Cuenta Josep Pla en la Vida de Manolo –y Manolo siempre lo recordaba– que infinidad de veces en París y en Ceret había intentado hacer una Venus helénica y siempre, al final, le salía una rana.

No consiguió nunca realizar aquel ideal que, decían, presidía la falsa historia actual de dicho mundo civilizado y que había impregnado –también lo decían los sabios de la rusiñolesca «Villatriste»– la historia de siempre, la de los ancestros y la de los presentes, mientras que él, el pobre Manolo, debía limitarse a hacer mujeres grandes con faldas muy anchas o subsumidas en un fondo indefinido de materia y/o, también, toreros enredados con un toro para, con todo ello poder seguir ganándose la vida en el ámbito de la escultura, la única cosa para la que servía, además, en el buen sentido, de hablar por los codos explicando de una manera incongruente pero cierta lo que eran la vida y el arte en general.

Manolo Hugué, Mujer sentada, 1929-1930. Museu Abelló, Mollet del Vallès.

Las «ranas» de Manolo eran divinas y todo el mundo con sentido de la plástica moderna, acabó apreciándolas y poseyéndolas: eran la expresión de la autenticidad, de lo que quería ser el arte contemporáneo en el que habíamos entrado desde mediados del siglo XIX.

La explicación, bien racional, viene a continuación y los protagonistas son escultores y teóricos muy serios de lo que pueda ser o representar no sólo el arte sino también el sentido profundo de la vida en el futuro. Líderes de todo ello son, obvio, los impresionistas –que arrancan con Delacroix– pero lo es aún más el escultor Auguste Rodin. Es él quien se dio cuenta de que esculpir no era modelar un cuerpo sino impregnar aquel cuerpo del aire que lo rodeaba, de la atmósfera que en realidad lo constituía. Un cuerpo no es un cuerpo, sino que es un entorno; lo que le rodea y esa presencia humana hace suyo, humaniza, convierte la atmósfera en lo que somos. Lo decimos siempre: esto, este ambiente, respira a quien lo habita. Habitar es poseer todo lo que hay en el entorno y quien no posee el entorno, no «habita», es un nadie. [Recordemos: ¿quiénes son los sintecho?]

Manolo Hugué en su casa, Caldes de Montbui, c. 1933.

Pero no es por aquí por donde quería ir, sino hacer constar que la escultura puede nacer de muchas pulsiones, según te encuentres en un ambiente atmosférico o en una circunstancia social, y aquello a lo que te impulse la complejidad vital.

Manolo hacía «ranas» porque su entorno no podía atravesar la indiferencia –riquísima por otra parte– de los anfibios (mitad una cosa, mitad otra), y queda aplastado como el pobre poeta Salvat-Papasseit que, para hablar de los liberadores de la humanidad, debía recurrir a los «enemigos del pueblo» (Ibsen) y tenía que contentar diciendo “res no és mesquí/ ni cap hora és isarda” («nada es mezquino, y ninguna hora escabrosa»).

Aristide Maillol, L’air, 1938.

Sin embargo, cerca de él estaba la calmosa y distante presencia de Maillol, que sentía el Mediterráneo como el futuro designado, aplomado como una arquitectura clásica, hecha del encaje convertido en funcional. Las formas creadas por Maillol son precisas, sin aristas ni abolladuras, limpias, estáticas justo en el punto de dinámica: como el mar en calma, pero rico y potente. Maillol entendía que el mundo no era para sufrir sino para disfrutar serenamente. Pero, es obvio, lejos del clasicismo académico de Clarà y, también, alejado de la realidad humilde de cada día de Casanovas o de Rebull –como supieron hacerlo los ciudadanos romanos de la república.

En medio de tantas propuestas el pobre Manolo no sabía cómo resolver. Pero esta ristra de esculturas nuestras, las que vinieron del modernismo con Llimona –el monumento al Dr. Robert–, las que aportó Maillol, las que ofrecían Casanovas y Rebull, las que al límite de la frialdad y del significado generaba Clarà y/o las que terminaría aportando Julio González, que hizo hablar al hierro enroscado o Gargallo, horadado. Todos estaban, ¡qué escuadra escultórica de clave bien temperado pudo ser nuestro país si hubiéramos atendido a los creadores, cada uno con su manera de ser entendido, y habitado! Aparte, obvio, del tardío Hombre con carnero, de Picasso.