Visité al profesor por última vez. Por su habitación de la clínica se colaba una luz de tortilla a la francesa que bañaba su rostro de piel de pergamino, en el que sobresalía la nariz afilada que presagiaba el final.

Soltero y sin hijos, dedicó su vida a una sola persona, Rembrandt, a quien estudió de día y de noche sin cesar, cuyo trabajo quedó cristalizado en un corpus de diversos volúmenes, referencia para los estudiosos, un compendio de su labor como filólogo de las formas del maestro de Leiden.

Una visitante contempla Los síndicos de los pañeros (1661), de Rembrandt. Foto cortesía del Rijksmuseum de Amsterdam.

Me acerqué a su oído y le pregunté dónde había nacido aquella pasión. Me contó que, siendo un niño, con apenas doce años, se escapaba del colegio para ponerse delante de un pequeño retrato de Rembrandt que había en el museo de su ciudad natal, y sacaba de su cartera una tabla que su padre había preparado, de la misma medida que el original. Y se pasaba horas copiándolo. Un día se le acercó el guardián del museo y al ver que el tamaño de su copia era el mismo que el del retrato –las copias deben ser siempre de distinta medida para evitar la tentación de la falsificación–, le prohibió seguir copiando y le invito a irse.

El vigilante seguía el código deontológico del museo, pero no sabía que copiar es la mejor manera de comprender. El chico salió del museo con su copia inacaba y se conjuró que, si no podía copiar a Rembrandt, si no podía poseerlo, aunque fuese a través de una copia, consagraría toda su vida a estudiarlo. Es lo que hizo. Ahora se muere y con él se apaga una sabiduría, irremplazable para mirar a uno de los grandes genios de la pintura. Los ojos de los conoisseurs languidecen como los faros en la noche, sólo quedarán la oscuridad y el vacío, reinando en los museos.