De vez en cuando conviene mirar atrás para ver de dónde venimos, y así poder presagiar hacia donde vamos. Con este espíritu histórico me pregunto cómo estábamos hace un siglo, en 1920.

Europa se despertaba lentamente de la pesadilla de la Primera Guerra Mundial, en la que por suerte nosotros no participamos. De repente, aquel verano incierto desapareció el patógeno letal que había causado durante dos años más de cuarenta millones de muertos, jóvenes mayoritariamente, y que fue bautizado con el pernicioso nombre de la gripe española.

Josep Obiols, Ja sou de l’Associació Protectora de l’Ensenyança Catalana?, 1921. Cartel.

Mientras, en Cataluña llegaban las últimas oleadas del Noucentisme como proyecto de modernización del país, cuyo motor era la cultura. Hacía tres años que había muerto Enric Prat de la Riba, el presidente de la Mancomunitat, y lo había sucedido el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, con el mismo espíritu culto y constructivo, pero sin la misma alma. Francesc Cambó, ya sin la cortapisa de Prat, colaboraba con el Gobierno central a través de la LLiga, fuerza centrista legitimada en las urnas. Hacía dos años que había aparecido el primer número de la revista cultural D’Ací i d’Allá, y se impulsaba la primera biblioteca pública. La Mancomunitat, secundada por los republicanos, buscaba su estatuto de Autonomía.

En pintura triunfaba el clasicismo de Sunyer, de raíz cezanniana, y asomaba la cabeza el primer Dalí puntillista –fusión de Pichot y Balla– pintando la costa de Cadaqués. Miró seguía injertado de la pintura fauve de Ricart, a un tiempo que ya esbozaba un lenguaje poético propio. Picasso, que hacía casi veinte años que Barcelona le quedaba pequeña, desde París apuraba el cubismo y ya pensaba en mujeres voluptuosas danzando en la playa, o en cómo pintar el retorno al orden que proclamaba su amigo Jean Cocteau. Joan Salvat-Papasseit era el poeta que mejor conectaba con una sociedad que olía a fábrica y a sangre, anarquista y violenta, en cuyo reverso se refugiaba una burguesía tan conservadora como poco ilustrada. Josep Carner era el príncipe de los poetas, y J.V. Foix la vanguardia escrita. Josep Pla, ya maestro del adjetivo, escribía compulsivamente su autobiografía en el Quadern Gris.

Tàpies ejerció de Rey Sol eclipsándolo todo.

Luego, la Guerra Civil acabó con el ideal de civilización de los noucentistas, y entramos en el túnel siniestro del franquismo, y la cultura dejó de ser motor para convertirse en resistencia. Los años de la Transición, con las más de dos décadas de pujolismo, no revirtieron la situación porque en su ideario de país la cultura era sinónimo o de lengua o de folclore; y recelaba de la alta cultura que monopolizaba la izquierda enarbolando la bandera dogmática y ortodoxa de la modernidad. Tàpies ejerció de Rey Sol eclipsándolo todo. Y así llegamos hasta aquí, hasta ahora, bajando sin frenos de la cima en la que nos instalamos hace un siglo, en pura regresión.

¿Qué ideal o proyecto de país tenemos? ¿Qué papel le otorgamos a la cultura? ¿Dónde están los intelectuales de pensamiento crítico e independiente? ¿Qué rol juegan nuestras instituciones culturales? Con recursos muy limitados, las estructuras de un Estado cultural fueron creadas hace un siglo –museos, bibliotecas, normalización lingüística– y son, en gran parte, las que aún tenemos. Pero el espíritu que las sustentaba murió en el intento. Caemos ahora en la tentación de volver a metamorfosear la cultura de la resistencia, sin darnos cuenta de que deberíamos estudiar el pasado para comprender que sólo una cultura sólida y desacomplejada puede ser el motor desde el que proyectar una civilización fuerte. Cultura y educación, o al revés, son la base de toda sociedad culta y libre.

La historia es un espejo y un ciclo, y tal vez ya ha llegado el momento de que nosotros la dominemos, y no que ella nos domine e instrumentalice. Posiblemente nuestro parasito –menos letal, pero más global que el de la gripe española– desaparecerá cuando llegue el verano. Entonces, quizá, iniciaremos un ciclo económico positivo, los dorados años veinte del siglo XXI. Pero no nos engañemos, todo seguirá igual que antes de la pandemia: el hombre no escarmienta, ni cambia, ni mejora, involuciona. Somos animales de memoria fugaz y breve, fragmentaria, gracias a la cual hemos podido resistir los vaivenes del tiempo. Sin embargo, la cultura ya no será el motor de ningún proyecto de civilización sino la cenicienta a la que siempre se la cita como excusa, el un refugio donde cobijarnos de las fechorías, a la que, sin embargo, casi nunca se atiende como se merece.