Muchos cuadros antiguos que cuelgan en las paredes de los pisos de la ciudad llevan una cartela dorada clavada en el centro de la parte inferior del marco con el nombre del pintor, siempre uno de los grandes maestros: Murillo, Ribera, Velázquez, Zurbarán.

Es una manera de atribuir o mejor, de validar la imágen asociándola a un pintor importante, método que proliferó en la España de posguerra.

Junceda, Esteva y Cia., 1915.

Una nueva burguesía aupada por el desarrollismo crecía a la sombra del franquisimo, y necesitaba afirmar su nuevo rol social a través del arte. Algunos anticuarios de entonces contribuyeron a este anhelo y vendieron sueños o cuadros con cartelas, impulsados por una mezcla extraña de ignoracia ilustrada y ambición económica. Llegaba el cuadro a la casa, se colgaba en la pared y comenzaba la leyenda. Por tradición oral, las familias iban reproduciendo las excelencias del cuadro, que debería tener un valor incalculable porque era de un pintor de los que hay en el Museo del Prado.

Nadie se preocupaba de mirar aquella pintura con ojos limpios y estudiarla cerciorándose de si la atribución se correspondía con el nombre grabado en letras negras sobre un fondo de oro, como las letras de neón que en la carretera prometen el paraíso de la carne y el demonio. No se revisaban estas pinturas porque no hay mejor verdad que una mentira familiar contada mil veces a la hora de la cena. Algo así no se relativiza, ni se discute porque ¿quién se atreve a poner en duda la leyenda forjada por la palabra que nace en nuestras raíces, en nuestros ancestros?

Benejam, El nuevo rico visita al noble, c. 1946.

Pasan los años y los cuadros siguen allí, hasta que un día llegamos los anticuarios. Cuando veo un cuadro con cartela estoy casi seguro de que la pintura que hay dentro de aquel marco no pertenece al pintor que se anuncia. Es lo mismo que me pasa con los certificados de ciertos cuadros. Hace años en una subasta de Madrid se vendía un Sorolla, y cuando el subastador anunció la pintura que se iba a vender certificada por un experto de cuyo nombre ahora no logro acordarme, alguien del público saltó diciendo: “eso es lo malo”.

Sí, esa era lo malo, aquel certificado penalizaba más que ayudaba, y la cartela es una fuente de desconfianza. Alguna vez he dudado, la mayoría he disimulado diciendo que se debía estudiar bien para saber si la atribución era correcta. Y entonces me he encontrado con propietarios que se molestan, algunos incluso se ponen agresivos y se defienden con argumentos incongruentes, en su mayoría relativos al tiempo. Con los años he aprendido que no hay nada más difícil en mi profesión que demontar una atribución de cartela, porque para el propietario es un acto de fe, es la verdad de su linaje, y uno no llega a una casa y agita un árbol genealogico como el que va a comer almendras.

En la cartela leí el fatídico nombre de Goya.

No sé si debería confesar algo que me sucedió recientemente. Fui a ver a dos hermanas nonagenarias en un piso del Ensanche al que se llega por una escalera melancólica. Me recibieron en un vestíbulo pequeño que daba a un pasillo de luz fúnebre. En el comedor colgaba un retrato de un señor gordo vestido de mariscal. En la cartela leí el fatídico nombre de Goya. En seguida recordé el original, el retrato de su sastre que está en el Prado. Me contaron que el cuadro lo había comprado su abuelo y que querían venderlo. Cuando pronunciaron el apellido del pintor para referirse a la pintura un leve escalofrío recorrió mi espalda. Está venta era su última oportunidad económica, querían abandonar este mundo dejando un dinero para su sobrina que pasaba apuros económicos y se desvivía por cuidarlas. “Es tan buena, y se merece todo el dinero que le pueda dar este cuadro para que la haga millonaria” me decía la anciana con los ojos bañados en lagrimas. Mientras hablaba curiosamente no pensaba en cómo decirle la verdad sino en lo que valía la copia, no más de mil euros. Decidí poner fin al encuentro con cualquier excusa. No he vuelto a decirles nada. No quiero desvelar la verdad y que la sobrina deje inmediatamente de cuidarlas. Es mejor vivir engañado en el sueño común de pensar que una cartela es una firma, una verdad tan incuestionable como los versículos de la Biblia.