El Museo Abelló de Mollet del Vallés es uno de esos tesoros artísticos que hay que redescubrir cada cierto tiempo. Está construido alrededor de un personaje bastante interesante: el pintor y coleccionista Joan Abelló (Mollet del Vallés, 1922-Barcelona, 2008).

Abelló reunió más de 10.000 piezas, con trabajos de Picasso, Dalí, Miró, Saura, Sorolla… Pero tal vez las obras de arte más interesantes sean las que pertenecen a grandes nombres del arte catalán que, en el momento de su adquisición, no eran muy valoradas. Por ejemplo, cuando en la década de 1960 Abelló se acercó a la viuda del escultor y pintor Manolo Hugué, éste era un artista algo olvidado. Actualmente, la colección de «manolos» del Museo Abelló es una de las más importantes de Cataluña.

Fotografía dedicada por Dalí a Joan Abelló, en la habitación del hotel Ritz donde se instaló el caballo disecado que el de Mollet le regaló al de Figueres. Museo Abelló. Fundación Municipal de Arte, Mollet del Vallés.

Abelló no era rico, pero tenía entusiasmo y un gran sentido de la oportunidad. De este modo, en su colección se multiplican las obras de grandes nombres del arte catalán como Mariano Fortuny, Joaquim Mir, Isidre Nonell, Modest Cuixart o Antoni Tàpies.

Y precisamente, gracias a Fortuny, Abelló llegará a entablar amistad con uno de los artistas catalanes más universales. Corría el año 1965 cuando, mientras escuchaba la radio, oyó una entrevista con el artista ampurdanés en la que éste declaraba que le encantaba Fortuny.

Dalí había pintado y expuesto en el Salón del Tinell, en 1962, su particular versión de La batalla de Tetuán. Abelló tenía un esbozo de Fortuny de La batalla …, realizado por el artista de Reus hacia 1860 en el transcurso de su primer viaje a Marruecos.

Salvador Dalí, Retrato del pintor Joan Abelló, 1965. Museo Abelló. Fundación Municipal de Arte, Mollet del Vallés. © Salvador Dalí, Fundación Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Barcelona, 2019.

Y sin pensarlo dos veces, fue a Portlligat, donde encontró a Dalí tomando el sol. Se presentó y le regaló la obra. Dalí le dijo que volviera al día siguiente, y le correspondió con un retrato a la tinta del pintor de Mollet, con un cuello tipo «Cervantes».

A partir de entonces, Abelló se convertirá en coleccionista daliniano, y en proveedor de los caprichos más insólitos del artista: que si un caballo o una jirafa disecados, un pincel de dos metros, etc.

Abelló adquirió algunas piezas directamente al artista, pero sobre todo se nutrió de los escritos de juventud que guardaba su hermana, Anna Maria Dalí. El fondo Dalí del Museo Abelló está compuesto por un óleo temprano, Paisaje del Cabo de Creus (c. 1918), varios dibujos dedicados entre 1965 y 1973, cerámica seriada, obra gráfica y una importante colección de manuscritos anteriores a 1928.

Cada cual quería hacer un museo. Y tanto Dalí como Abelló lo hicieron «a su manera”.

De entre estos manuscritos, podemos destacar dos extensos fragmentos de relatos: Tardes d’estiu (Tardes de verano, c. 1920) y La immensa Maria (La inmensa María, c. 1926), un interesantísimo cuaderno de apuntes sobre su obra entre 1918 y 1922; Ninots. Assajos sobre pintura. Catàleg dels quadres amb notes (Monigotes. Ensayos sobre pintura. Catálogo de los cuadros con notas, 1922), y originales de artículos publicados en revistas como La Gaseta de les Arts o L’Amic de les Arts. Además de poemas, también encontramos ensayos de teoría artística y cartas dirigidas por Dalí a compañeros generacionales como J. V. Foix, Federico García Lorca, Joan Xirau, Joan Vicens o a su tío Anselm Domènech; y aún letras dirigidas a Dalí por Sebastià Gasch, Luis Buñuel o Joan Subias. Muchos de estos manuscritos incluyen dibujos y bocetos.

Salvador Dalí, Detalle de una página del manuscrito Tardes de verano (c. 1920). Museo Abelló. Fundación Municipal de Arte, Mollet del Vallés. © Salvador Dalí, Fundación Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Barcelona, 2019.

Dalí y Abelló tenían un objetivo común. Cada cual quería hacer un museo. Y tanto Dalí como Abelló lo hicieron «a su manera». En el caso de Abelló, adquiriendo y reformando casas adyacentes a su domicilio natal de Mollet. De este modo, construyó un museo-casa-laberinto particular que mostraba a quien quisiera las 10.000 piezas de su colección, un variadísimo gabinete de curiosidades. En 1999, estas piezas pasarían a formar parte del Museo Abelló-Fundación Municipal de Arte, con sede en otro edificio, más adecuado a las necesidades museográficas, en el centro de Mollet.

Una de las contribuciones más sonadas de Abelló a Dalí tuvo lugar en julio de 1971. Dalí quería obsequiar a su esposa, Gala, con un caballo blanco. Abelló, deseoso de complacer al genio, contactó con el empresario taurino Pedro Balañá. Le adquirió un caballo blanco y lo hizo llevar al matadero de Terrassa. A continuación, el taxidermista Joaquín Jover Roig lo embalsamó sin quitarle los órganos internos.

Operarios con el caballo disecado en el vestíbulo del hotel Ritz, 1971.

¿Por qué dejó los órganos internos? El encargo corría prisa. No había tiempo. Dalí había alquilado una suite en la quinta planta del hotel Ritz –el más selecto de Barcelona–, para colocar el caballo, y convocó a la prensa. Pero el caballo, que con los órganos pesaba unos 300 kilos, no cabía en el ascensor, y tuvo que ser cargado, escaleras arriba, por una cuadrilla de operarios que sudó la gota gorda. Al día siguiente, el espectáculo ecuestre-daliniano apareció en un puñado de periódicos nacionales e internacionales. Dalí, orgulloso, bautizó al caballo «Rocibaquinante», en recuerdo de Babieca –el caballo del Cid– y Rocinante –el del Quijote. Actualmente, “Rocibaquinante” está instalado en el sótano del museo Castillo Gala Dalí de Púbol.

Salvador Dalí, Rocibaquinante. Al Museo Abelló, 1971. © Salvador Dalí, Fundación Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Barcelona, 2019.

Dalí, en agradecimiento, regaló a Abelló un proyecto de cartel para su futuro museo.

El Museo Abelló, en Mollet del Vallés, se puede visitar, hasta octubre, las tardes de los jueves y viernes, los sábados todo el día, y las mañanas de domingo.