El Magnánimo, qué personaje más formidable, qué historia más deslumbrante, más interesante, más admirable, insólita en la historia de Cataluña y del Mediterráneo.

Después de ir acumulando momentos difíciles, comprometidos, contradictorios, después de masa derrotas militares y fracasos colectivos en nuestra historia, he aquí una figura indiscutible que se sale con la suya, triunfante, magnificente, una personalidad fascinante a la vez por sus éxitos como por los misterios que también proyecta.

Fragmento del retrato de Alfons el Magnánimo.

Personalidad irrepetible que, pasado el tiempo, nunca se deja conocer por completo más allá de la leyenda, de la imagen épica de monarca modélico y, por tanto, distante en la administración del poder más absoluto y terrible, escurridizo y político, discreto como el silencio, ojo avizor, penetrante, príncipe atento, prudente, en una Italia fastuosa y desbordante, al tiempo bulímica de belleza artística en mitad del desastre siempre inminente.

Retrato del rey Alfonso IV el Magnánimo (V según el cómputo de Aragón), entre 1443 i 1450, atribuido a Isaia de Pisa por el historiador Joan Bellsolell Martínez. Bajorrelieve en placa de mármol blanco, 34,5 x 28 x 4,5 cm.

Alfonso V de Aragón, señor rey de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña, de Nápoles y conde de Barcelona, de la nueva casa cadete los de Antequera, dinastía castellana ambiciosa, pero acomodatícia, de incansables jinetes al galope que sobresale de entre toda la Trastamarada. Alfonso, príncipe astuto en la guerra y en la caza y, si hemos de creer a sus serviles admiradores, también poderoso atleta, lector atento, encarnación viviente de la serenidad y de la cortesía, también de la moderación en las pulsiones, del poder e ilustrado y renovador, de la generosidad ilimitada con los menos afortunados, de la inaudita independencia de criterio. Del hombre que sabe de dónde y viene a donde va, de lo que los historiadores han definido como el final de la edad media europea, un mundo que late en los márgenes geográficos del continente y que acaba penetrando, fecundando al renacimiento italiano del siglo XV, aportando a los fastos de la tradición transalpina del Giotto y de Mantegna el fasto de la tradición flamenca y borgoñona, la sofisticación de un gótico que redescubre el retrato individual y el individualismo, en política y como valor social.

Detalle del bajorrelieve. La Jarra es el emblema heráldico de los Trastámara.

Una palabra, una sola palabra tiene la capacidad de evocar e identificar a este complejo personaje. Magnánimo. Un ambicioso feudal hecho a sí mismo y que consigue definir, solo, él mismo, la imagen que deja para la historia, como después lo harán tantos y tantos dirigentes políticos, creadores y hombres de negocios, en el incipiente capitalismo mediterráneo que va de la creatividad individual de Dante Alighieri a la de Leonardo da Vinci. Hombre hecho a sí mismo como después lo serán todo de grandes magnates del capitalismo norteamericano del siglo XX, el rey Alfonso dibuja y lega su propia imagen histórica, confundiéndola con la de su época, casi como, según Andy Warhol y Salvador Dalí, Mao Zedong y Marilyn Monroe representaron mejor que nadie los tiempos de la Guerra Fría.

Anónimo, Alfonso el Magnánimo, Museo Arqueológico Nacional, Madrid, c. 1450. Mármol. Foto: Museo Arqueológico Nacional, colección en línea.

Lo que sabemos de la vida de Alfonso (Medina del Campo, Castilla, 1396 – Nápoles, 27 de junio de 1458) es suficiente para señalar un proyecto personal exitoso que, acaso, coincide con una determinada política de pervivencia catalana contra todas las adversidades. Más allá de las fantasías sobre el Compromiso de Caspe, Cataluña y el conjunto de la Corona de Aragón consiguen sobrevivir como estado dinástico, independiente y soberano, al margen de las fuerzas centrífugas de sus peligrosos vecinos, que son los viejos enemigos de siempre, las coronas de Francia y de Castilla. Gracias a grandes reyes extranjeros, como el Magnánimo, especialmente. Y como medio milenio antes, como en tiempos remotos de Almodis de la Marca (Toulouse c. 1020 – Barcelona, 1071), esposa de Ramón Berenguer I, por encima de todo esto, madre del Cabeza de Estopa, de Ramón Berenguer II, marido de Mahault de Apulia.

