«Campañà nunca habría ganado el World Press Photo.»

Esto es lo primero que me dice, inmediatamente después de ordenar un café, Plàcid Garcia-Planas Marcet.

Antoni Campañà. Barricada infantil detrás de la Universitat de Barcelona, agosto de 1936. Arxiu Campañà.

Seguramente conoceréis a Plàcid porque lleva tres décadas contándonos la guerra, desde los campos de batalla, en las páginas de La Vanguardia. O por sus más recientes artículos de la serie «Cabaret Voltaire», también en can Godó. O incluso por algunas de las exposiciones en las que ha participado, ya sea como comisario o como «objeto» de estudio (El archivo del corresponsal de guerra, 2012).

Su última exposición, La guerra infinita. Antoni Campañà (1906-1989) se puede visitar en el MNAC hasta el 18 de julio (la fecha de clausura no es inocente). Amante del trabajo en equipo, La guerra infinita ha sido co-comisariada con Toni Monné, nieto del fotógrafo, y el historiador Arnau González Vilalta, y acoge más de trescientas fotografías de un creador que conservó escondidas, el resto de su vida, la mayoría de las imágenes tomadas durante la Guerra Civil.

Los tres comisarios han dirigido, también, el documental La caja roja. La guerra infinita de Antoni Campañà, que se estrenará el próximo 1 de junio en el programa «Sense Ficció» de TV3. Más adelante será emitido, en castellano, por TVE.

Pero volvamos al titular que me ha tendido, con picardía reportera, Plàcid: «Campañà nunca habría ganado el World Press Photo».

Antoni Campañà. Sin título [Caos posbombardeo], Barceloneta, Barcelona, 29 de mayo de 1937. Arxiu Campañà.

Sé que el enunciado puede contener una trampa, pero me arriesgaré.

¿Por qué Campañà nunca habría ganado el World Press Photo?

Para ganar el World Press Photo, como cualquier otro premio, el fotógrafo debe tener el premio en la cabeza, cuando dispara la cámara. Campañà, en la guerra, no. Cuando hacía clic, no tenía en la cabeza la portada de Newsweek, como otros. Era demasiado sincero. Para él, hacer fotos era como respirar. Podemos esconder nuestra respiración, y él escondió sus fotografías.

¿Comparas a Capa con Campañà?

Cuando Capa llega a España, será el mejor fotógrafo del mundo, pero no tiene ni idea de qué es este país. Capa fotografía una guerra. Campañà fotografía un país en guerra. Es el país fotografiándose a sí mismo.

¿Y Centelles?

Conocía el país, sí, pero era fotógrafo «de parte», de la parte buena, la legal, pero de parte. La diferencia entre Centelles y Campañà es que Campañà lo fotografió todo, todo lo que pudo. Por eso todos los bandos pudieron utilizar y manipular sus fotos.

Antoni Campañà. Barricada. Calle Hospital, Barcelona, 25 de julio de 1936. Arxiu Campañà.

Sorprende que la mayoría de las fotos que Campañà hizo durante la Guerra Civil no hayan visto la luz hasta ahora. ¿Por qué?

También nos podríamos preguntar ¿por qué las hizo? No lo sabremos nunca del todo.

Hasta la Guerra Civil, Campañà es el fotógrafo de España más premiado, el que se presentaba además a concursos de todo el mundo. Busca la belleza con intensidad. ¿Qué busca con las fotos realizadas durante la Guerra Civil? Ya no lo sabremos. De toda la obra de Campañà, la que tiene más belleza es la de la guerra. ¿Porque tiene más estética? No. Porque tiene más verdad.

La verdad como categoría estética … ¿Cómo se llega?

Sin filtros ni apriorismos, casi sin conciencia de que la foto acababa en un carrete emulsionado. De todos los fotógrafos de la época, su fotografía es la que tiene más mirada y menos carrete… Exceptuando los retratos de milicianos, que es donde hay más estética, precisamente porque los milicianos posan.

¿Y por qué las esconde, pues?

Las esconde por muchas razones: porque otros las manipulaban; porque los franquistas no represaliaran republicanos; pero, sobre todo, porque en la guerra lo pasó muy, muy mal. Cuando, poco antes de morir, Marta Gili le hace una exposición antológica en «la Caixa» –Transformaciones de un instante, 1989–, él sigue sin querer que las viéramos.

Las fotos las descubrieron sus descendientes en 2018, guardadas en un par de cajas rojas…

Todos tenemos una caja roja escondida.

Antoni Campañà. Sin título, 1936. Arxiu Campañà. Un enterrador del Cementiri Nou (Montjuïc) de Barcelona muestra el cadáver de un muerto a causa los choques derivados del golpe de estado.

