leer los estudios que había dedicado Benedetto Croce al poeta Marullo, el mecenas catalán siempre se sintió muy identificado con la vida de aquel griego que vivió tantos años alejado de su patria, exiliado.

Cambó disfrutó y sufrió mucho con su colección, sobre todo a raíz de la Guerra Civil española, cuando luchó desde el exilio para que sus grandes pinturas conservadas en Barcelona no fueran destruidas o expoliadas, tal como ha demostrado una investigación reciente de Inmaculada Socias, con documentación inédita. Entre otros documentos, ha salido a la luz una valoración de las pinturas de la colección efectuada a efectos de la contratación de un seguro, en la que el retrato de Marullo se tasó en 50.000 francos suizos, la cifra más alta de toda la colección.

Un Botticelli no es coche de segunda mano ni un piso en el Putxet.

Y esta es la historia de Marullo y Cambó. Una vez muerto el político, la obra ha ido incorporando episodios a su pedigrí privativo. Desde 1935, se ha cedido a exposiciones en París, Madrid, Barcelona, Berlín, Roma, Londres, Frankfurt y Nueva York. Marullo residió más de cincuenta años en la casa de los Cambó en Barcelona, hasta 2004, cuando se fue a Madrid. Lo del puente aéreo, sí. El MNAC intentó, sin éxito, que se incorporara a su colección en forma de depósito para que luciera junto al resto de la colección. Pero los Guardans-Cambó cedieron el retrato a el Museo del Prado por un año, préstamo que se fue prorrogando hasta el pasado 2016, cuando lo levantaron. Y ayer descubrimos porqué lo hicieron. La familia quiere vender la obra. Y tiene todo el derecho. Ahora bien, un Botticelli no es coche de segunda mano ni un piso en el Putxet. Un Botticelli es una responsabilidad con la humanidad, y su propietario legal, por mucho que lo sea, no puede disponer libremente de él, como así marcan todas las directrices patrimoniales internacionales y la legislación de numerosos estados.

Francesc Cambó, 1918.

En este sentido, el Ministerio de Cultura en 1988 declaró la obra Bien de Interés Cultural (BIC) y esto hace que no pueda desvincularse del Patrimonio Histórico Español. Su gran trascendencia histórico-artística, la innegable calidad y el hecho de que sea el único retrato de Botticelli conservado en España lo justifican. Desde aquel momento, el Botticelli de Cambó puede salir de España para ser exhibido, pero no puede ser vendido fuera de las fronteras del estado. Sí puede ser vendido, en cambio, dentro del territorio español si se informa debidamente a la administración y se siguen los trámites pertinentes, como ya ha ocurrido en fecha reciente con otras obras de arte declaradas BIC.

Cuando estos días se ha hecho público que el Marullo será exhibido a principios de octubre en Londres en el marco de la feria de arte Frieze Masters, un lugar donde se compra y se vende arte al máximo nivel, se dispararon a todas las alarmas. La galería londinense que la presentaba, Trinity Fine Art, ha anunciado a través de su web que la pieza se ofrecerá a la venta «en el mercado internacional». Incluso, han editado un catálogo monográfico sobre la obra firmado por Carl Brandon Strehlke, una de las máximas autoridades mundiales en el Quattrocento florentino, comisario de la exposición sobre Fra Angelico que se puede ver actualmente en el Prado. Las escasas informaciones de las que se disponía hacían presagiar el peor de los escenarios: que el Ministerio podía haber revocado la condición de BIC de la obra y que se había concedido el permiso de exportación temporal con posibilidad de venta. Hubiera sido inaudito, pero no la primera vez que pasaba algo por el estilo. El pasado 2013 la casa de Alba vendió unos fastuosos muebles de lavabo de estilo Art-Déco procedentes del Palacio de Liria, realizados por Armand Albert Rateau. Se subastaron en París y los Alba obtuvieron seis millones de euros por la venta. El Palacio de Liria había sido declarado BIC en 1974, y en la declaración se incluyó un anexo en el que figuraba una serie de bienes muebles que quedaban afectados por la declaración, entre ellos, los muebles de Rateau. Este hecho, sin embargo, no impidió que salieran hacia París para ser vendidos.

