Hace tres semanas entró en erupción el volcán Krakatoa, en Indonesia. Afortunadamente, no ha muerto nadie.

No olvidemos que en 2018, la última erupción importante del Krakatoa, murieron 439 personas a raíz del tsunami que provocó. Y que la gran erupción del Krakatoa, en agosto de 1883, provocó más de 36.000 muertos. El sonido fue tan ensordecedor, que a 160 km de distancia alcanzó niveles de 180 dB, el más alto jamás registrado. Se escuchó hasta 4.800 km de distancia, y marineros que estaban a 40 km de distancia se quedaron sordos.

Portada del semanario ¡Cu-cut! del 22 de mayo de 1902. El estado español entra en erupción.

El coronavirus es terrible, pero los volcanes también pueden infligir daños globales. Pongamos por caso, la erupción del volcán del monte Tambora (Indonesia, 1815): en 1816 no hubo verano ninguna parte del mundo. Se perdieron tantas cosechas, que se bautizó este suceso como «la última gran crisis de supervivencia de la humanidad». Por cierto, la escritora Mary Shelley estaba en Suiza, aquel verano; con su marido había ido a visitar a Lord Byron. Byron les retó a escribir un cuento de terror. De ahí salió Frankenstein, la primera historia moderna de ciencia ficción. Y es que los volcanes son una forma, tan buena como cualquier otra, de emergencia artística.

Villa de los Misterios, Pompeya, siglo II a. C.

Muchos de los habitantes murieron debido al flujo piroclástico (gases, aire y materiales sólidos que circulan a ras de suelo) de la erupción del Vesubio del 24 de agosto del año 79. Y hicieron de molde involuntario… Esto ayudó a preservar una ciudad romana rica en pinturas, como la de la Villa de los Misterios, una residencia suburbana construida en el siglo II a. C. En una habitación, que podríamos considerar la «Capilla Sixtina» de la pintura romana, encontramos escenas de un culto mistérico a Dionisio. Sólo por este conjunto mural merece la pena viajar al sur de Italia.

Diego Velázquez, La fragua de Vulcano, 1630. Museo del Prado, Madrid.

Pongámonos en situación. Vulcano es el dios romano del fuego, y patrón de los gremios que utilizan el horno, como los panaderos de pan, los forjadores, etc. La escena que describe La fragua de Vulcano (1630) de Diego Velázquez es a la vez divina y humana: Apolo visita Vulcano para explicarle que su señora, Venus, la engaña con el dios de la guerra, Marte. Vulcano, que se dice que forjaba los rayos de Júpiter, se queda de piedra. Según Ovidio (en Las metamorfosis, lectura muy recomendable), Vulcano sorprendió a los amantes y los atrapó con una red. Como siempre, Velázquez trata muchos temas, a la vez de elevado pensamiento estético –como la visita de un arte mayor a uno menor, la artesanía– y de costumbrismo realista.

Joseph Wright of Derby, El Vesubio desde Portici, 1774-1780. Huntington Art Collections, San Marino, CA.

El pintor inglés Joseph Wright of Derby hizo una breve estancia en Nápoles en 1774. Tomó unas notas del Vesubio desde diferentes ángulos. El volcán estaba tranquilo, entonces. Pero dedicó seis años seguidos a pintar hasta 30 óleos con el Vesubio en erupción. Erupciones imaginarias que son preciosos estudios de claroscuros. No se vende igual una postalita con un paisaje del sur de Italia que una emocionante manifestación de la naturaleza desatada. Era el arranque del romanticismo, y tampoco había que quedarse corto. Wright of Derby, que era famoso por sus retratos a la luz de una vela, se mantuvo fiel a sus soluciones técnicas preferidas.

Hokusai, La gran ola de Kanagawa, 1830-1833.

Katsushika Hokusai, el artista japonés más famoso de la historia, vivió 89 años. Él mismo explicaba que hasta los 73 años no aprendió mucho sobre la verdadera forma de las cosas, y que cuando llegara a los 110, cada punto y línea de sus dibujos poseerían vida propia.

En 1826 inició la serie 36 vistas del monte Fuji, que en realidad eran 46 grabados en color, su obra más conocida. El volcán del Monte Fuji era sagrado para los japoneses desde el siglo VII, y Hokusai pertenecía, además, a la orden budista de Nichiren. La gran ola de Kanagawa, perteneciente a su serie de 36 vistas… compara las olas con el Monte Fuji. Las barcas muestran la pequeñez humana junto a la inmensidad y el poder de la naturaleza. Hokusai influyó enormemente en los pintores impresionistas.

William Ashcroft, Apunte, 26 de noviembre de 1883.

El verano de 1883, a raíz de la erupción del Krakatoa (Indonesia), el mundo entero quedó afectado. En el Reino Unido, la Royal Society encargó al pintor William Ashcroft, conocido por sus estudios atmosféricos, registrar el estado del cielo sobre Londres a raíz de este insólito fenómeno. Especialmente se hacía notar durante la salida y la puesta del sol. Parecía el Apocalipsis.

Por cierto, dicen algunos especialistas que el cielo del famoso cuadro El grito, de Edvard Munch, está influido por este fenómeno. Pero el cuadro es de 10 años después de la erupción. Su color rojizo puede ser debido a que el artista no empleaba, como tantos otros de su tiempo, los colores de una manera literal, o al fenómeno de las nubes estratosféricas polares o nubes madreperla, que dan al cielo una tonalidad pastel. Quien sabe.