Antonio Pisano (Pisanello), Bustos de Alfonso el Magnánimo, Còdex Vallardi, Musée du Louvre, París, c. 1445.

Efectivamente, el rey Alfonso se da cuenta de que la única salida es el mar, siempre el mar, que la única posibilidad de sobrevivir es el viejo proyecto de Almodis, la primera gran matriarca, un camino que consiste en abrazarse a Italia, al sur de Italia. Por eso cuando el rey Alfonso entre triunfalmente, como señor y soberano, en la ciudad de Nápoles en 1443, proclama que no lo hace como conquistador, aunque haya sostenido una larga guerra contra los Anjou y el Papado. Lo hace como legítimo descendiente de la casa real de Nápoles. Como descendiente de aquella primera Mahault de Apulia, hija de Roberto Guiscardo, el aventurero normando, el Cid normando que recuperó de manos sarracenas el gran sur italiano. Como si se cumpliera una profecía política, los catalanes alcanzan el centro del Mediterráneo gracias al Magnánimo. Y gracias al buen rey el impulso italiano de la cultura catalana del siglo XV, al menos en bellas artes, arquitectura, literatura y música, lograrán una categoría, una calidad y un dinamismo inesperados, mucho más notables que el que Francia y Castilla son capaces elaborar en solitario. Los nombres de Jaume Huguet, Bernat Martorell, Lluís Dalmau, Guillem Sagrera, Ausiàs March, Jordi de Sant Jordi y Joanot Martorell permiten identificar detalladamaente este gran estallido de creatividad.

Alfonso forma parte de ese grupo familiar que protagonizó el golpe de Estado que conocemos como Compromiso de Caspe.

Alfonso el Magnánimo nos ha legado una imagen que, a veces, nos parece excesivamente positiva, como si las proezas de su biografía no fueran realmente excepcionales, como si hoy no nos deslumbrara a todos, en nuestro país, pero también en Italia, en toda Europa. Al margen de las formidables victorias militares, la suya es la trayectoria de un individuo dueño de su propio destino, al margen de las inercias sociales, del gregarismo consuetudinario que se reserva a un príncipe de sangre a finales de la Edad Media. Alfonso, inicialmente, y muy joven, forma parte de ese grupo familiar, compacto y coordinado, que protagonizó el golpe de Estado que conocemos como Compromiso de Caspe, un golpe de Estado dirigido por san Vicente Ferrer y que, en nombre del Vaticano, pretendía extirpar la presencia catalana en Italia, tradicional feudo francés, de la iglesia francesa, entre muchas otras cosas. Alfonso, primogénito de Fernando de Antequera, el primer rey castellano, se ciñe la corona que el viejo Pedro el Ceremonioso no ha sabido preservar de la rapiña de aquellos incansables caballeros castellanos que tienen tanta ambición y, por qué no decirlo, también una dosis de buena suerte. Y como todos los Antequera, Alfonso está electrizado por las formas religiosas del inquieto clan familiar, por una fe cristiana que le exige gran compromiso, dogmatismo y la elaboración de una rudimentaria conciencia individual, de una individualidad personal, oportunista porque comercia mentalmente con Dios, pero siempre dinámica.

Taller de Piero de Francesca, Alfonso el Magnánimo coronado y con el cetro en la mano. Musée Jacquemart-André, París, c. 1458-1460. Foto: Delle Donne y Torró, 2016.

