Anna Belsa expone en su galería, el quadern robat, Latung La La, poemas y epopeyas, de David Ymbernon. La exposición se inauguró poco antes del confinamiento debido a la Covid-19, pero todavía se puede visitar.

Hablamos con Anna de su recorrido y experiencias como galerista, sus años en la Joan Prats-Artgràfic, y de su propio proyecto, una galería de nombre literario y evocaciones misteriosas.

Anna Belsa ante la obra de Ymbernon, en la galería el quadern robat.

¿Cómo llegaste a tener galería propia?

La galería el quadern robat nace en abril de 2014. Le doy el nombre del blog que empecé a escribir cuando trabajaba en la galería Joan Prats. Hubo un momento en que me aburría porque ya no podía programar exposiciones. Utilizaron el espacio de Joan Prats-Artgràfic (donde estaba yo) para exponer obra gráfica de la Polígrafa. En la Joan Prats había dos espacios: el de Rambla Catalunya, y el de Balmes (Joan Prats-Artgràfic), con dos propuestas expositivas diferentes.

Yo comienzo a programar el espacio de la calle Balmes hacia el 93, y de forma regular el 96-97. Siempre de acuerdo con Joan de Muga, el propietario. Alternaba los clásicos de la galería con artistas nuevos.

¿Qué artistas «descubriste»?

El primero, Jordi Alcaraz. Cuando me casé, en 1992, [el pintor] Alfons Borrell nos quería hacer un regalo, y nos invitó a su estudio. Fuimos a Sabadell, y decidimos pasear un rato. Pasamos por delante de la galería Negre. En la Joan Prats les habíamos dejado obra gráfica, y quería preguntar si la habían vendido. Entramos, y mientras las galeristas hablaban, yo no escuchaba, sólo veía la obra que tenían expuesta, y pensaba que era muy buena. Pregunté quién era el artista: “un chico callado, discreto… es de Calella…” –me dijeron–. Por lo que me explicaron, vi que lo conocía de la galería. Lo llamé para felicitarlo. Después también llamé a Lluís Maria Riera para explicarle que había visto a un fuera de serie. Riera había sido el primer director artístico de la Joan Prats, y un buen amigo de Tàpies y del grupo de Dau al Set. Tenía mucho bagaje cultural y una sensibilidad exquisita para el arte.

Riera fue al día siguiente a Sabadell a ver la exposición de Jordi Alcaraz. «Tienes que convencer al gran jefe y hacerle una exposición en Balmes», me dice cuando volvió. Pero Joan de Muga me dice que tenía que verlo Elena Tatay, que entonces era la directora artística de la galería.

Aquella reunión con la directora no acabó de ir bien, pero Jordi no se llevó las obras que había traído para enseñar, me las dejó en el almacén. Lluís Maria Riera me dice: «voy a llamar a gente». Y llama a Manel Viñas –la mano derecha de Brossa, que tenía una fábrica de bisutería, y en su taller le resolvía problemas técnicos– y a otros conocidos suyos. El día siguiente era sábado y acudieron todas las personas que había llamado Riera, más todos los visitantes habituales de los sábados, que por aquella época eran muchos. Lo vendimos todo en un día, en el almacén, unas 8-10 piezas. El martes, cuando llegó Muga, se lo expliqué: «Déjame pensarlo», dijo.

Meses después, hubo una iniciativa de Art Barcelona. Había que exponer a un artista de menos de treinta años que no hubiera expuesto nunca en Barcelona. Y Muga me propuso exponer “el mío» (Jordi Alcaraz). Lo vendimos todo: unas 40 obras, e incluso se hizo una lista de espera. Ahora, los precios eran muy asequibles.

Anna Belsa ante Latung La La i els 16 comensals, 2020. Óleo sobre tela.

No me has explicado de dónde viene el nombre de la galería, todavía.

El último año y medio que pasé en la galería Joan Prats-Artgràfic se había cedido el espacio de Balmes a la Polígrafa, porque algunas ferias a las que iban les exigían tener galería. Les dije que si querían abrir galería en Barcelona tenían que pensar en el público de aquí, pero me dijeron que «Barcelona no nos interesa, nos interesa lo internacional». Expusimos artistas chinos, sudamericanos, sin ningún eco. Me informé sobre los autores a fondo para poder explicarlos, pero una vez, una crítica de arte tiró por el suelo mis argumentos: “Lo que me explicas no tiene nada que ver con el arte: sólo es mercado”. Tenía razón.

El público, que ya era escaso, tampoco conocía aquellos artistas. Yo me aburría mucho.