Afortunadamente, en el caso del Botticelli no ha sido así. Ante la avalancha de comentarios precipitados que suscitó la cuestión en Twitter –me incluyo–, junto con la presión de los periodistas, el Ministerio se ha visto obligado a salir al paso explicando que la obra sólo se exportaba con un permiso temporal, lo mismo que se concede cuando una obra viaja al extranjero para participar en una exposición. Es decir, que el Botticelli los Guardans-Cambó deberá volver cuando finalice el permiso. Se venda, o no. O lo que es lo mismo, en la feria de Londres lo podrá comprar algún magnate ruso del petróleo o algún jeque de Qatar, pero nunca lo podrán sacar de España.

A todo esto, ¿la Generalitat de Cataluña puede hacer algo?

Preguntas. ¿En qué términos ha solicitado la familia propietaria el permiso de exportación? ¿Han declarado que era para ser exhibida en una feria de arte y antigüedades y que intentaban buscar un comprador internacional? ¿Por qué la galería que ofrecerá el Botticelli a la venta no menciona que quien compre la pintura no la podrá sacar de España? ¿Por qué una galería contrata a un historiador reputado para redactar un catálogo sobre la obra cuando sabe que la operación tiene este handicap tan importante? ¿Ha habido negociaciones previas entre los Guardans-Cambó y el Museo del Prado? ¿Estas negociaciones han quedado truncadas, y de ahí la retirada del depósito del Prado? Es evidente que todo ello forma parte de un plan perfectamente urdido por los Guardans que no tiene otro objetivo que hacer subir la valoración de la obra y presionar al Ministerio de Cultura para su adquisición al precio más elevado posible, como mucha gente haría si tuviera un Botticelli en casa. Bueno, no todos. Francesc Cambó regaló tres al Prado. Ahora, los catorce hijos de Helena, los catorce nietos de Cambó, quieren vender el cuarto.

A todo esto, ¿la Generalitat de Cataluña puede hacer algo? En condiciones de normalidad política y económica debería interesarse por la obra, dado que en el MNAC se conserva el grueso de la colección Cambó. De hecho, si el Marullo tuviera que ir a algún museo, este debería ser el MNAC. El problema es que la situación del país es la que es, y las partidas que se destinan a Cultura y, en concreto, a la adquisición de obras de arte, son las que son. Sea como sea, Cataluña debería poder comprar un Botticelli. Porque comprar el Botticelli de Cambó sería hacer país y supondría actuar como un estado. Como cuando se adquirió la colección Plandiura en 1932, a pesar de las furibundas críticas que se lanzaron desde determinados sectores de la izquierda, que esgrimieron el argumento de las necesidades reales y las prioridades. Porque sí, porque un Botticelli debería ser una prioridad. Y no un objeto de lamentación.

Manresa 2022: el futuro es barroco

Manresa 2022: el futuro es barroco

En la web del Museo Comarcal de Manresa ya lo avisan: «El Museo ha iniciado una importante reforma museográfica. Para poder llevarla a cabo hemos tenido que cerrar la mayor parte de nuestras salas de exposición».

Actualmente –prosigue el aviso– sólo hay dos exposiciones visitables: Pinturas de Antonio Viladomat (Barcelona, 1778-55) y la muestra Pequeño museo con una breve selección de piezas de nuestro fondo.

Vista de la exposición «Pequeño museo».

Pero, si a pesar de ello queremos descubrir los tesoros del museo, podemos hacer clic en el botón rojo que reza «Entrada», y vivir, en su esperanzadora virtualidad, pasado, presente y futuro de un espacio que reúne arqueología, historia, memoria y arte, mucho arte.

Francesc Vilà, director del Museo Comarcal de Manresa, explica que la actual sede de la institución, el monumental colegio de San Ignacio, un edificio de mediados del siglo XVIII construido por los jesuitas se está transformando para adecuarse al siglo XXI, aprovechando el quinto centenario del “rapto de Loyola”, la revelación del fundador de la Compañía de Jesús en la Santa Cueva de Manresa.

Antoni Viladomat, La primavera, c. 1730-1755. MNAC. Llegat de Ramir Lorenzale, 1918.

Os sonará extraño, pero Ignacio de Loyola es uno de los abanderados de la Contrarreforma, una reforma doctrinal, mental y espiritual de la Iglesia católica que constituye la base, sobre la que se asienta el arte barroco, e incluso el concepto moderno de propaganda.

