“Todos llevamos una necrópolis en nuestro corazón” decía Flaubert. Y a la mía se ha sumado recientemente el amigo Jaime Barrachina, a quién siempre asocié al escritor francés; no tanto porque me recomendó algunos de sus libros (Bouvard et Pécuchet, especialmente) sino porque se le parecía físicamente, y así se lo dije y lo escribí.

Barrachina era Flaubert sin aquellos bigotes de león marino, con su cráneo de filósofo antiguo y sus claros ojos de chino, y su voz, tan característica, de oboe.

Jaime Barrachina y Artur Ramon.

Me gustaba cómo vestía en función del escenario, alternando el traje a rayas de profesor inglés con los polos estridentes del Club del Habano, ajeno a las modas.

Enseguida encontró su camino profesional como director del Museo del Castillo de Peralada, cuya colección conocía como la palma de su mano. Alternaba su vida entre Peralada, donde vivía, como Montaigne, en su torre de marfil, con su piso de Barcelona. Estar con Barrachina era siempre una fiesta y te reconciliaba con lo mejor que tiene la vida. Sabía de todo y podías hablar tanto del Mestre de Cabestany, que tan bien conocía, como de la bullabesa que se zampaba en Marsella.

Lo conocí de niño, pero lo traté ya de mayor, y descubrí a un personaje extraordinario con quien me gustaba comer a menudo, tan sólo para escucharlo y compartir los placeres de la gastronomía y de los puros. Teníamos una relación especial, a medio camino entre la del amigo y la del maestro, y siempre le dije que había llenado el vacío que dejó José Milicua en mí. Era un gran lector que devoraba a Cervantes y a Pla –su amigo Ventura Bassegoda dice que Pla le hubiese dedicado un Homenot, y tiene razón–, y gozaba de una memoria prodigiosa.

El Universo Barrachina consistía en una mezcla de inteligencia e ironía, de fina observación y seducción narrativa.

El arte, la literatura, los gabinetes de curiosidades, la curiosidad por la cultura que nos unía y lo que nos divertíamos. Lamento no haber viajado con él, pero no me importa porque, cada vez que nos veíamos, viajábamos juntos por su mapamundi particular, el Universo Barrachina diríamos, una mezcla de inteligencia e ironía, de fina observación y seducción narrativa. Algo que explotó como nadie en sus conferencias, donde era capaz de relacionar una copa de cristal con un huevo frito, el coleccionismo con las raíces de los árboles, o unir el arte medieval con Ferran Adrià, su templo sensorial particular.

Tuvimos diversas discusiones sobre la cocina y el arte, que yo le ponía constantemente en duda, pero una vez me dejo sin respuesta cuando me confesó que había tenido emociones más fuertes ante ciertos platos que ante muchos cuadros. Barrachina era generoso y nunca probó el veneno nacional, la envidia, porque no necesitaba compararse con nadie, pertenecía a la especie singular e intransferible de los connoisseurs y, aunque no presumía de ello, lo sabía. Nunca pude agradecerle lo que me ayudó en mis libros, regalándome siempre ideas inteligentes, consejos sabios, con una magnanimidad inusual entre colegas.

Barrachina, sí, un nombre y un hombre que sobresalen en el panorama de las humanidades de nuestro país: otro faro que se apaga. Un hombre bueno. Un sabio. Un amigo.