¿Qué podía hacer? ¿Deprimirme? Se me ocurrió que tenía que salvar los buenos recuerdos de mi paso por la galería. ¿Cómo lo podía hacer? Había empezado a oír hablar de los blogs. Una buena cosa sería escribir estos recuerdos en un blog. ¿Y qué título le ponía? Lo que yo escribiría sería una especie de diario, la narración de unas experiencias…

Mi tesina de final de carrera de historia del arte en la UB se titulaba Viena: introducción de una estética arquitectónica, y trataba sobre la influencia de los arquitectos de la Secesión vienesa en la segunda generación de arquitectos modernistas catalanes. En 1908 en Viena hubo un congreso de arquitectura y fue una expedición de arquitectos catalanes. Maravillados, al volver escribieron muchos artículos, se estaba incubando el novecentismo. La pasión por Viena me la inoculó José María Valverde, que había sido profesor mío en la Universidad.

Aquel episodio me sirvió para entender que había que tratar mejor a los artistas cuando me llevaban su dossier.

Al terminar, decidí novelar la tesina: una chica que en 1908 iba a Viena con el grupo de arquitectos catalanes. La titulé El cuaderno robado. Sitúo el inicio: una historiadora del arte va a una casa particular, el ama la deja sola en una biblioteca que había sido de la abuela. En medio de los libros encuentra un cuaderno titulado Viena 1908. En un gesto incontrolado, se lo mete en el bolso. La “novela” era la transcripción de aquel cuaderno robado.

Años después mi hermano reencontró el manuscrito. Yo se lo explicaba a todo el mundo, a Beatriu Castellet, la mujer de Eduard Castellet i Díaz de Cossío, presidente del patronato de la Fundación Joan Miró y madre de Eduard Castellet, a quien yo había sustituido en la Joan Prats. Se la pasé, y ella a su cuñado Josep Maria Castellet, y a la madre de Eduard Castellet, a quien yo había sustituido en la Joan Prats. Un día viene Beatriu y me cuenta que su cuñado la ha llevado a Edicions 62. Algunos meses más tarde tuve una reunión bastante desagradable con una muchacha que hacía de editora, y que me dijo de un modo bastante humillante que mi libro no se podía publicar. Aquel episodio me sirvió para entender que había que tratar mejor a los artistas cuando me llevaban su dossier. Lo curioso del caso es que me devolvieron el manuscrito con un informe del lector. Y este informe recomendaba la publicación de la novela… Bien, ahí se acabó la historia. Con el título de aquella novela puse nombre al blog, y posteriormente a la galería.

Entrada a la exposición de David Ymbernon «Latung La La, poemas y epopeyas».

Poco después decides abandonar la galería Joan Prats.

Decidí marchar porque ya no era la galería donde yo había sido feliz, donde había aprendido. Económicamente, las cosas tampoco iban bien. Para continuar haciendo aquello que me llenaba tenía que marchar. Cambiarlo todo para seguir haciendo lo mismo. La dirección había instaurado unos cambios con los que no estaba de acuerdo, y para ser honesta con todo el mundo, pero sobre todo conmigo misma, tenía que marchar. Pero tomar aquella decisión fue muy difícil, y yo salí muy tocada emocionalmente. Había entrado en octubre de 1987, y salgo el 21 de enero de 2014. Eran muchos años. En la Joan Prats me había implicado como si fuera mi galería, con entrega total y fidelidad máxima. Pero las cosas cambian. Cuando marché no sabía qué sería de mi vida. No tenía claro cual sería el siguiente paso. Fue mi marido quien me dijo: “¡Continúa haciendo lo que te gusta!” Al día siguiente de dejarlo, cogimos el metro y vimos un cartel, “Se alquila”.

Empezar en plena crisis es de valientes, o de inconscientes.

El 3 de abril de 2014 abre la nueva galería. Yo buscaba un entresuelo. Había vivido la experiencia del descenso de público. No hay suficiente volumen de negocio para pagar un alquiler a pie de calle en el centro de Barcelona. Y aunque estés en un piso, quien tiene interés te encuentra igual. Ventanas a la calle, eso sí. También me hacía ilusión probar otro formato de galería, más íntimo, en el que las obras lucieran más “como en casa”.

Sabía dónde me metía y conocía el panorama de Barcelona. La situación era poco propicia para el arte. «Duraremos lo que duraremos», pensamos. Pero ahora ya llevamos seis años. Mi marido me empuja. Nos conocimos en la galería Joan Prats. Los sábados, cuando abríamos a las 10:30, era el primero que entraba.

David Ymbernon, L’odissea de Latung la La, 2020, impresión digital.

¿Y como lo haces para «reclutar» artistas?

Cuando Joan de Muga planificó el futuro de la galería Joan Prats, tenía claro que había algunos artistas con los que ya no contaría. De los que había propuesto yo sólo se quedaron con Jordi Alcaraz y Chema Madoz. Cuando se lo comunicaron al resto, algunos vinieron a verme, y los expusimos. Después de todo, allí habían sido mi propuesta. Pienso ahora en Joan Furriols, en David Ymbernon… También contaba con Jorge R. Pombo, que había dejado la galería dos años antes que yo marchara por discrepancias y falta de “feeling” con el galerista. Además, me interesaban muchos artistas de otros ámbitos con los que no había trabajado nunca, como Elena Kervinen, Jordi Casañas, Jesús Galdón, Salvador Juanpere…

Es de locos abrir galería en medio de esta debacle.

