Cualquier crisis es un acelerador de cambios. Y la pandemia que todavía estamos sufriendo va mucho más allá de una catástrofe sanitaria: ya es un lastre terrible que afecta nuestra vida, la economía y la sociedad.

Es pronto para saber como quedará el paisaje después de la batalla, y no quiero sumarme a la manada de profetas que pontifican sin saber nada.

Mona Lisa: Beyond the Glass (2019) ha sido la primera experiencia VR llevada a cabo por el Museo del Louvre.

En 2008 descubrimos a los economistas, en 2020 a los epidemiólogos. Personajes mediáticos que han superado con creces los quince minutos de gloria que les dedicaba Warhol, y que han sido capaces de eclipsar a los cocineros. Lo único que he aprendido de todo es que detrás de tanto de ruido no hay nadie que sepa algo. Solo hay una certeza: navegamos en medio de la tormenta, a la deriva y sin brújula; y la calma llegará de repente, tal como llegó la maldad… Así pasó hace un siglo, digan lo que digan nuestros sabios mediáticos, versiones contemporáneas del Oráculo de Delfos.

En el mundo del arte, que también forma parte de la cultura –lo preciso porque parece que solo lo sean los del teatro y el cine– el debate se centra en la dialéctica entre lo real y lo virtual. Debido a la dificultad de poder establecer la relación objeto-persona –diálogo en el que estaba asentada hasta ahora nuestra tradición visual– la tecnología ha aparecido para solucionar el problema como posible sustituta.

Los objetos se exponían en webs tan cuidadosas como el catálogo de una perfumería de lujo.

Durante el confinamiento proliferaron las visitas virtuales a los museos, los vídeos de los dealers como hombres del tiempo explicando las obras, las plataformas virtuales donde poder comprar estas obras… Todos caímos en la nueva moda. Después del verano, las ferias programadas y ya canceladas fueron reemplazadas por las ferias virtuales, donde los objetos se exponían en webs tan cuidadas como el catálogo de una perfumería de lujo. Desde septiembre hasta ahora se han sucedido acontecimientos como Art Basel, Tefaf, Fine Arts Paris, Art Basel Miami Beach, todas online, con mucho ruido y pocas ventas. Dicen los expertos que los compradores tienen menos de treinta cinco años y apuestan por el arte contemporáneo. No lo sé. Creo que es una buena reacción a las subastas que trabajan desde hace años con una perspectiva más global, y están en conjunto mejor preparadas para este desafío.

Todo ello me reafirma en lo que pensaba antes de que empezara esta crisis. El arte se basa en un intercambio físico entre los objetos pasivos –las obras– y nosotros –las personas– muy difícil de reemplazar por un simulacro virtual, por bueno que este sea.

Del mismo modo que no es lo mismo ver la Capilla Sixtina en directo que a través de la pantalla de un ordenador, no podemos comprar ciertas obras sin examinarlas en directo, indagar sobre su autenticidad, conocer las medidas y las texturas, los estados de conservación y escuchar los consejos de quien nos asesora o vende. No somos robots, somos seres humanos; y una imagen, por buena que sea, siempre es un mal simulacro de un original.

Tampoco creo que el teletrabajo pueda reemplazar el trabajo presencial en las galerías de arte, a no ser que se cubran así tareas muy automáticas o numéricas que no impliquen ninguna interrelación con las obras. Una galería de arte no es Amazon. Es imprescindible que, los que nos dedicamos al arte, estemos en contacto directo con las obras y las personas. A la pregunta, arte: ¿real o virtual? Solo tengo una respuesta: real, físico, palpable, más allá de los virus, la pandemia, los políticos ojerosos y desnortados, el Procicat y su obsesión reguladora, los medios o altavoces del Apocalipsis, las malditas restricciones, las incongruencias y las demagogias, y tutti quanti….