No hay nada más caro que el ego. En 1938, el joven director del museo Boijmans de Rotterdam movió cielo y tierra para comprar un Vermeer.

Quería competir con el Rijksmuseum de Amsterdam, y en su colección de cromos le faltaba una masterpiece del pintor de Delft. Compró por medio millón de guildas (lo que serían hoy varios millones de euros) La Cena de Emaús, que procedía de una antigua colección francesa; y lo colgó en la pared principal de su museo mientras la prensa internacional recogía la noticia.

Han van Meegeren pintando en la cárcel, 1945.

De Vermeer entonces se conocían muy pocas piezas y ésta no sólo encajaba con su estilo, sino que pasaba por ser uno de sus mejores cuadros. Pasaron los años y en 1945, con la caída del Tercer Reich, arrestaron en Ámsterdam a un colaborador nazi que durante la guerra parecía que había vendido patrimonio artístico nacional. Se trataba Han van Meegeren, un pintor delgado y arrogante que, acorralado ante tal acusación, declaró que muchos de los cuadros de maestros holandeses del Siglo de Oro que pensaban que había expoliado, los había pintado él.

Han van Meegeren, La Cena de Emaús.

Nadie se lo creyó hasta tal punto que tuvo que pintar un falso Vermeer en el calabozo, para declararse culpable. En 1947 fue juzgado en una sala que parecía más la de un museo que la de un juzgado. Se mostró arrogante como hacen los falsificadores cuando se saben dioses.

Van Meegeren empezó a falsificar cuando se dio cuenta de que los museos holandeses despreciaban su arte (también las ambiciones de Hitler por ser artista le fueron negadas en Viena, convirtiéndolo en el ser ignominioso que fue).

El proceso van Meegeren.

La frustración lleva al desafío, y Van Meegeren se conjuró para engañar a los mismos connoisseurs que lo ningunearon. Y lo logró. Poco después de conocer el veredicto, su corazón reventó. Nunca cumplió la condena.