Vilà quiere aprovechar esta remodelación para ampliar el espacio expositivo del museo, que pasará a tener 1900 metros cuadrados, y reordenar sus contenidos. La primera planta estará completamente dedicada al barroco, un estilo que se identifica erróneamente, en Cataluña, con un periodo de decadencia económica, social y artística. El resto del espacio estará consagrada al territorio, la arqueología, el arte medieval, el siglo XIX y el XX. Diría que se trata de una de las reformas más ambiciosas llevadas a cabo en el mundo de los museos catalanes desde 2008.

Plano de la cueva de San Ignacio, 1731.

Si insistimos en visitar las dos pequeñas exposiciones abiertas actualmente en el museo, no haremos el viaje en vano. En la planta baja, en una sala de aproximadamente cuarenta metros cuadrados, hay una selección de los múltiples contenidos guardados actualmente en el almacén. Desde una lipsanoteca –un recipiente destinado a contener pequeñas reliquias– procedente de Santa María de Lillet, del siglo X, hasta la cruz de término de la Culla (s. XIV-XV), pasando por un plano original de la cueva de San Ignacio (1731), que nos muestra el aspecto que tenía este monumento en el siglo XVIII.

Servidora de l’harpia, s. XIV. Ceràmica medieval.

Pero tal vez las piezas más características del contenido del museo sean un altorrelieve del retablo del Rosario (1642-1646), de la antigua iglesia de San Pedro Mártir, obra paradigmática de uno de los principales escultores barrocos manresanos, Joan Grau. Una vitrina con cerámica medieval decorada, del siglo XIV. Se trata, cronológicamente, de la primera vajilla de lujo catalana, y fue descubierta mientras se derribaba la iglesia del Carmen, durante la Guerra Civil. Finalmente, un monumental cuadro de Antoni Viladomat, La asunción de la Virgen con todos los santos (c. 1728-1750).

Antoni Viladomat, L’assumpció de la Mare de Déu amb tots els sants, c. 1728-1750.

Precisamente, en la primera planta encontraremos catorce pinturas de Antoni Viladomat, la mayoría depositadas por el MNAC, y una Aparición de Cristo a San Ignacio en Roma (c. 1700-1755) en versión boceto y definitiva, esta última procedente de la Academia de Bellas Artes de Sant Jordi, de Barcelona. Se trata de uno de los espacios donde se puede ver más obra de este artista, el más reconocido del periodo de la Guerra de Sucesión. Hay, por ejemplo, tres obras de la serie «Las cuatro estaciones»: La primavera, El otoño y El invierno (c. 1730-35). Viladomat abordaba todo tipo de temática: composiciones religiosas, retratos, naturalezas muertas o escenas de género.

Antoni Viladomat, Aparició de Crist a Sant Ignasi a Roma, c. 1700-1755. Esbozo.

El renovado Museo Comarcal de Manresa quiere erigirse en el museo dedicado al arte barroco más importante de Cataluña. Manresa, en el siglo XVII, experimentó una explosión demográfica. Además, había tantos órdenes religiosos, que la demanda artística creció de manera exponencial, convirtiéndose en uno de los centros productores más destacados de escultura durante la época del barroco. Estirpes como los Grau (Joan y Francesc), los Sunyer (Pau y Josep), Josep Generes, Jaume Padró, Jacint Miquel i Sors hacen que hoy en día podamos hablar de un «siglo dorado» (1630-1730) del arte producido en Manresa.

Y más allá del barroco, tampoco podemos olvidar que, en el siglo XX, Manresa dio nombres tan interesantes como el pintor Alfred Figueras, el escenógrafo Josep Mestres Cabanes –pronto veremos en la ópera del Liceu sus decorados para Aida–, o el pintor, restaurador y marchante Josep Dalmau, que en su galería de Barcelona introdujo en Cataluña estilos como el cubismo francés (1912), y apostó por jóvenes artistas como Joan Miró (1918) y Salvador Dalí (1925).

Se hará largo, esperar hasta 2022… Pero siempre podemos ir haciendo pequeñas degustaciones en las dos salas abiertas del Museo Comarcal de Manresa. El tiempo pasa volando.

MEV: Medieval y digital

MEV: Medieval y digital

Si pretendemos conocer Cataluña, no podemos obviar sus raíces medievales. Y uno de los mejores lugares para conocer la cultura artística y material de Cataluña se encuentra en el Museo Episcopal de Vic (MEV).

