Ya lo sabemos, que el nombre no hace la cosa. Pero en el caso del Adalina Coromines habría que esbozar un vocabulario alternativo.

Su exposición en el Museo Can Mario de Palafrugell, espacio dedicado a las colecciones de escultura de la Fundación Vila Casas, nos hace dudar.

Adalina Coromines, Superposició beix, 2020.

¿Estamos en una exposición de pintura, o en una de escultura? La materia es terrenal: arena, silicatos, arcilla, cal… Los volúmenes remiten más a la técnica del bajo-relieve que al informalismo matérico de un Tàpies (a modo de ejemplo). Y hablando de informalismo ¿estamos ante una serie de obras abstractas, o figurativas? En realidad, toda obra es una abstracción de algo… ¿informalistas, pues? No. Hay grietas e incisiones ¿Y Art Brut? Tampoco.

Hay dos pares de obras gemelas, donde podemos intuir símbolos. En uno, el de lo femenino. En el otro, el de la paz. También hay geometrías que nos remiten a la cruz. Símbolos, «presencias hechas de ausencia», que no determinan el sentido de las obras. Pista falsa.

Hay quien afirma que la pintura –o la escultura– es una ventana a otras dimensiones. En el caso de Adalina sería mejor hablar de puertas. Espacios de paso que nos pueden conducir a nuevos estados de espíritu… O no. También podríamos hablar, sencillamente, de presencias: «mi objetivo es que, ante mis obras, alguien pueda conectar con el momento, habitar el presente». Afirma la artista.

Adalina nos cuenta también que, a raíz de un período de inquietudes, optó por la disciplina de caminar entre la naturaleza. De pequeña había tenido una epifanía: «tú formas parte de todo, y todo está en ti».

Adalina Coromines, Cicatrius amb ondulacions beix, 2020.

Estuvo caminando varios años, hasta que un día se lesionó. Inmovilizada en casa, vio la caja de acuarelas de su compañero, la cogió y se puso a pintar. Pintando, creando, llegó enseguida al mismo lugar que en el bosque: «cuando entro en mi estudio –nos confiesa–, sonrío en plenitud».

Podríamos calificar el procedimiento del Adalina Coromines como «constructivismo metafísico». Su afán es plástico, si bien el proceso creativo le obliga a experimentar sin límites, guiada, casi empujada por la intuición. La certeza sólo llega después de un exhaustivo proceso de descarte y destrucción.

Un acto de payesía artística que complacería a Perejaume.

Adalina crea por sedimentación: esboza, a veces, con un punzón, sobre la madera en la que deposita la materia, después inunda con agua y añade los pigmentos; el resultado a menudo es azaroso, pero a la vez calculado. Cuando la humedad desaparece, excava, surca la tierra en un acto de payesía artística que complacería a Perejaume.

Todos los materiales empleados son naturales, tampoco hay ninguno tóxico. Cuando una obra no complace a su autora, es destruida inmediatamente, y sus componentes matéricos, reciclados.

Adalina Coromines, Cicatriu vertical beig, 2020.

Hablando de estratos, decíamos al inicio de este artículo que, en el caso de Adalina, hay que recurrir a un vocabulario alternativo. Si viajamos al latín, humor significa líquido, humedad, en especial la que transpira la tierra. Una tierra que se llama humus. La sonrisa de la artista cuando entra en su taller es, pues, máxima expresión de una fluidez creativa.

Las grietas que roturan las superficies terrosas son parte de este proceso regenerativo, de un presente continuo que abarca todos los tiempos posibles. Si hay cicatrices, es señal de que la herida ha sanado. No hay mejor símbolo de esperanza.

La exposición Adalina Coromines. Cicatrices, se puede visitar en el Museo Can Mario, de Palafrugell, hasta el 9 de mayo de 2021.