Más declaraciones inéditas de Anna Maria Dalí acerca del prolongado conflicto que sostuvo el artista con su padre.

Este fragmento corresponde al dietario inédito del crítico de arte, dibujante, poeta y traductor Rafael Santos Torroella (Portbou, 1914-Barcelona, 2002).

De izquierda a derecha: Don Salvador Dalí, Eulàlia Bas Dalí y Anna Maria Dalí. Archivo Eulàlia Bas Dalí.

Cadaqués, 31 de agosto de 1985. Ayer, todo el final de la tarde, de 6 a 9, con Ana María Dalí en su casa del Llané. Ana María me recuerda cosas. El drama o tragedia familiar tuvo tres fases:

1º. 1929. Cuando Gala y Éluard vinieron a Cadaqués. También estuvieron René Magritte y su esposa, Georgette, que, junto con Camille e Ivonne Goemans se alojaron en una casa del pueblo, cuya propietaria, a la que llamaban “la vieille sorcière”, vivía en la planta baja. (La casa creo recordar me dijo Ana María era la misma en que veranean los Romero desde hace años; de ser así, estarían muy alejados de los demás tanto de los Éluard como de los Dalí, lo que acaso suponga que no existía demasiada intimidad entre aquéllos y éstos). Éluard y Gala estuvieron en el Hotel Cap de Creus. “Georgette Magritte -me dice Ana María- plorava tot el temps” y, refiriéndose a los otros surrealistas (Gala, Éluard, Buñuel) no hacía más que decir: “ils sont méchants, sont méchants…”

En diciembre de aquel año, “pels volts de Nadal” (por los alrededores de Navidad), fue cuando el padre le exigió a Dalí una retractación pública por lo de la exposición en la Galería Goemans, en noviembre, y al no acceder Salvador a ella, fue cuando aquél lo echó de casa.

2º. 1934-35. A través de su tío Rafael (al que sus sobrinos llamaban “el Galeno”), Salvador solicita el perdón de su padre, en compañía del cual se desplazó desde Barcelona. La escena, en la casa de Figueras, me la narró el año pasado Montserrat Dalí. Los dos hermanos, Salvador el notario y Rafael el médico, igualmente tercos y gesticulantes, luchando a brazo partido. Mientras, el hijo, en el vestíbulo, llorando y amenazando con suicidarse si su padre no lo perdonaba. Al final, don Salvador accede… “Pero tota aquella gent -me dice Ana María que exigió su padre refiriéndose a los surrealistas- no vull que ni tan sols passin per davant de casa!”.

Salvador le dijo a su padre que no podía rectificar públicamente, porque le era imposible salirse del grupo surrealista.

Escupían a un lado cuando pasaban junto a Gala.

3º. 1939. Fue cuando huyeron de Francia al producirse la invasión alemana. Gala marchó a Lisboa. Salvador estuvo varios días entre Figueras y Cadaqués, mientras el padre arreglaba los papeles para que a Salvador no se le exigieran responsabilidades con motivo de la guerra civil. La propia Ana María tuvo que ir a Gerona para ver al gobernador con tal fin. Desde Figueras se preocuparon incluso de resolverles la situación a los dos, a Gala y a Salvador, en Lisboa a través de una amiga de la familia, María Gorgot, cuyo esposo, José María Genís, que tenía negocios en Portugal como industrial del corcho, les solventó todos los problemas, incluido el de que Gala y Salvador pudieran tener pasaje en un barco de no recuerdo qué compañía transatlántica.

“El epílogo”. Cuando, en 1948, volvió de América, Salvador se empeñó en ir a vivir con Gala a la casa del Llané, mientras los albañiles les arreglaban a ellos la suya de Portlligat que estaba inhabitable. “Se creían -comenta Ana María- que, como les habíamos hecho tantos favores, todo estaba arreglado…” Pero no era así, y me confirma el mal papel que ella y la tieta le hicieron a Gala, aprovechando el más pequeño motivo para manifestarle su desprecio. De esto me había hablado ya su prima Montserrat, diciéndome que hasta escupían a un lado cuando pasaban junto a ella; cosa que cuando se lo digo, no me niega Ana María.

Fue entonces cuando su padre arregló lo de la herencia, de modo que Ana María quedase favorecida y no tuviera que depender de su hermano ni de las gentes que lo rodeaban.