El MEV es, a la vez, medieval y digital. Hunde sus raíces en 1891, en plena Renaixença, cuando un grupo de intelectuales y clérigos de Vic se organizaron para recuperar el patrimonio artístico del territorio. Y se renueva en 2002 con la inauguración de un nuevo edificio, de los arquitectos Federico Correa y Alfonso Milán, ambos formados en el taller del genial José Antonio Coderch. No se trata de uno de esos edificios emblemáticos destinados a convertirse en iconos de postalero o imanes de nevera, sino de una mole de geometría irregular, inspirada en los grandes palacios catalanes de época moderna, exclusivamente al servicio del contenido.

La Noche de los Museos 2019 en el MEV.

En el MEV hay numerosas colecciones, pero las más destacables por su singularidad y calidad son las de arte románico, gótico y textil. Pero con buenas, excepcionales piezas de arte, no es suficiente. Hay que saber explicar la colección, en los detalles de cada obra, y en el contexto en que cada cual ha sido creada.

No estaría de más que conociéramos un poco el Nuevo Testamento y la vida –y milagros– de algunos de los santos y mártires más habituales en Cataluña. Más allá de la fe de cada cual, se trata de un ejercicio básico de conocimiento que nos ayuda a entender mejor la cultura a la que pertenecemos. En todo caso, las breves explicaciones al lado de cada obra expuesta son suficientes para entender qué estamos viendo.

Pero lo que convierte el MEV en un ejemplo a imitar, dentro del panorama museístico catalán, es su web. En la sección Colecciones encontraremos todas y cada una de las obras explicadas con más detalles que en sala, con breves vídeos muy bien realizados, y una «gigafoto» de la pieza que nos permitirá verla bastante ampliada.

En el apartado Mi MEV podremos organizar una visita a medida con audioguía –y llevarla encima, en nuestro móvil–, escoger tres recorridos recomendados por los conservadores del museo –Obras maestras, El museo en 45 minutos o un Tour virtual 360º–, o incluso escoger alguno de los numerosos recorridos diseñados por los usuarios. Sinceramente, si alguna vez alguien tiene que diseñar la didáctica de un museo, es muy aconsejable inspirarse en esta magnífica iniciativa.

Mestre d’Erill, Descendimiento de Erill la Vall, primera mitad del siglo XII.

El espacio del museo está a servicio de las piezas. Al inicio del recorrido, el visitante se encuentra cara a cara con el Descendimiento de Erill la Vall, un conjunto escultórico de madera de la primera mitad del siglo XII. Estamos ante una obra excepcional: no se conservan muchas esculturas de tamaño monumental, en el arte románico catalán, ni el arte de la época era tan expresivo en mostrar el dolor, el pathos, de los personajes representados. Por otra parte, las figuras están articuladas, lo cual hace suponer que estas esculturas eran utilizadas en dramas litúrgicos. Este conjunto fue descubierto, en desuso, en 1907, en una iglesia de la Vall de Boí. La parte principal del conjunto fue adquirida en el mercado de anticuarios por mosén Gudiol, conservador del MEV, en 1911. Dos figuras más, la Virgen y San Juan, fueron adquiridas por el coleccionista Lluís Plandiura y se encuentran actualmente en el MNAC, de Barcelona.

El cuerpo de Cristo, inerte, derrotado; el ladrón Dimas, muerto con la lengua fuera; Nicodemo descuelga el Cristo mientras José de Arimatea sostiene el cadáver. Aún hoy percibimos el dolor y la resignación de la escena…

Talleres de la Seu d’Urgell, Pintura mural con la escena de la Santa Cena, 1242-1255.

Una Pintura mural con la escena de la Santa Cena (1242-1255) explica muy bien la transición entre la tradición tardorrománica y el primer gótico lineal. Cristo, en el centro, de cara al espectador, celebra la eucaristía, el acto sobre el que se centra la liturgia cristiana. A su lado, de acuerdo con los evangelios, san Juan reposa la cabeza. El único personaje que da la espalda al espectador, como no, es Judas, el traidor, que recibe el pan de la mano de Jesús. Una composición delicada.

Patio gótico del MEV.

Sin que ello signifique una crítica hacia otros museos que exponen grandes retablos de una manera poco adecuada, la sala 8 del MEV nos permite estudiar de cerca, y también desde una distancia elevada, una pieza de primera magnitud: el Retablo de advocación franciscana (1414-1415), de Lluís Borrassà.

