En Instagram vi que un periódico nacional promocionaba una colección de dvds del programa televisivo This is art no comment–, con una lista de grandes maestros del arte.

Me sorprendió leer la queja de algún usuario porqué en la lista de artistas no había mujeres.

Adolfo Sánchez Mejías, La marcha de un soldado al frente. Museo del Prado, Madrid.

Vaya por delante que creo en la igualdad de géneros, y pienso que aún estamos lejos de conseguir que la mujer tenga el lugar que le corresponde en nuestra sociedad, que no debería ser otro que el de la igualdad absoluta con el hombre; por no mencionar países donde, aún hoy, es maltratada y subsidiaria de lo masculino. Pero la historia del arte, nos guste o no, fue hecha por hombres que fueron pagados, también, por hombres –en su mayoría nobles y eclesiásticos.

Es verdad que en este mundo monocorde se coló alguna mujer-artista brillante como lo son, entre otras, Sofonisba Anguissola, Clara Peeters o Lavinia Fontana, reivindicadas recientemente por el Museo del Prado, pero son desgraciadamente excepciones a una monótona regla masculina. ¿Entre los viejos maestros, qué mujer artista está al mismo nivel de los más grandes? ¿Hay alguna comparable a Giotto, Caravaggio, Velázquez, Rembrandt, Goya o Picasso? Ninguna.

Por suerte, en el mundo moderno este inmovilismo de género en el arte ha cambiado y desde Marie Louise Élisabeth Vigée Le Brun a Louise Bourgeois, pasando por Rosalba Carriera, entre tantas otras, la mujer ha ido conquistando las grandes cimas del arte al mismo nivel que lo hacían los hombres; y me interesan tanto, por ejemplo, Georgia O’Keeffe o Marina Abramovic como Thomas Hart Benton o Anish Kapoor.

El afán por encontrar obras de mujeres artistas puede llevar al ridículo.

Sin embargo, cada vez se acentúa más la tendencia de observar el mundo de ayer con ojos de hoy. El afán por encontrar obras de mujeres artistas puede llevar al ridículo. Es lo que recientemente ha sucedido en la exposición Invitadas del Museo del Prado en la que el comisario presentó como primera obra del recorrido un cuadro cuya cartela decía que era una Escena familiar pintada por Concepción Mejía. El mal estado de conservación que presentaba el cuadro –impropio para ser expuesto en un museo del nivel del Prado– no dejaba ver unas iniciales monogramadas que correspondían al pintor valenciano Adolfo Sánchez Mejías y la escena representada era La marcha de un soldado al frente, asunto lejos de la poesía del hogar; todo descubierto por Concha Díaz Pascual. Al saberse, el museo descolgó al instante el cuadro que nunca debió colgar y, enseguida, salió el director a pedir perdón.

Esta anécdota explica muy bien lo que pasa: la permanente obsesión por reescribir una historia que nunca existió, confundiendo el deseo con la realidad.