Hace un par de años pude visitar el espacio de la Fundación Proa de Buenos Aires. Exponía Ai Weiwei.

La muestra llamada Inoculación, consistía en una gran cantidad de obras de contenido político presentado como trabajo público e intervención social, como arte disidente.

Ai Weiwei, Law of the Journey, 2016. Foto: Gilbert Sopakuwa CC BY-NC-ND 2.0.

Pude coincidir con una visita guiada a la que asistían entre 50 y 60 persones. Cada obra daba lugar a un gran debate, migraciones, muertes en el mar, barreras fronterizas… dos obras culminaban la muestra, un bote inflable de enormes proporciones con 51 figuras dentro, Law of the Journey (Prototype B), 2016 y 15 toneladas de semillas de girasol de porcelana, realizadas a mano, Sunflower Seeds, 2010, con el acompañamiento de un vídeo donde mostraba el trabajo ingente de las trabajadoras y trabajadores que transformaban pequeños trozos de materia en semillas de girasol ¿Contenido político, intervención social, arte disidente? A medida que iba profundizando en las obras menos encontraba en ellas la verdadera disidencia, la intervención social (poner a trabajar a decenas de personas en un trabajo poco creativo y sin intervención real en el proceso es un trabajo de colaboración?) y porqué no decirlo, también el valor artístico más allá de la monumentalidad, el ingenio, el impacto y el “buen hacer” –sólo faltaría– de un artista como Ai Weiwei de nivel internacional.

Sólo quedaba por determinar si era arte político o una mascarada. Debo reconocer que el público estaba verdaderamente emocionado. Las preguntas a la guía eran continuas y demostraban preocupación e interés. La gente intentaba entender con precisión todas y cada una de las obras. Hacía muy pocos días un amigo me había contado la tremenda situación provocada con la aparición de Ai Weiwei en las playas de salvamento, en la costa este de Italia. Su impunidad, sus puestas en escena y su marcha una vez logrados sus objetivos artísticos, una verdadera mala práctica, una utilización interesada del drama ajeno y sobre todas las cosas, una muestra de oportunismo.

Santiago Sierra & Eugenio Merino, NINOT, Prometeogallery.

Estos días, como consecuencia de la feria ARCO de Madrid se ha vuelto a producir un debate que creo puede tener algo que ver con mi experiencia en Proa. El NINOT de Santiago Sierra, reproducción en cera de la figura de Felipe VI, de cuatro metros de altura y creado con la condición a su posible comprador que se queme como se hace con una falla valenciana, después de lo cual quedará solamente el cráneo.

Esta obra se muestra en la feria, un año después que una obra del mismo Sierra fuera retirada por “consejo” de la organización. Veinticuatro fotografías en blanco y negro de rostros pixelados que hacían referencia a setenta y cuatro presos políticos de posiciones muy distintas, entre los cuales se encontraban los presos del proceso catalán. Una censura sin justificación y que no se puede tolerar en democracia. Un golpe de efecto que puso en evidencia la falta de libertad de expresión que existe en nuestro país. Durante todo el año, las veinticuatro fotografías infinitamente reproducidas dieron origen a cientos de debates y mesas redondas sobre censura, libertad de expresión, arte y política.

No puedo dejar de recordar otras obras absolutamente ambiguas y a mi criterio sensacionalistas.

Entiendo el entusiasmo que nos provoca el NINOT, teniendo en cuenta el momento tan complejo política i socialmente que vivimos y la poca respuesta crítica de la mayoría de los artistas –no niego que me provoca una cierta curiosidad ver al rey ardiendo en una falla–. Pero no puedo dejar de recordar otras obras absolutamente ambiguas y a mi criterio sensacionalistas con prácticas éticamente muy discutibles (utilización de inmigrantes, personas racializadas) del mismo Santiago Sierra, como los vídeos donde un grupo de “cholas” de Bolivia decían mecánicamente “soy una persona remunerada” o cientos de jóvenes negros que se dejaban teñir el pelo de color amarillo en una factoría-peluquería gigante). Aunque también le reconozco obras interesantes, como la realizada para el Pabellón español en Venecia donde solo se podía entrar con carnet de identidad español, para luego encontrarse un espacio abandonado, casi en ruinas. Del mismo modo que reconozco que me conmovió profundamente la obra de Ai Weiwei, Straight, también en una Bienal de Venecia, donde alineaba cuidadosamente 150 toneladas de barras de acero recuperadas de los colegios devastados tras el terremoto de Sichuan.

 

Pero ¿qué es lo que me resulta difícil de aceptar en estas obras que a mi criterio –y el de muchos– aparecen como oportunistas? Por un lado, su espectacularidad sin demasiada justificación y que hace del espectáculo una crítica sin matices, incluso sin posicionamiento claro, sin respuestas y lo que es peor, sin proponer preguntas. Por otro lado, creo que me provoca un cierto desazón que finalmente sea de estas obras de las que se hable, que sean las que interpelan a la gente, a los medios y que el público en general piense que el arte es ese “sin matiz”, ese golpe bajo. Incluso, creo que obras como estas, enmascaran los verdaderos debates que se deberían realizar en una feria como ARCO, donde se demuestra que las galerías han perdido absolutamente vigencia, las ferias han de encontrar nuevas estrategias para justificarse, donde el arte aparece desaparecido en esencia.

Una feria donde los discursos se diluyen –aparcados quedan los tiempos en que ARCO se apostaba como feria-bienal–, el mercado impera pero no con las mismas posibilidades para todos y menos aún, donde las obras que desarrollan narraciones más complejas quedan escondidas bajo la sombra larga del espectáculo, donde los Plensa o Garaizabal imperan por su impacto y tamaño, donde pocos hablan de que ha bajado considerablemente la presencia femenina, que las ventas se producen a través de grandes coleccionistas, y que la apuesta de generar coleccionismo de base ha quedado muy lejos… en definitiva, que el aspecto socialmente articulador del arte está perdiendo absoluta vigencia y posibilidades, y que ARCO consolida esta situación incentivando solo el mercadeo.

Porqué no entramos en este debate?