Lluís Borrassà, Matanza de los Inocentes. Detalle del retablo de advocación franciscana, 1414-1415.

Este retablo de Lluís Borrassà es una de las obras maestras de la pintura europea del primer gótico internacional, caracterizado por una estética naturalista basada en el dinamismo y el uso de pigmentos de colores muy vivos. Este naturalismo destaca, por ejemplo, en la violenta escena de la matanza de los inocentes, donde los cadáveres de los bebés forman un siniestro montón.

Bernat Martorell abandera la segunda etapa del gótico internacional.

Curiosamente, la muerte de Lluís Borrassà en 1425 coincide con el inicio de la actividad artística de Bernat Martorell. Martorell abandera la segunda etapa del gótico internacional, con menos gesticulación y un clima más sereno que refleja un humanismo incipiente. Se nota la influencia de la pintura flamenca.

Bernat Martorell, Escenas de la vida de san Juan Baptista, 1427-1437.

Hay en el MEV compartimentos de un retablo con escenas de la vida de santa Eulalia, y una predela con escenas de la vida de San Juan Bautista, de Bernat Martorell, procedentes de la catedral de Vic. Martorell es un poeta del horror. Y lo podemos constatar en imágenes tan impresionantes como esta: la adolescente santa Eulalia muere en la cruz mientras la nieve cubre pudorosamente la mitad inferior su cuerpo. O esta otra: Salomé lleva en una bandeja la cabeza del Bautista mientras, al lado, un soldado acaba de decapitar el último de los profetas. Ni Tarantino lo hubiera resuelto mejor.

Las colecciones, pero sobre todo el buen trabajo del equipo del museo, han conseguido que el arte catalán de otros siglos, en el MEV, nos hable sin pátina ni intermediarios. La tecnología, aplicada a los museos, a menudo es un espejismo y un pozo sin fondo de recursos. En Vic lo han entendido y la utilizan de manera sabia, conscientes de que todas estas herramientas, sin pedagogía, son fuegos de artificio.

De Reus al Olimpo de las artes electrónicas

De Reus al Olimpo de las artes electrónicas

Ars Electronica es un festival de referencia mundial, que hace décadas marca tendencias en el media art y las expresiones más experimentales y arriesgadas del arte y la creatividad contemporánea, donde la presencia española y catalana ha sido siempre escasa, cuando no del todo ausente o meramente anecdótica.

Así que la presencia de la Colección BEEP de Arte Electrónico, invitada por segundo año consecutivo en el Gallery Space, un espacio relativamente nuevo que cuestiona de forma constructiva los modelos tradicionales de galerismo y coleccionismo, resulta francamente excepcional.

Robertina Šebjanič: Aurelia 1 +Hz / proto viva generator. Photo: Miha Fras (archive Gallery Kapelica).

Nacida en Reus gracias al clarividente mecenazgo del empresario Andreu Rodríguez y su mujer, la artista Marie-France Veyrat, la Colección BEEP lleva casi 15 años creciendo sin prisa pero sin pausa, y a día de hoy ha reunido un conjunto de obras de arte electrónico y digital muy significativo a nivel internacional, que resume las tendencias y evolución de las prácticas artísticas relacionadas con los nuevos medios tecnológicos.

Ars Electronica, Linz.

Ars Electrónica, que se celebra en Linz (Austria), del 5 al 9 de septiembre, no necesita presentaciones. Para su 40º aniversario ha preparado la edición más amplia de su historia, OUT OF THE BOX. The midlife crisis of the digital revolution que, en 5 días, reúne unos 1.500 artistas, científicos, teóricos y activistas de medio mundo, que darán vida a más de 600 iniciativas entre muestras, talleres y eventos de todo tipo, repartidos en 16 espacios, alrededor del mítico PostCity, el antiguo y gigantesco edificio de correos, vestigio de un mundo que ya no existe.

José Manuel Berenguer, Luci, sin nombre y sin memoria.

