Me he pasado la vida diciendo que ante una obra de arte es mejor mirar y después leer. Pero las humanidades no son ciencias exactas y siempre hay una excepción para todas las reglas.

Pasé parte de mis años de estudiante en Londres en la National Gallery. Me gustaba recorrer las galerías de los pintores italianos, y muchas veces me detuve delante de la Batalla de san Romano de Paolo Uccello (Florencia 1397-1475).

Paolo Uccello, Niccolò Mauruzi da Tolentino en la batalla de san Romano (c. 1438–1440), National Gallery de Londres.

Los ojos se quedaban imantados en el turbante de sedas rojas y oro de Niccolò Mauruzi da Tolentino, suspendido en el espacio y el tiempo. Caballero eterno montado en su caballo blanco como en un tiovivo, ajeno a los hombres con armaduras y lanzaBreviari s que lo acompañan y se matan en el campo de batalla. Me fascinaba el cuadro, pero nunca lo comprendí. Leyendo la monografía que Roberto Longhi le dedicó a Piero della Francesca encontré en sus primeras páginas como explora con clarividencia de sabio la pintura de Uccello que Piero vio de niño.

Se trata de entender dos parámetros que movían la Florencia de 1430: la perspectiva y la poesía. Según Longhi, en las batallas de Uccello las figuras quedan atrapadas en la red de la perspectiva, una “red mágica; donde la visión era inflexible como una ley de cristalografía aplicada al cosmos, y a la vez, fantástica como un sueño”. Rigor matemático y delirio lírico: Uccello.

El pensamiento conceptual y la poesía clásica convertidos en pintura.

El pintor que mejor supo condensar en sus cuadros las investigaciones de Brunelleschi, “la búsqueda de las medidas espaciales y el sentimiento del espacio”, “la proporción armónica incardinada en la magnitud de las aulas antiguas”, es decir, el pensamiento conceptual y la poesía clásica convertidos en pintura. Después de leer a Longhi, no he mirado a Uccello de la misma manera. Es lo que tienen los maestros cuando son genios, capaces de cambiar nuestra mirada.