Con menos de dieciocho años, una chica en Valladolid le pidió a su padre un lienzo grande para pintar el mundo.

Tanto insistió, que su padre un día llegó a casa con una tela enrollada de tres por tres metros y la clavó con cuatro clavos en la pared de la habitación de su hija, como una cartografía en blanco de Vermeer.

Fragmento de Un mundo (1929), de Ángeles Santos.

Entonces, ella, se pasó día y noche construyendo el mundo en su interior y lo fue soltando a poco a poco en dibujos al carbón. Lo imaginó cuadrado, por influencia del cubismo de Picasso, pero lo llenó de mujeres que bajaban escaleras y otras que iluminaban las estrellas como Diosas de la Antigüedad. Corría el año 1929 y el mundo real, no el imaginario, traía vientos que presagiaban la maldad. Pero ella lo desconocía todo, refugiada en los libros que le prestaba su hermano Rafael, como el Realismo mágico de Franz Roh. Y, súbitamente, en aquella tela blanca fue apareciendo su mundo azul, onírico y mágico.

“aparece como una Santa Teresa en la pintura, oyendo palomas y estrellas que le dictan el tacto que han de tener sus pinceles”.

Presentó el cuadro en el Salón de Otoño de Madrid y causó una gran sensación. Por su casa se acercaron intelectuales a ver el cuadro que había pintado la niña, como Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna, que escribió: “que aparece como una Santa Teresa en la pintura, oyendo palomas y estrellas que le dictan el tacto que han de tener sus pinceles”.

Luego, la niña se casó con un pintor hábil y famoso, y dejó la pintura para convertirse en esposa. Con los años volvió a pintar, pero había perdido la estrella inicial, erosionada por el influjo de la pintura comercial de su marido. Pasado el tiempo, hoy, su cuadro, Un mundo, es el primer ejemplo del surrealismo en España, y ella, uno de sus máximos representantes.

Ángeles Santos, sí. Su hermano, el crítico Rafael Santos Torroella. Y su marido, Emilio Grau Sala. El cuadro estuvo años en un almacén. Hoy luce como uno de los mejores tesoros del Reina Sofía.

La historia del arte es también la historia del machismo. Mientras la historiografía simplemente progresa, el arte sólo muta.

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