Es por este motivo que, si en Medina del Campo y en tierras de grandes explotaciones de trigo y de lana, la reflexión y especulación religiosa tienen gran protagonismo para Alfonso, una vez instalado en Italia se reservará sus fuertes convicciones cristianas para la esfera más íntima, iniciándose en la especulación filosófica. Sin haber sido un Séneca, nunca ningún monarca catalán tuvo una formación tan elevada y un interés tan vivo por las cosas de la especulación con las ideas. La biografía de Alfonso, en contraste con la de otros generales victoriosos, es sobre todo la de un hombre fascinado por las formas del pensamiento y de la cultura. En contraste con otros hombres políticos, también fascinados por el poder y por las formas del buen gobierno, la biografía de Alfonso es la de una persona obsesionada por la naturaleza y el destino del hombre, para la recuperación del saber humanístico como un modelo de bien vivir, de crecimiento moral. Véanse la mayoría de sus retratos, se presenta sin corona, «en cabells», confiando en que la majestad le vendrá dada por su aspecto excepcional, austero, profundo, por una naturaleza emotivamente tan trabajada, tan educada como la de sus referentes morales del mundo grecorromano.

Reverso de la placa de mármol blanco que contiene el bajorrelieve.

Un hombre de armas como Alfonso, caballero fascinado por las historias de Lancelot y del rey Arturo, es a la vez un monarca que convierte su propia formación en un espectáculo de la majestad regia. Así como la comida de los reyes se convierte en el punto culminante del aparato de la etiqueta cortesana, la alimentación intelectual del rey Alfonso presidirá la corte de Nápoles. A veces es una simple clase de gramática latina. Otras, después de cenar, es habitual que todo el mundo asista a las lecturas comentadas de los principales autores grecolatinos, los debates entre grandes intelectuales que el rey protege, como Antonio Beccadelli, el Panormita, o como su formidable rival, Lorenzo Valla, el gran enemigo de la impostura política y de las falsificaciones documentales. El rey conquista el saber y lo comparte con su corte, porque este es el gran don que puede aportar un príncipe moderno, un alto señor del Renacimiento italiano.

Asegura Aristóteles que la magnanimidad que era «la virtud suprema». Un hombre magnánimo es quien no sólo es digno de grandes cosas, sino que también cree que las merece. «Es necio quien no actúa de acuerdo con su mérito», asegura el gran sabio. Y añade: «no hay ningún hombre excelente que sea necio ni insensato», una sentencia que queda por demostrar. Lo cierto es que Alfonso de Aragón fue una personalidad destinada a grandes empresas y las cuestiones no tan mayúsculas fueron, al menos, le, atractivas y vitales. El honor y la fama, atributos propios de los miembros de la caballería, son en las raíces de esta concepción medieval de la magnanimidad que representa Alfonso. Una identidad compleja. Por eso no hay un solo emblema que lo represente, junto con su imagen, sino un conjunto diverso y complementario. Existe la divisa del Sito Peligroso, el Atre Périlleux de la novela artúrica, que indica el caballero excepcional, el monarca que asume cualquier riesgo para cumplir con su deber, incluso tener una silla en el infierno. También el emblema del Mijo, que evoca las cualidades del gobernante ecónomo, del rex agricolas, proveedor y nutricio de su pueblo. El emblema más innovador quizás es el del Libro Abierto, que por primera vez adopta un soberano. Es una evocación del rey culto, el vindicador de las letras, el mecenas de los artistas y creadores. Y por último La Jarra y el Grifo. El emblema caballeresco de su padre, Fernando el de Antequera, una imagen mariana y enormemente cotidiana, precedente claro de una nueva caballería que anuncia ya, en el mundo de la política, el imperio de la Devotio moderna.

El Retrato del rey Alfonso IV el Magnánimo (V según el cómputo de Aragón), entre 1443 i 1450, atribuido a Isaia de Pisa por el historiador Joan Bellsolell Martínez, es puede visitar en la galerArtur Ramon Art, de Barcelona. Se ha editado un catálogo ampliamente documentado e ilustrado.