En el subterráneo del PostCity, el centro neurálgico del Festival, la Colección BEEP presenta una propuesta a la altura de la efeméride, que plantea un inédito concepto de bioarte expandido. La componen siete obras, de las que solo una, Luci, sin nombre y sin memoria, de José Manuel Berenguer, una de las piezas clave del fondo, protagonizada por un enjambre de luciérnagas electrónicas, se ha exhibido anteriormente. Las otras seis son nuevas adquisiciones: tres de artistas con una sólida trayectoria a sus espaldas como Robertina Šebjanič con una instalación sonora controlada por una comunidad de medusas, Félicie d’Estienne d’Orves con una instalación lumínica que reinterpreta fenómenos astrofísicos como las eclipses, y Mariano Sardón y Mariano Sigman con un sistema de representación del rostro basado en la mirada del observador, ganador de la 14ª edición Premio ARCO-BEEP de Arte Electrónico, que se ha encargado de mantener viva la escena del arte electrónico y digital en la feria de arte contemporáneo más importante de España, ARCOmadrid.

Félicie d’Estienne d’Orves. Photo: Gerald Knights.

Las últimas tres obras de artistas jóvenes son fruto del primer programa de producción realizado en colaboración con Hangar de Barcelona. “Queremos plantear un nuevo modelo de coleccionismo, que no esté basado en acumular piezas. Por ello proporcionamos soporte tecnológico a los artistas con fines de investigación y producción, y desarrollamos diversos programas de patrocinio tecnológico. El más reciente, con el Centro de Producción e Investigación en Artes Visuales Hangar de Barcelona, es un ejemplo de nuestra voluntad de apoyar la creación de base y practicar una forma de coleccionismo activo y militante”, explica Vicente Matallana, director de la colección.

Kenneth Dow, PsyCHO TRance K-HOLE.

Las tres obras, que se estrenan en esta ocasión, ofrecen diversas perspectivas de la creación vinculada a la tecnología, como el candado de bicicleta convertido en secuenciador, de Kenneth Dow, la pistola robótica de Patricio Rivera, que escribe en las paredes con pintura y excrementos de caballo, y una instalación interactiva de TopLap (Lina Bautista e Iván Paz) que permite al visitante escribir en el teclado de un viejo ordenador, para generar y modificar en tiempo real la pieza sonora que el dispositivo va creando.

Mariano Sardón, Wall of Gazes.

“Este acuerdo supone una magnífica oportunidad para los artistas residentes en Hangar, porque les permite producir una pieza nueva, presentarla en un contexto de la máxima relevancia internacional e integrarla en una colección de referencia, como es la Colección BEEP. Es fundamental tener en cuenta que esta colaboración no se basa en la incorporación de piezas terminadas, sino en hacer posible un proceso de producción”, explica Lluís Nacenta, director de Hangar, quien añade: “Es el primer paso de un proceso que sigue abierto. Lo que se incorpora a la Colección es una prueba de artista, lo cual permite a este seguir desarrollando esa misma pieza, así como poderla presentar en otros contextos”.

Las medusas son técnicamente inmortales.

Con la adquisición de Aurelia 1 +Hz / proto viva generator de la eslovena Robertina Šebjanič, que recibió una Mención de Honor en los Ars Electronica Prix 2016 y se presenta ahora en una versión ampliada y mejorada, la Colección BEEP entra en el debate sobre el coleccionismo de bioarte, obras que contienen elementos vivos, como las medusas que protagonizan esta pieza. “Las medusas son técnicamente inmortales, en cambio los seres humanos además de perecederos y depredadores, técnicamente somos una plaga”, afirma Matallana, que expondrá su estrategia de coleccionismo en la mesa de debate Paradojas y obstáculos para mantener y exponer el bioarte vivo.

Robertina Šebjanič: Aurelia 1 +Hz / proto viva generator. Photo: Miha Fras (archive Gallery Kapelica).

Con la pieza de Šebjanič, BEEP se mete de lleno en un ámbito que abordó hace casi 15 años y por el que siempre tuvo interés. “La colección se inauguró con la adquisición de la obra ganadora del primer Premio ARCO-BEEP de Arte Electrónico, Time Capsule de Eduardo Kac, uno de los grandes nombres del bioarte, y con Independent Robotic Community de Ricardo Iglesias y Gerald Kogler, una de las obras que anticipan el concepto bio mediart, tan vinculado a la inteligencia artificial”, concluye Matallana.

Hasta el 6 de octubre, una importante selección de obras de la Colección se exhibe en el museo de arte moderno y contemporáneo Es Baluard de Palma de Mallorca, en el marco de la muestra FACES. Un diálogo entre la Colección de Es Baluard y la Colección BEEP de Arte Electrónico, que con más de 49.000 visitantes (a falta de un mes para su clausura) se sitúa entre las exposiciones más visitadas de los 10 años de historia del museo mallorquín.