Mi primer contacto con la obra de Alfons Borrell (Barcelona, 1931-Sabadell, 2020) fue el día que mi padre llevó dos telas suyas a casa.

Era a finales de los 70 y las dos telas eran negras, con unas líneas acotando el espacio. El minimalismo extremo, la inexistencia de concesiones, con la única vibración del rastro del artista que había trazado aquellas líneas, eran, según mi padre, la quinta-esencia de la perfección.

Alfons Borrell, S.T., 1986. Acrílico sobre tela. Colección Anna Belsa.

Él siempre se identificó mucho con la obra de Alfons Borrell: en su búsqueda depurada del fondo de las cosas, en la economía de medios para expresar lo más complejo, y en la indiscutible belleza que él percibía en el resultado final. Mi padre tenía una manera muy clara y pedagógica de explicarse. Fue él quien me enseñó a distinguir todos estos valores de la pintura de Borrell, no sólo a través de las obras que nos acompañaban en casa, sino de las que, de la mano de Lluís Maria Riera, expuso en la galería Joan Prats, por primera vez, en 1979. A partir de ese momento, y hasta el último día de su vida, la galería Joan Prats fue su galería, en la que se mantuvo siempre fiel, pese a que durante muchos años quizá no le hicieron todo el caso de que se merecía.

Ayudaba mucho su carácter, sencillo, muy afable, como si nos conociéramos de toda  la vida.

Yo entré a trabajar en la galería Joan Prats en 1987 y confieso que, una de las cosas que me hizo sentir como en casa desde el primer momento, fue convivir con las obras de muchos artistas que había conocido a través de mi padre, pero muy especialmente las de Alfons Borrell. También ayudaba mucho su carácter, sencillo, muy afable, como si nos conociéramos de toda la vida, como si formáramos parte de la misma familia. En aquella época, la galería nos daba una pequeña cantidad mensual para comprar obra. La primera obra que compré –y lo hice sumando bastantes cuotas futuras– fue una de Alfons Borrell. Para mí significó un acto de continuidad, de agradecimiento a una maestría. El eslabón que unía lo que mi padre me había enseñado a ver con mi presente. Más de treinta años después, sigo mirando aquella tela, que me acompaña en mi vida diaria, y veo mis raíces y mi historia.

 

El camino de Alfons Borrell no fue un camino fácil. No sólo porque durante muchos años tuvo que ganarse la vida como relojero. Este hecho puede que incluso le ayudara. La pulcritud, la exactitud y la paciencia fueron buenas compañeras de viaje, tanto para su obra como para su vida. Pero en un momento en el que empezaba a imponerse otro tipo de pintura –pensemos en toda la pintura de los 80–, y el arte conceptual cogía fuerza, Alfons Borrell nadaba a contracorriente. Tras la marcha de Lluís Maria Riera de la dirección de la galería Joan Prats, se sucedieron en la dirección artística de la galería personas que pusieron el foco en terrenos alejados de su obra. Las tendencias predominantes estaban muy lejos del purismo abstracto de Alfons Borrell, y se trataba de seguirlas para no quedar descabalgados de la cresta de la ola. La presencia de su obra en ferias nacionales o internacionales fue nula durante muchos años, y sus exposiciones se pasaron a programar en la Joan Prats-Artgràfic. Alfons Borrell se lo tomaba con resignación y filosofía, no recuerdo que jamás se enfrentara con la dirección de forma vehemente para defender el lugar que se merecía. Pero yo sí lo hice, y no una vez sino muchas, ganándome el recelo reservado a los disidentes.

Las cosas pasan, los tiempos cambian y las personas se van. La paciencia y la fe de Alfons Borrell dio su fruto y su galería de toda la vida le otorgó, por fin, algo del protagonismo que siempre mereció. Y yo, que no tuve ni paciencia ni fe en que las cosas cambiaran, me lo miro desde fuera y me alegro. Hasta hace dos días, por él y por su obra; ahora, por su memoria.