Todo el mundo los conoce como protagonistas de la historia, dirigentes que manejaron los hilos de la Segunda Guerra Mundial, que decidieron la vida de millones de personas, de estados enteros, sistemas políticos…

Pero cuando tenían un momento, abrían la caja de pinturas, extendían el caballete, y se ponían a pintar relajadamente, como si no hubieran roto un plato. En definitiva, artistas del domingo… de armisticio.

Winston Churchill, Self-portrait.

Sir Winston Churchill se reservaba la «sangre, sudor y lágrimas» para la guerra. Tras el desastre de la flota inglesa en el estrecho de los Dardanelos, durante la Primera Guerra Mundial, fue relegado del poder, y se refugió en Francia donde, por puro aburrimiento, empezó a pintar con una caja de acuarelas; pronto se pasó al óleo y, en 1917, rescatado como Ministro de Munición, impuso una nueva arma, el tanque, que sería decisiva en la victoria final.

En la entreguerra, envió un paisaje de su casa en Kentish a un concurso amateur, y lo ganó. Más adelante, envió cinco pinturas a París, firmadas con el seudónimo de Charles Morin… y vendió cuatro.

En 1947, después de ser recompensado por haber ganado la Segunda Guerra Mundial con una derrota en las urnas, siguió pintando bajo el seudónimo de Mr. Winter –señor Invierno–. Y al final de su vida, aparte haber publicado el ensayo estético Painting as a Pastime –La pintura como pasatiempo–, se trasladó en busca de la luz del Sainte-Victoire –siguiendo los pasos de Cézanne–, y pintó a menudo en Marraquesh. Total: 48 años al pincel y más de quinientos óleos.

Adolf Hitler, El patio de la antigua residencia en Munich, 1914.

Hitler es un caso totalmente distinto. De muy joven ya quería ser artista, pero fue rechazado en las pruebas de acceso de la Academia de Viena. Durante cinco años, se ganó la vida en la capital austriaca vendiendo postales pintadas y pequeños cuadros a precios irrisorios. La clientela: gente de las cervecerías y vendedores de marcos que necesitaban llenar su producto con alguna lámina… Instalado en Munich, intervendrá en la primera guerra mundial como correo entre trincheras, y pintará paisajes de los territorios ocupados a ratos perdidos. Los últimos cuadros de Hitler datan de su estancia en la prisión de Landesberg, tras el putsch de Múnich, en 1923.

No debía de estar muy seguro Hitler de la calidad de su arte cuando, en 1935, ordenó una operación secreta destinada a rescatar el millar de obras que declaraba haber pintado y vendido durante sus años de bohemia. Al contrario, en 1942, el Ministerio del Interior alemán declaró las obras de arte del Fürer de Importancia Nacional, invendibles sin permiso gubernamental. Hoy día se cotizan entre 10.000 y 15.000 euros cada una…

Dwight Eisenhower, House on the Hill.

Y el tercero en discordia, Dwight Eisenhower, no empezó a pintar hasta después de ganar la Segunda Guerra Mundial, poco antes de convertirse en presidente de Estados Unidos. Tenía 58 años y se decidió a emplear los pinceles después de que un pintor acabara el retrato de su esposa, realizando una versión propia con los óleos sobrantes. Como Presidente, reservó una habitación en la Casa Blanca para su vicio secreto: siempre copiaba a partir de fotos y recortes de revistas: naturalezas muertas, paisajes bucólicos, etc. E incluso se decidió a imprimir los Christmas oficiales de Presidencia con sus obras.