En diciembre de 1947, Joan Miró, que acababa de regresar de su primer viaje a Estados Unidos, declaraba al periodista Manuel del Arco: Dalí es «un señor que pinta corbatas».

Seguramente se refería a los diseños de corbatas que Dalí había realizado para Pilgrim y Mc. Currach. La sangre, sin embargo, llegará al río, e incluso la clandestina revista Temps aprovechará el regreso de Dalí, meses después, para dedicar su portada al «pleito de las corbatas».

Dalí y Miró. Imágenes extraídas de la portada de la revista clandestina Temps, 1948.

En octubre de 1948, el editorial del primer y único número de Temps hurgaba en la herida: «Salvador Dalí, que nos ha visitado más recientemente, enterado del asunto no tardó en afirmar que lo grave no era ser pintor de corbatas sino tener la desgracia de que los cuadros que un pintara se parecieran a las corbatas, que era lo que le pasaba a Joan Miró.»

En enero de 1951, entrevistado de nuevo por Del Arco, Miró no desaprovecha la ocasión para descalificar Dalí:

«-Picasso, según Miró, ¿qué es?

-Un gran artista que dejará huella, y prescindiendo de la anécdota.

-Dalí, según Miró, ¿qué es?

-Ese, cero.

-¿Quedará de Dalí la anécdota?

-Ni eso.»

Dalí también tendrá su oportunidad para responder a través de Del Arco. Y el verano de 1951 da su versión de «la guerra de las corbatas»: «Primera reacción: me divirtió muchísimo, porque el arte de Miró, como toda pintura abstracta, deriva hacia una pintura decorativa, o pseudodecorativa. Ellos son los indicados para hacer corbatas, o muebles, o papeles pintados: se pueden estereotipar, se pueden reproducir. Son todo colores planos, basados en yuxtaposiciones de colores violentos; pero que ni siquiera llegan a lo que es un tapiz persa, lleno de ciencia geométrica. Si Miró se refería al hecho de que yo pinté corbatas, también Leonardo da Vinci [en realidad, Michelangelo] pintó trajes para el Vaticano.»

Con tanto ruido, no es extraño que muchos artistas catalanes tomaran partido por el uno o por el otro. Según explica el poeta Joan Brossa, «hay que saber que en Dau al Set había una división significativa: Puig, Tharrats y Ponç eran admiradores de Dalí; Cuixart, Tàpies y yo, de Miró».

En 1958, en el marco de una serie dedicada a pintores contemporáneos, Miró llegará al extremo de preguntar al periodista que la estaba entrevistando si la publicación tenía pensado incluir a Dalí. En caso afirmativo, él declinaría la interviú…

Cubierta del único número publicado de la revista Temps, 1948.

Casi coincidiendo con la enésima polémica entre ambos creadores, Josep Pla los dedicará un artículo en Destino, en el que glosa sus contrapuestas personalidades: «Miró es físicamente un payés puro, un payés del campo de Tarragona; una monada de payés fresco, rosado, silencioso y probablemente tímido. Su característica más visible es el mutismo. No dice nunca nada y si dice alguna cosa para ser publicada es para hacerse el loco, para impresionar de una manera decisiva, lo que es un indicio casi seguro de su timidez. Dalí, en cambio, es un gitano bastante destartalado, jadeante y locuaz, sensual y nervioso, que no logra dar una impresión de loco ni cuando practica alguna forma de locura expresamente. Los dos están montados principalmente sobre la propaganda y su única preocupación es comprar barato y vender caro. Probablemente ambos son dos delirantes avaros preocupados exclusivamente por la seguridad de su futuro y esta manera de ser demuestra que son dos auténticos artistas.» Se nota que Pla es ampurdanés y siente más simpatía por el de Figueras…

«Miró ni siquiera pinta, es folklore.»

Parece, sin embargo, que el principal interesado en la pugna Miró-Dalí sigue siendo el periodista Del Arco. Y es que nunca hay que desaprovechar una buena polémica. Aún en mayo de 1959, preguntará al Figueres:

«–Dalí, ¿tienes celos de Miró, personaje más importante que tú en Norteamérica?»

«–Le admiro como un producto racial e integral del campo de Tarragona y de la fuerza que puede llegar a tener la testarudez de un payés; y eso en tanto que es español me enorgullece, por ser la quintaesencia de nuestra personalidad.»

Del Arco, no lo suficientemente satisfecho, hurga en la herida…

«–¿Pinta mejor que tú?»

«–Miró ni siquiera pinta, es folklore; como no se puede llamar pintor a los que pintan los pitos mallorquines.»

En una grabación radiofónica que se conserva en la Biblioteca de Cataluña, Manuel del Arco, ahora como presentador del programa La vida contrarreloj -Radio Barcelona, 1966-, arranca a Dalí una anécdota mironiana: «Recuerdo una cosa que me divirtió mucho de Miró. Me había explicado que quería expresar en uno de sus lienzos lo que Unamuno llamaba el sentido trágico de la vida, y como que es muy testarudo se daba golpes de cabeza en el muro, y el muro estaba lleno de sangre para llegar a esa intensidad. Y cuando lo expuso, había una serie de señoras americanas, con unos sombreros muy estrafalarios que decían “¡Oh! ¡Qué alegría! Como es alegre, será magnífico para poner en el cuarto de los niños, para que todo el mundo esté alegre”. O sea que había hecho exactamente al revés de lo que había querido. Por eso hay que ser imperialmente realista porque en este momento, en cuanto Velázquez pinta Las Meninas, que se trate de un conductor de tranvía, de Manuel del Arco, de Dalí… todos estamos forzados a ver exactamente lo que Velázquez nos quiso decir.»

La antipatía mutua nunca decaerá. Si en 1973, en Comment on devient Dalí, André Parinaud recoge las lamentaciones de Dalí sobre un Miró que «habría podido triunfar como pintor mundano, porque viste muy bien smoking, pero se ha especializado en el folklore y esto oscurece su standing», Miró, en 1975, no dejará de decir a Georges Raillard: «A mí me había impresionado Dalí. Dalí el hombre. Era joven, debe tener ocho años menos que yo [en realidad, once]. Le conocí en Barcelona y su inteligencia brillante, chispeante, me impresionó de inmediato. Pero en ningún momento tuve amistad con él. Y ahora me niego a verle.»

Según explicaba la mujer de Joan Miró Pilar Juncosa, en 1982, cuando murió Gala, ella y su marido enviaron una carta de pésame… «y Dalí nos contestó muy amablemente».