Una amiga mía me recuerda un dicho que de pequeña oía en su casa: «año bisiesto, año siniestro».

Cuando el año era bisiesto, ella se fijaba en si se cumplía o no la profecía. Nunca se cumplió hasta que ha llegado este año de mierda que dice nuestro Mesías. Tradicionalmente, los años que tienen un día más de los 365 normativos –el cual se añade en febrero, que pasa de 28 a 29–, suelen traer todo tipo de maldades. Por suerte, esto ocurre cada cuatro años. Miro atrás y 2008 cayó en año bisiesto, también 2012, que fue terrible para mí. Detrás de cada refrán hay una verdad.

Imagen del coronavirus captada por un microscopio electrónico. Foto: National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID).

Vivir, en gran medida, es resistir. Y este año a fe de Dios que hemos resistido todos los embates que nos ha traído la pandemia. Nos hemos japonizado borrándonos las sonrisas, nos hemos robotizado negándonos los abrazos y los besos. Nos hemos confinado como monjes de clausura y hemos hecho del hogar una fortificación o una trinchera. Hemos vivido dentro de burbujas estériles, pompas como las que pintó el Bosco en su delicioso jardín particular.

Como en un viaje en el tiempo, hemos retrocedido a las primeras civilizaciones agrícolas, los remotos tiempos grecolatinos, donde todo funcionaba a través de la lucha de contrarios. Nuestra dialéctica, más sofisticada, ha basculado en el comprometido equilibrio entre la salud y la economía, entre el control y la libertad, entre el mundo real y el virtual.

Y hemos descubierto a los epidemiólogos, que han salido de debajo de las piedras –tan satisfechos al pasar del anonimato a la celebridad–, y éstos han profetizado como ya habían hecho hace doce años los economistas. Al final hemos descubierto que nadie sabía nada. Ni la profecía del tiempo en el que tendríamos la vacuna se ha cumplido, y ésta, como la estrella de Belén, ha llegado mucho antes de lo que predicaban los profetas del Apocalipsis.

Entre tanto dolor por las pérdidas y los estragos económicos y sociales provocados por el monstruo, ha habido algunos faros de esperanza. De entre estos, destacaría la eliminación de Trump, la coordinación de la Comunidad Europea en las ayudas, y el éxito científico al conseguir el antídoto: tres puntos de luz entre tanta oscuridad.

¿Cómo será el paisaje después de la batalla? ¿como salir de esta gran crisis? No tengo ni idea. Quizás orejudos y desnortados, llenos de cicatrices anímicas, frágiles, desconfiados y temerosos. El síndrome postCovid durará tiempo, después de que se erradique el mal, y posiblemente cambiará el marco mental, el comportamiento consumista, las relaciones humanas y sociales. Chi lo sa!!! O tal vez no pasará nada y volveremos pronto a la vieja normalidad, que es donde queremos devolver, y no a esta nueva, llena de restricciones.

Durante el confinamiento, la cultura fue un refugio, ahora parece que es un estorbo.

¿Qué papel juega la cultura en todo esto? Durante el confinamiento fue un refugio, ahora parece que es un estorbo. Algunos se la han apropiado, reduciéndola a las artes escénicas, como antes era de los filólogos o de los cocineros. Los ejes culturales han girado sobre la desigualdad, la diversidad, el género y la raza, y es normal, porque la cultura recoge y expresa el clima en el que nos movemos. También se ha acentuado una preocupante apología de la ignorancia y la vulgaridad –a menudo, entre nosotros, freudianamente escatológica– cada día mayor y azuzada por la política y los medios. Y ha sonado con más fuerza que nunca el canto de sirena de la contemporaneidad: no todo es presente.

Y últimamente, como me indica Rafael Argullol, se ha añadido la cultura de la fealdad, de la que Barcelona es la capital. En nombre del urbanismo táctico, con nocturnidad y confinamiento, las calles del Ensanche se transformaron en un parchís desolador donde el contenedor es el rey.

En fin, caminamos todavía en el corazón de la noche, y no siento la nostalgia de un año para olvidar. Tampoco haré ninguna lista de propósitos. Brindaré con los míos dentro de mi burbuja -–antes llamaré al Procicat para que me autoricen– y me prepararé para seguir resistiendo a la espera de que 2021, año que no es bisiesto, sea mejor que éste, que he despedido con una satisfacción totalmente inusual.