Ya lo dijo Arthur Rimbaud, poco después de pasar una temporada en el infierno: “Il faut être absolument moderne”.

Había que ser moderno entonces y también hoy, pues cualquier antiguo régimen posee medios para conservar su poder y disfrutar así de privilegios exclusivos, haciendo daño a todos los demás e impidiendo la deseable libertad general.

Berenice Abbott, West Street, 1932. International Center of Photography, Purchase, with funds provided by the National Endowment for the Arts and the Lois and Bruce Zenkel Purchase Fund, 1983 (388.1983) © Getty Images/Berenice Abbott.

El título de la exposición retrospectiva Berenice Abbott. Retratos de la modernidad resume un aspecto fundamental en la obra de esta fotógrafa estadounidense y bastante afrancesada (afrancesó su nombre, cambiando Bernice por Berenice). Modernidad es seguramente la palabra que mejor define su personalidad y su obra, junto con otras como libertad y creatividad, que se pueden considerar como nociones integrantes e imprescindibles en el programa de la modernidad.

Dado que el sistema económico conservador -y últimamente aumentador- de privilegios se ha esforzado mucho en reducir la noción y el programa de la modernidad a un progreso meramente tecnológico y formal, a menudo se olvida que no puede haber verdadera modernidad sin libertad plena y responsable, sin igualdad de derechos y deberes y sin fomento de la creatividad y difusión del conocimiento. La exposición que presenta Fundación Mapfre en su sede de Barcelona, comisariada por Estrella de Diego, reúne cerca de doscientas fotografías que se centran en los tres frentes principales donde Berenice Abbott (1898-1991) desplegó su reivindicación de la libertad y la modernidad.

En una primera fase la fotógrafa se centró en los retratos de personas que estaban creando la modernidad artística y literaria, sobre todo en París entre 1921 y 1929. El segundo frente lo desarrolló en Nueva York entre 1929 y 1939. Esta vez se propuso y consiguió realizar un retrato de la gran metrópoli moderna del siglo XX, la Nueva York de los años treinta, con sus rascacielos recientes o en construcción, alzados junto a casas anteriores y mucho más pequeñas, que parecían tener los días contados. Y más tarde, ya desde 1939, pero sobre todo entre 1958 y 1961, realizó fotografías científicas, principalmente para el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Eran documentos fotográficos de materias (burbujas de jabón, moho, etc) y de fenómenos físicos (ondas de agua en movimiento, limaduras de metal magnetizadas, etc) que tenían también un valor plástico y artístico.

Es decir: primero el progreso y la liberación en el ámbito artístico, literario y en la vida cotidiana, después la construcción de la ciudad moderna y finalmente los descubrimientos científicos y su divulgación mediante la imagen fotográfica.

Berenice Abbott, A Bouncing Ball in Diminshing Arcs, 1958-1961. Berenice Abbott Collection, MIT Museum. Gift of Ronald and Carol Kurtz © Getty Images/Berenice Abbott.

Aunque Abbott había estudiado escultura, su medio de expresión fue la fotografía, que en la primera mitad del siglo XX era, junto con el cine, uno de los medios que permitían nuevos modos de percepción, expresión y comunicación. Así que también fue moderna en la elección del medio. Y en el modo de emplearlo, con una visión específicamente fotográfica y libre de complejos respecto a las bellas artes tradicionales, especialmente la pintura, a la que los fotógrafos pictorialistas habían intentado imitar. Abbott cumplía treinta años de edad en 1928, así que, desde un punto de vista histórico y generacional, había nacido en el momento adecuado para ser una pionera de la fotografía moderna.

Berenice Abbott, Self Portrait – Distortion, c. 1930. Courtesy Howard Greenberg Gallery © Getty Images/Berenice Abbott.

Las personas que retrató Berenice Abbott en los años veinte tienen algo en común: son gente liberada y liberadora, artistas, escritores y otras personas del entorno de la fotógrafa que en ese momento significaban las vanguardias artísticas, literarias, intelectuales y vitales. Algunos de ellos y ellas hoy son célebres, por ejemplo, James Joyce, Djuna Barnes, Jean Cocteau, Peggy Guggenheim, André Gide, Sylvia Beach, Edward Hopper, Lewis Hine… En algunos de sus retratos es evidente su intención de reivindicar para cada género los valores que tradicionalmente se habían adjudicado al otro género y reprimido en el propio. Por ejemplo, retrataba -y así reivindicaba- la delicadeza en el hombre y el coraje en la mujer. Es decir, defendía la libertad de unos y de otras.

