Si tuviese un perro y lo quisiera peinar, no se me ocurriría ir a una peluquería canina con mi mascota y largarme sin pagar. Si se me rompe la lavadora tampoco espero a que el operario me la arregle por la cara.

En cambio, sorprende que cuando alguien me llama diciendo que tiene un cuadro que no sabe de quién es, una vez le he dicho lo que pienso no me pregunte si me debe algo.

Norman Rockwell, Art Connoisseur, 1962.

Se conoce que mi trabajo es gratis. ¿Por qué? Antes pensaba que el trabajo intelectual, al revés del manual, no estaba valorado entre nosotros, pero no es del todo cierto cuando veo lo que pagan a algunos intelectuales por perpetrar cosas extrañas que muchas veces no entienden ni ellos mismos: sólo basta con leer los obtusos textos que escriben para las exposiciones de los museos, niebla espesa. Se trata de algo más profundo. Una atribución es una aproximación, una idea o incluso una intuición o una ocurrencia, algo muy frágil. Y lo débil no se paga. Comprendo que hay casos peores. Una amiga mía, doctora en un hospital, que luchó en primera fila contra el coronavirus, me contó que les pagaban treinta euros como complemento al sueldo por el riesgo que habían contraído: simplemente un insulto. O los maestros de escuela que en veinticuatro horas han tenido que reconvertir una escuela presencial en una virtual y lo han hecho extraordinariamente y sin rechistar, no creo que hayan tenido una bonificación por las horas extras y el esfuerzo. En un país dónde lo primero que abren son los bares y lo último las escuelas o bibliotecas, no hay nada que hacer.

Lo peor es cuando desmontas una atribución.

Volviendo a mi terreno, a mí me llaman personas que se quieren vender obras de arte. Normalmente me traslado a domicilio como un repartidor de comida rápida, pero no me pagan cuando entro porque no llevo nada en las manos. Me piden que valore las obras y no me preguntan cuánto cuesta el tiempo y el trabajo que requiere, o mejor toda una carrera, para llegar a conocer el mercado y poder dar un precio. Si eres el primero en llegar, malo, porque utilizaran tu nombre y tus precios para vendérselo a otro un poco más caro. Si llegas el último mejor, porque tendrás la oportunidad de hacer lo mismo. Darwinismo puro. Naturalmente, ni te darán las gracias, ni te llamarán para contarte lo que ha pasado. Lo peor es cuando desmontas una atribución. Por ejemplo, cuando aparece una pintura en cuyo marco hay una cartela dorada con el nombre de “Goya” y resulta que es una copia, o es falso. Nada es peor que desvelar la verdad allí donde había un deseo. Nunca recuerdo que el hombre es un animal que a menudo prefiere vivir engañado. Entonces, si dices que no es autógrafo, te miran con ojos de acero y te invitan a qué te vayas. Lo siento, pero ya me he hecho mayor y ahora sólo hablo/hago cuando me pagan como a un peluquero canino o a un operario de electrodomésticos, profesiones tan respetables como la mía, creo. Por favor, absténgase de contactar conmigo quien quiera mi opinión (si es que ésta sirve para algo) gratis. Game over.