No sé decirlo, no sé cómo llamarlo. ¿Como lo diría? A ver. Lo vuelvo a probar, vuelvo a empezar. Es… Es precisamente por eso que lo quiero decir, porque si lo supiera decir, si lo pudiera decir, entonces ya no querría, entonces ya no. ¿Me hago entender?

El deseo nace de aquí, el querer nace de la incapacidad. Porque no puedo volar quiero volar, cuando no puedo salir de la habitación es cuando imperativamente necesito salir. Esto nace de la desconfianza. Quiero hacer mi voluntad porque desconfío, porque sólo me fío de mí. Es la desconfianza, concretamente, en el lenguaje, porque el lenguaje no es una materia muerta, ni neutra, tampoco es barro o piedra, no; tiene plasticidad, pero no es fácil de gobernar, de hecho, a menudo es el lenguaje quien te gobierna a ti y no tú al lenguaje. ¿Nunca lo has notado eso? Entonces no te has enterado mucho, chaval. O chica. Te equivocas si te crees que en tu casa eres el dueño, no seas infeliz, va, escúchame.

Samuel Beckett.

Samuel Beckett (Dublín, 13 de abril de 1906 – París, 22 de diciembre de 1989) es uno de los grandes escritores de todos los tiempos, un escritor de la sospecha, que no se conforma con las buenas palabras, ni siquiera con las palabras, sobre todo no quiere quedarse a solas con las palabras. Nació irlandés, en la Irlanda pestiferée, como decía él, y cambió de idioma porque no se fiaba, al menos para ser poeta no, porque no quiso ser un loro, un replicante, uno que se dedica a la repetición, a la propaganda, a la publicidad. Comenzó escribiendo en inglés pero, después, abandonó el inglés todopoderoso que dominaba, tan genuino, espontáneo, rico, por una lengua aprendida y, por tanto, más elemental para él, más reducida, más modesta porque no era su lengua materna, era más funcional, más incómoda. Por eso Samuel Beckett deja de escribir en inglés y escribe en francés. No el francés de la pompa y circunstancia sino el francés de las cartas comerciales, el francés de las conversaciones de ascensor, el francés de ir a comprar el pan. Para contenerse y saber mejor lo que está diciendo, por no escribir maquinalmente, por no dejarse llevar por la inercia. Porque es un escritor plenamente contemporáneo, un discípulo de James Joyce y ya tiene más que suficiente de tanta palabrería, del lenguaje banal, de la retórica vacía, del hablar por no callar. Para protegerse de los clichés, del lenguaje prefabricado que te arranca el corazón, el alma. Porque menos es más.

Beckett, muy joven, se hizo psicoanalizar en Londres, por un buen analista. Y comprendió pronto que no era el dueño en su casa. Que el dueño era más bien el misterioso subconsciente. Y que el subconsciente es más bien el lenguaje, el idioma, el código. Por decirlo de alguna manera, porque tampoco es exacto ni seguro. Lo único seguro es esta duda, esta molestia cotidiana, por eso escribe a veces de forma entrecortada, o sin seguir una línea nítida, dibujada. No, ciertamente. No hablamos una lengua, al contrario. Es la lengua que habla a través de nosotros, como la genética habla a través de nosotros, porque somos un instrumento de un idioma que no controlamos. Como nuestros padres y nuestros abuelos siguen vivos a través nuestro. Que lo más importante del arte es el arte, es la materia, el objeto, que los sonidos son lo más importante de la música y que el idioma es lo más importante de la poesía o de la literatura en general. Cuando escribes, por. Ejemplo. Así, así-así y asá, por un momento estás más atento al texto y hay, un, poco, algo. Más de atención. Es molesto, de acuerdo, pero vuelves a concentrarte en el texto como cuando aprendías a leer, porque ya nada es previsible, ni confortable, cuando lees no sabes qué palabra, qué idea vendrá después de la otra. Porque vuelves a leer con el… Con el tiempo. Vuelves a leer con el tiempo detenido. El sentido del lenguaje no es evidente, no es tan fácil como te crees. Es una nueva retórica, la retórica de una literatura que desconfía de la literatura como ninguna otra lo ha hecho. Es una creación sin ingenuidad. Y una creación que busca la tensión. La irritación. Como Kafka. ¿El lenguaje está vivo realmente? ¿Estamos seguros de ello? Quizás sólo es un eco, un eco de unas personas que ya están muertas, tal vez el lenguaje que tenemos es eso, un deseo de vida de personas que ya no viven.

