En estas cuatro décadas de democracia, se ha pasado la mayor parte del tiempo creando un fake cultural; siendo éste utilizado como marketing de un país que necesitaba con urgencia demostrar que podía ponerse a la altura de la cultura europea.

Esto, por supuesto, fue instrumentalizado políticamente de manera sistemática, y de lo cual llegaban algunas migajas para producir verdadera cultura. Con mucho esfuerzo por parte de los creadores y agentes culturales, soportando –a la vez que denunciando– malas prácticas, pero con el ánimo de transformar el desierto cultural que heredábamos, al tiempo que se comenzaba a generar una red de creación, producción e investigación de manera bastante articulada, animados por lo que parecía un camino promisorio.

Arts Santa Mònica, Barcelona. Foto: Transductores.

Pero desgraciadamente no era éste el objetivo de los partidos que dirigían nuestras instituciones. Finalmente llega la crisis –la segunda crisis después del 92– que dio argumentos para desmontar todo lo que se estaba iniciando. La crisis fue la gran excusa del aparato gubernamental para cortar todo alimento de carácter cultural, desvelando lo que subyacía: un profundo desprecio por los trabajadores y trabajadoras de la cultura. Sólo ha quedado algún interés por la recuperación de patrimonio –para preservar colecciones privadas– por parte de los políticos conservadores de nuestro país, representados en estos momentos por la Conselleria de Cultura de la Generalitat de Catalunya. Por otro lado, el Ajuntament de Barcelona –en estos momentos gobernado por un partido salido de los movimientos del 15-M, los “comunes”–, ha resultado para muchos de nosotros desilusionante en el ámbito de cultura, ya que luego de dejarla en manos de los que habían creado la Marca Barcelona, con intereses cada vez más ligados a la empresa privada –PSC, muy en la línea de su marco estatal PSOE– ahora, nuevamente sin el partido aliado, se han quedado en un nuevo vacío de propuesta de política cultural. O, lo que es peor, mantienen sus objetivos al no acabar de encontrar otros con nuevos valores, más ajustados a su programa general.

En el momento actual, de crisis –estafa– financiera y política, se ha arrinconado la cultura en un espacio “poco importante”. Ello, unido a la idea de que los que trabajamos en la creación y el arte en general, tenemos nuestra “recompensa” en el propio “hacer”, aunque ello no nos permita vivir dignamente. Una excusa perfecta para devaluar nuestros derechos laborales y evitar así cualquier “ingerencia” del pensamiento crítico en la sociedad.

Protesta ante el Arts Santa Mònica, Barcelona. Foto: Transductores.

En los últimos años, incluso en las épocas de “vacas gordas”, la cultura se medía por la cantidad de infraestructuras. Toda ciudad, por pequeña que fuera, quería tener su museo de arte contemporáneo, lo que permitió recalificar zonas poco valiosas a través de gentrificaciones escandalosas –ahora parece que trasladadas a L’Hospitalet– en muchos casos poco eficaces, pero en otros destrozando el tejido ciudadano. En estos momentos, muchos de estos espacios tienen presupuestos bajísimos que impiden cualquier programación coherente, y ponen en peligro su continuidad. Los reducidos presupuestos dedicados a creación contemporánea han provocado que en estos últimos diez años se hayan cerrado innumerables centros arte y creación. Eran el incipiente germen de una verdadera estructura rizomática que se estaba gestando.

El resultado de todo ello es una Barcelona cada vez más desierta culturalmente.

Quizá podríamos pensar que esta postura neoliberal ha conseguido activar el mercado del arte; sin embargo, ni en esto han sido capaces ni eficaces. Al desmantelamiento del conseller Mascarell le sucede una y otra vez –con cada uno de los responsables de Cultura– un silencio administrativo pocas veces visto. El resultado de todo ello es una Barcelona cada vez más desierta culturalmente y en particular en artes visuales. Los espacios públicos a la deriva, Arts Santa Mònica sigue su camino errante, el Canòdrom inexistente, Fabra i Coats un verdadero misterio, el MACBA manteniéndose en la prepotencia, inflexible y conservador, sin proponer una fórmula realmente innovadora y socialmente articuladora. Solo La Virreina Centre de la imatge genera actividad y se erige como laboratorio imprescindible; y el MNAC continúa en su camino por reinventarse. Pero la situación es tal que hasta los espacios privados se encuentran en verdadero peligro, la Fundació Miró, la Fundació Tàpies. Todo esto, evidentemente, favorece las malas prácticas, los despidos injustificados, los abandonos de espacios concedidos, incluso las programaciones incomprensibles que seguramente responden a intereses poco relacionados con un proyecto general preconcebido.

Fundació Joan Miró. Fachada. © Fundació Joan Miró.

Ninguna acción que mejore y/o modifique el estado imperante. Ninguna acción que demuestre preocupación por tanta precariedad. Sólo algunas miradas hacia colecciones privadas, donde las propuestas se basan en localizar centros de arte públicos que puedan alojar el patrimonio artístico de algunas familias amigas. Ningún interés por parte de la Administración por conocer las prácticas artísticas y culturales contemporáneas, ni por entender la evolución que ha hecho que en los últimos años se hayan abierto nuevos campos de producción y de relaciones con la sociedad. Nunca, como en estos momentos, los trabajadores de la cultura han estado tan inmersos e interesados en la interlocución con el entorno, nunca como ahora tan preocupados con los temas que nos aquejan a todos. Hace ya mucho tiempo que las prácticas culturales contemporáneas han asumido con verdadero interés su papel de intermediador y recolector de los relatos sociales. Sin embargo, parece que desde los espacios de gobierno, les interesaría que nos coloquemos en ese espacio narcisista y banal que la sociedad capitalista dispone para los creadores, para consumo de unos pocos. Allí nos quieren, no les dejemos…