La sensación es de estar nadando contra corriente. Al principio, no tanto. Antes, íbamos a contracorriente en un río dócil donde sólo había que remar más fuerte. Ahora, con todo en contra, la economía que nunca remontó, la clase media, que eran compradores, desaparecida…

Llegado el caso, o cierras o siempre queda tu actitud. El arte te sigue ofreciendo mil ventanas para ver el mundo de una manera diferente. Si a ti el arte te sirve para vivir, pienso que la gente se despertará. Por eso seguimos.

Después hay eventos políticos como el de 2017 [Referéndum independentista en Cataluña]. Acontecimientos que atraen la atención de las personas. Ahora la gente ocupa el tiempo en otras cosas, temas que queman en las redes sociales, los móviles. Todo esto toma mucho tiempo.

Tal vez sí que la gente va a los museos, pero a las galerías… Ya notamos mucho la bajada de público cuando abrieron el CCCB y el MACBA. De hecho, el tiempo libre de las personas es muy limitado.

“En ARCO exponen lo mejor, ¿no?”, te preguntaban.

No me puedo creer que una actividad reste visitantes a la otra.

En Barcelona había pocos lugares para ver arte. Con la diversificación de centros y exposiciones… llega menos público. Además, está aquello de que da respeto entrar en una galería. Cuando estaba a pie de calle lo notaba.

Las galerías han dejado de tener la importancia de antes. Los artistas tienen webs y redes. Al público le gusta acceder al artista directamente y hasta cree obtendrá mejor precio.

David Ymbernon, Equilibri tres dones, 2019-2020, óleo sobre tela.

¿Cuántas crisis has vivido, como galerista?

Del 87 al 91-92 hubo mucha bonanza. Con las crisis post-olímpica muchas galerías cerraron. Otra buena época, fue la que va del 96 al 2007-8.

Aparte de las crisis múltiples, hay otro problema: la gente es insegura y necesita que le digan lo que tiene que comprar. Hay mucha gente que compra marcas, quiero decir artistas conocidos, nacional o internacionalmente. También compran en ARCO (como marca). Gente de Barcelona compraba en ARCO y recogía en la galería. “En ARCO exponen lo mejor, ¿no?”, te preguntaban. Pero esto era relativo, y allí sólo había dos o tres obras de un artista. En cambio, si venías al almacén podías elegir entre muchas más obras.

Para acabarlo de complicar, ahora algunos antiguos compradores se han convertido en artistas y comisarios, y otros, en vez de comprar, ¡venden!

Sobre la inseguridad de los compradores, Lluís Maria Riera siempre explicaba que, si pones un punto rojo en una exposición, la gente dice: “¡Mira, el mejor, ya lo has vendido!”

Te contaré una anécdota de los “tiempos locos” de finales de los 80: Un sábado vinieron unos posibles compradores. Tenían muchas paredes que llenar. Les teníamos que dejar obras, para ver como les quedaba en casa y decidir con calma. Escogieron unos cuantos, y se contrató un transporte. El martes volvió el transportista con todos los cuadros. Los compradores dijeron que los cuadros no les habían acabado de encajar. Un día, poco tiempo después, estaba con un cliente en el almacén de la galería, y me explicó que había estado en una fiesta, y que todos los cuadros de la casa eran nuestros. Mientras hablábamos, íbamos pasando mamparas, y de repente, vio los cuadros de la fiesta allí colgados. Así descubrí que nos habían tomado el pelo. A partir de aquel día, si teníamos que probar cuadros en una casa, también íbamos nosotros. Esta argucia se emplea mucho con la ropa. La compran, la estrenan con la etiqueta escondida, y después la devuelven.

¿Como es ser galerista en la Barcelona del 2020?

Como correr una carrera de obstáculos. ¡Y ahora, encima, la pandemia!

No todas las galerías viven, de esto. Algunas tienen otras fuentes de ingresos. Es muy lícito. Si te hace ilusión tener una galería de arte, pues muy bien. Pero vivir exclusivamente de esto, es francamente heroico.

Durante la crisis del 2008-2010 no cerraron muchas galerías, pero los que sólo vivían del arte… lo pasaron mal.

¿Y ahora qué?

Continuaremos luchando contra corriente. A mí el mundo de David Ymbernon, que es al que tenemos ahora expuesto, me hace vivir. La esperanza es que se despierten las personas al hecho de que el arte es la única vía que abre ventanas a mil universos posibles, y que vale la pena convivir con él. Pero sin una buena situación económica general esto es muy difícil. Sin una situación tranquila económicamente, políticamente, sanitariamente… y ahora no se da.

Pero como dicen, Dios proveerá. Y provee. Esperamos que el milagro continúe.