Diseminados por museos de todo el mundo, hay unos retratos pintados sobre tablas delgadas de madera, rostros que nos miran desde y más allá del tiempo.

Aparecen como islas perdidas, a veces, en las salas de antigüedades egipcias, coptas o clásicas. Ciertamente, como les pasa a todas las obras situadas en la frontera, son difíciles de clasificar.

 

Retrato del Fayún.

Fueron realizadas en Egipto, halladas en Fayún, localidad que les da nombre, situada a sesenta kilómetros de El Cairo, y pertenecen a la época helenística, es decir, entre el siglo I y III d. C. Hoy las vemos descontextualizadas como cuadros, pero formaban parte de las momias en un momento en el que el ritual funerario egipcio imbricaba con la pintura mimética griega. Tienen cualidades muy diversas, unas son casi caricaturescas y anuncian el románico más popular, otras son finísimas, con una técnica depurada, como encontraremos mil quinientos años después en el Greco y más tarde en Rembrandt.

Se representan niños, mujeres, hombres y ancianos, en esta serie de imágenes que son los primeros «fotomatones» de la historia.

Se representan niños, mujeres, hombres y ancianos, en esta serie de imágenes que son los primeros «fotomatones» de la historia. Sorprenden los rostros serios y los ojos abiertos, y si viéramos un grupo numeroso en una sola sala quedaríamos intimidados, como cuando un auditorio nos mira antes de una conferencia.

Tienen un trasfondo enigmático, misterioso, hermético, difícil de descifrar. Por eso nos maravillan, porque son el primer eslabón en la cadena del retrato, uno de los grandes géneros de la historia de la pintura. Después vendrán los retratos al fresco tan conocidos de Pompeya, los mosaicos bizantinos y romanos, el Dios todopoderoso medieval con los ojos que todo lo ven y juzgan, los caballeros descritos por Van Eyck y la ternura con la que Antonello da Messina pintó a la Virgen, los bufones que retrata Velázquez, los hombres y mujeres enlutados de Rembrandt, la niña de piel de mantequilla de Vermeer, las condesas de ojos pardos de Goya, los niños inocentes de Chardin, la mujeres de Tolouse y Monet y Degas, los autorretratos de Picasso y los retratos de carne de Freud…

Ya lo dijo Píndaro, hace dos mil años: «¿Quiénes somos nosotros? Sólo la sombra de un sueño». La sombra del yo; sí, la última oleada de la civilización del Nilo, las miradas mudas de Fayún. El espejo de donde venimos.