Sus retratos son claramente libertarios.

Más allá de una reivindicación de la libertad sexual, que ahora es una corriente principal y recibe etiquetas como LGBT, sus retratos son claramente libertarios en un sentido general. Y en el año 2019 esa mirada sigue siendo necesaria, como un antídoto contra los odiadores y miedosos fascismos emergentes, nuevos porque sus máscaras –quizá “constitucionales” y hasta “democráticas”- son nuevas, pero ideológicamente muy viejos. También entonces, en los “locos” o “felices” -para algunos- años veinte, era imprescindible expresar en el arte y en la vida la ruptura con un antiguo régimen injusto y destructivo, ideológicamente necio, que había desembocado en la espantosa carnicería humana de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, como sabemos, en los años treinta la crisis económica y la propaganda demagógica bastaron para dar el poder, otra vez, a las ideologías reaccionarias y totalitarias, especialmente en la Alemania nazi, que pronto inició la Segunda Guerra Mundial.

Berenice Abbott, Canyon: Broadway and Exchange Place, 1936. The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs, Photography Collection. The New York Public Library, Astor, Lenox and Tilden Foundations © Getty Images/Berenice Abbott.

Otro aspecto que me parece fundamental en la obra de Berenice Abbott es la lucidez y claridad con que supo emplear la fotografía a la vez como testimonio y documento visual y como composición y expresión artística. Igual que muchos otros dilemas, el que obligaba a tener que elegir entre dos opciones excluyentes llamadas “fotografía documental” y “fotografía artística” era un dilema falso y por ello dañino. El equívoco se ha extendido incluso hasta principios del siglo XXI, pero tengo la impresión que ya parece un dilema obsoleto. Y para solucionar este dilema basta con cambiar la letra o excluyente por una y griega, bonita conjunción copulativa. La fotografía puede ser arte y documento. Incluso una misma imagen fotográfica puede ser ambas cosas a la vez. Este el caso de fotografías de Berenice Abbott como Seventh Avenue, Looking from 35th Street (1935), con sus diminutas siluetas y sombras de peatones contrastando a contraluz con el asfalto soleado; y otras como Union Square, 14th Street & Broadway, Manhattan (1936), Aerial View of New York at Night (1936) o las estructuras minerales en primer plano de The Realities of Nature (1958-1961). Esta última, por su luminosidad y por sus ritmos diagonales, hubiera podido dialogar muy bien con la mencionada vista aérea de Manhattan con centenares de ventanas encendidas, que me parece –en fotografía o en la realidad- la visión más sublime que uno puede descubrir en Nueva York, desde la cima del Empire State Building, por ejemplo.

Berenice Abbott, Aerial view of New York at Night, 1936. International Center of Photography, Gift of Daniel, Richard, and Jonathan Logan, 1984 (786.1984) © Getty Images/Berenice Abbott.

Abbott se formó técnicamente como asistente de Man Ray, pero pronto encontró su propio camino, más próximo a la composición documental de Eugène Atget –a quien Abbott reivindicó internacionalmente- que a la imagen poética y construida de Man Ray. Se podría decir que con frecuencia estuvo en el lugar correcto y en el momento correcto, pero más por lucidez y coraje que por suerte. Desde su Ohio natal fue a parar al Greenwich Village de Nueva York, donde estaban Duchamp, la baronesa dadaísta Elsa von Freytag-Loringhoven -posible inspiradora del famoso urinario duchampiano- y la poeta futurista y feminista Mina Loy, quien –por cierto- ya no se dejó retratar cuando dejó de ser una mujer joven y guapísima. Abbott no dudó en viajar a París con poco dinero para sobrevivir. Y ocho años más tarde no dudó en regresar a Nueva York cuando profesionalmente las cosas le iban bien en París, pues intuyó que ese era el momento de retratar la gran ciudad americana en construcción y en transformación.

Gracias a su nacionalidad estadounidense, al hecho de trabajar en un país entonces moderno y meritocrático, pudo convertir algunos de sus proyectos fotográficos personales en encargos apoyados por instituciones públicas o privadas, como fue el caso de sus paisajes neoyorquinos (proyecto financiado por el Federal Art Project) y de sus fotografías científicas para el Massachusetts Institute of Technology.

La exposición Berenice Abbott. Retratos de la modernidad, se puede visitar en la Casa Garriga Nogués, sede de la Fundación Mapfre en Barcelona, hasta el 19 de mayo.