De tanto usarla, la palabra cultura ya no significa nada; es una mera abstracción, un tópico que sirve para contextualizar todo, desde la democracia hasta unas patatas bravas. Deriva del latín cultus que a la vez viene de la voz colere, es decir, cultivar.

La cultura, como quien trabaja la tierra, se cultiva; es decir, se siembra a lo largo de la vida. No se puede comprar, ni transmitir como quien condensa la información en un lápiz de memoria para verterla en otro ordenador.

Escaparate de la librería Sant Jordi, en la calle Ferran de Barcelona.

La cultura tampoco se tiene como quien pilla un resfriado. Ni se compra, ni se detenta, se adquiere en un largo proceso de aprendizaje a través de un triángulo con tres vértices: curiosidad, pasión y rigor. Nuestra cultura nace, crece y muere con nosotros. En resolución, nuestra cultura somos nosotros, es nuestro vestido intelectual, y quien más tiene es quien menos lo luce.

La vanidad, la petulancia, la retórica superficial y vacua, la fraseología esteril de charlatán de feria, tan habituales hoy, nada tienen que ver con ella; son su reverso. Uno de los libros que deberían ser de lectura obligatoria en las escuelas es La utilidad de lo inútil (El Acantilado) del profesor siciliano Nucio Ordine, un ensayo que profundiza sobre este asunto.

Montaigne contraponía el saber o el conocimiento a la instrucción.

El saber sirve para ensanchar nuestra alma, decía Montaigne, y por suerte no tiene límites; nos hace felices descubriendo otros mundos que no son los nuestros, en un proceso de formación sin fin. Montaigne contraponía el saber o el conocimiento a la instrucción que, para él, sólo servía para hinchar el alma de vanidad. Se trataba de ver quienes eran los más sabios, no los más instruidos. Algo similar contó el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro en una de sus Prosas apátridas (Seix Barral) distinguiendo muy bien entre cultura y erudición en una cita que me gusta mucho:

“Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes, y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso, el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo, el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo solamente leído las bodas de Fígaro se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos”.

PS. El libro de Ordine vale menos de diez euros y no se puede comprar en fin de semana. Para que luego digan que la cultura es cara y prescindible.