No eres historiador, ni fotógrafo. ¿Desde donde llegas tú, a la fotografía?

Llevo más de tres décadas en La Vanguardia, editando fotos. Viajo siempre con un fotógrafo, y edito tanto en el despacho como sobre el campo. Pura práctica. No sé hasta qué punto sé de fotografía, pero lo que sí te aseguro que sé es de fotógrafos. Cuando comenzó todo el proyecto con el libro La caja roja. La Guerra Civil fotografiada por Antoni Campañà (Comanegra, 2019), incorporé al equipo a David Ramos, un muy reconocido fotógrafo de Getty Images. Era esencial tener un fotógrafo. También ha participado en la edición y selección de fotos de la exposición, aunque su nombre no sale en ninguna parte. ¿Sabes que pienso? Que si la exposición ha quedado tan fresca y diferente, incluso diría que natural, es porque ninguno de los tres comisarios, ni Toni ni Arnau ni yo, veníamos del círculo de comisarios previsibles.

“Es diabólico, pero necesitamos belleza para transmitir el dolor.”

¿Qué diferencia hay entre editar fotos de una guerra actual y editar las de la guerra del 36?

Ninguna. Editar fotos del Campañà de la guerra es exactamente lo mismo que editar las fotos que hoy llegan a las redacciones. Existen las mismas tensiones éticas y estéticas.

Las fotos de guerra son muy iguales las unas de las otras, lo curioso es que las fotos de guerra buscan la estética, la necesitamos para transmitir el dolor. ¿Por qué La lista de Schlinder transmite tan bien el dolor? Porque es un festival de estética. Este es un problema que ya tenía Goya. Pura estética. Es diabólico, pero la necesitamos para transmitir el dolor.

Antoni Campañà. Sin título, 1936. Arxiu Campañà. Un hombre rechaza con contundencia una insignia republicana en la rambla de Barcelona a finales de julio de 1936.

¿Qué es lo que más valoras, en la obra de Campañà?

Campañà ni se engaña ni engaña. Fotografía lo que no se ve, lo que no se percibe y lo que no huele. Al principio de la guerra, fotografía el hedor, los cadáveres de las primeras víctimas, de las momias de las monjas. Fotografía la alegría de unos jóvenes que patinan medio desnudos por el Turó Park. Fotografía lo que le gusta de la República y lo que no. De joven, Campañà hizo teatro, y fotografiaría el gran teatro de guerra que es Barcelona, un mismo escenario por donde pasa de todo, y pasan todos.

¿Eclipsan, las fotos de la guerra, el resto de su obra?

Campañà adquiere el máximo sentido cuando mezclas todas sus fotos. Del cóctel te sale el siglo XX. Esto se ve en la parte final de la exposición, con fotografías de épocas diferentes encaradas unas con otras. La de un prosoviético encima de la estatua de un caballo, durante la guerra, en la plaza Cataluña, y la de una modelo de «La Siberia» en los años cincuenta, bajo el mismo caballo. O un barco soviético en 1936 junto a un portaaviones estadounidense en 1952.

Izquierda: Antoni Campañà, portada de La Vanguardia del 10 de noviembre de 1936. Derecha: Antoni Campañà. Sin título [Modelo de La Siberia], Pl. Cataluña, Barcelona, 1957. Arxiu Campañà.

El montaje que ha hecho Jesús Galdón de la exposición es extraordinario. Pero lo que más me llama la atención es la instalación que ha hecho con las postales turísticas de Campañà, tal vez su obra más anodina.

Propuse a Jesús Galdón que interviniera las fotos de milicianos con las postales turísticas. Hay mucho recreo y desarrollismo, pero la guerra sigue allí. En la playa te puedes despojar de todo menos de tus traumas.

¿Por qué la exposición termina con una imagen de Copito de Nieve, realizada para una postal de los años sesenta?

No lo sé. Quizá para que te lo preguntes. Esta exposición es más de preguntas que de respuestas. Quizás porque era un animal que debería ser libre y lo enjaulamos. Quizá porque es una metáfora del país, debería ser negro y nació blanco…

Y este título, La guerra infinita, ¿por qué?

La guerra de Campañà es infinita porque nunca la saca de la caja.

Soy mejor crítico de arte que periodista. Ya que me has dado el titular, ¿por qué no me regalas también un buen cierre?

La mejor foto de su vida es haber escondido las fotos de la guerra. Escondiéndolas, al no querer que las viéramos, nos hace un inmenso retrato como sociedad.

Gracias.