Y contra lo que pueda parecer, contra la fama injustificada que tiene, Samuel Beckett no es un escritor abstracto sino un creador en la penumbra, un escritor en la niebla. Y no tiene nada que decir sobre la existencia humana, sobre las grandes cuestiones filosóficas, sobre el bien o el mal, sobre la profundidad de los grandes temas, los que se aleja horrorizado como de la pretensión verbal. Aunque no lo parezca, la suya es una obra completamente autobiográfica, que vuelve una y otra vez, sin cansarse, sobre algunas imágenes que ha podido conservar, retener, de su infancia, del pasado. Caminar, caminar, los vagabundos, los pies hinchados, las botas, subir y bajar por las colinas que rodean Dublín, con su padre, con quien se lleva muy bien. Las matemáticas, que le recuerdan a su padre. Dar paseos con su padre, bajo la lluvia, resolver ecuaciones de gran complejidad con su padre. El refugio, la caverna platónica, el cine, la taberna, mientras fuera está lloviendo. La conversación con su padre y los números. Una melancolía, un ambiente depresivo. Y siempre, siempre, la corrección, la duda. Olvidad todo lo que he dicho de él, Bien. No, porque de la duda nace siempre otra. Le gustan mucho dos pintores holandeses de los que fue amigo toda su vida, los hermanos Van Velde. Son pintores que muestran las correcciones en la tela misma, que no nos ahorran la experiencia de la duda. Que más bien son duda. Pero tampoco podemos estar seguros de ello.

Nunca hace buen tiempo en Beckett.

En los libros de Beckett, en Film, en sus participaciones en televisión y vídeo, en sus aproximaciones a la pantalla, a la que denominaba el ojo del ave de presa, nada es previsible y la atención es la reina, una atención exagerada porque la lógica, las correspondencias son en el territorio de la penumbra. Nunca hace buen tiempo en Beckett, no hay ningún color pero encontramos todas las posibilidades de los grises de Picasso, él mismo se ve como una fuente que salpica gris. Es el mundo crepuscular, wagneriano pero sin las certezas, romántico sólo en cierto sentido, el de una sociedad que ha vivido dos guerras mundiales y ha podido sobrevivir a ellas. Para Beckett la luz que te deja entender es la del crepúsculo, la del mediodía es cegadora, es una luz que no te deja ver nada. Para Beckett el pesimismo, el fatalismo, es la forma más acabada de la consolación, la forma más honrada de la creación. Porque cuando aparece la esperanza no es sino una dilatación del tiempo. Sólo es una forma de tortura, porque la esperanza pronto se verá superada por una nueva desgracia, por el principio humano que nos lleva a la tortura sobre nosotros mismos.

La tragedia es inevitable, por eso Beckett se interesa tanto por el teatro, una técnica tradicional especialmente asomada a la experiencia trágica. Y como la tragedia no se puede evitar, nacen sus dos hijos más luminosos, la ironía —o el humor—, junto a la compasión. Beckett también es un escritor de la compasión y del humor. La belleza no nos necesita, ¿lo sabíais? Vivimos en el horror cotidiano pero tenemos, a veces, momentos de un aire puro, de cielo azul que nos anima. A veces miras a una persona a los ojos. Y aquellos ojos te dejan entrar ahí dentro, al abrigo, mientras afuera llueve y te encuentras a gusto. No hay nada más, para Beckett, excepto si quieres mentir. Equivocarse, recular cuando el camino no nos lleva a ninguna parte. Volver a intentarlo, seguir caminando. Si te paras tendrás frío. Resistir, infinitamente, si no llueve, con el barro en los pies. Y burlarnos de nosotros mismos y del barrizal que nos rodea cuando ha terminado la tormenta. Otra cosa no podemos hacer.

Con motivo del 30 aniversario de la muerte de Samuel Beckett, Fabra i Coats-Fábrica de la Creació i Centre d’Art Contemporani de Barcelona acoge un pequeño ciclo dedicado a este escritor universal. Seguimos esperando. Beckett desde las artes tendrá lugar entre martes 17 y sábado 21 de diciembre. Y acogerá actividades tan diversas como la proyección de Film (Hôtel Wolfers) (2007), de Dora García, la charla On és el tot? a cargo de Josep Pedrals y Marcelo Expósito, o la lectura en clave coreográfica de Esperando a Godot: Didi & Gogo-Vaig fer-ho? Vés, vés, dirigida por Alba Sanmartí Masdeu. Además, el programa Pantalles de Betevé emitirá el vídeo No Yo (2018) de Lúa Coderch.