Como en una pesadilla, camino entre las calles del barrio gótico de Barcelona. Es talmente el paisaje después de una guerra bacteriológica.

No queda nada –tiendas cerradas o en traspaso– ni nadie –las riadas humanas sepultadas por el patógeno, una ruina. En un callejón que lleva a la catedral, encuentro el Paraíso. Una colección de pintura antigua comprada con rigor y pasión por dos jóvenes connoisseurs, the happy few, los bautizo.

Giacomo Ceruti, Natura morta con zucca, pere e noci, 1750-1760. Pinacoteca di Brera, Milán.

Entre naturalezas muertas de las lejanas Escuelas del Norte encuentro dos ejemplares que me atraen como un imán. Les pido que no me digan de quién es, y juego a la atribución. En uno, hay un gallo muerto entre cebollas y dos pepinos. En el otro, un pato con el cuerpo aún caliente entre vegetales. Los miro. Pienso. Por mi cerebro pasa un vendaval de las imágenes que salen de la carpeta dedicada a los bodegones, un carrusel que busca encajarlas con las que tengo ante los ojos. Y de repente, un simple detalle, la manera sensual como están pintados los pepinos me lleva a un nombre: Giacomo Ceruti (Milán, 1.698-1.767).

Giacomo Ceruti, Tres captaires, c. 1737. MNAC (col·lecció Thyssen), Barcelona.

Cuando visito el MNAC nunca dejo de mirar el cuadro Tres mendigos (colección Thyssen), una sinfonía de ocres y pardos con ecos de Zurbarán. La faceta de Ceruti –pintor de temas sociales, lo llamaríamos hoy–, como especialista en naturalezas muertas es menos conocida, pero hay un cuadro en la pinacoteca de Brera, en Milán, que tiene el mismo pepino que este que miro. Atribuir es reconocer. Y no todos los pintores tratan un pepino de la misma manera. Cuando salgo de la casa, pienso que hay tres grandes bodegonistas en el siglo XVIII: Meléndez en España, Chardin en Francia y Ceruti en Italia. Tres nombres, tres afirmaciones de un género que entonces era menor pero que hoy nos llega como lo más auténtico y cotidiano que puede tener la pintura o la vida, o viceversa. Ante la maldad, sólo el arte nos queda como refugio. Tomemos cobijo.