Desde hace diecisiete años se celebra en la barcelonesa galería Esther Montoriol DelicARTessen, la gran muestra colectiva de arte actual en pequeño y mediano formato.

Y cada año, por esas fechas de otoño convirtiéndose en invierno, tengo la impresión de que DelicARTessen ofrece una muy buena ocasión a quienes quieran conocer una parte significativa del arte actual que se hace en Barcelona y también en otras ciudades.

Esta muestra conecta directamente con el arte reciente, sin los filtros que suelen interponer el mercado artístico, las rutinas institucionales, los usos museográficos y las modas estéticas. Ello se debe a que el criterio de la galerista es abierto, libre, antisectario, pluralista y a la vez selectivo y exigente. El panorama que ofrece DelicARTessen en su decimoséptima edición no pretende ser completo, pero es amplio y generoso: 450 obras de 90 artistas internacionales, muchos de ellos residentes en Barcelona o en Catalunya, se exponen y se expanden como constelaciones de imágenes en los dos pisos de la galería. La iniciativa puede parecer modesta, pero al mismo tiempo el resultado parece un prodigio, especialmente en una ciudad como Barcelona, donde no abundan los coleccionistas de arte contemporáneo.

Los tres submundos del arte

A menudo se habla del mundo del arte, o del arte contemporáneo, en un sentido general, y me parece que ello es causa de malentendidos injustos. Creo que si quisiéramos ofrecer una imagen justa y no distorsionada del mundo del arte, sería necesario puntualizar que, en realidad, en ese mundo coexisten diversos submundos. El primer submundo –me temo que ahora mismo es el primero- lo representa el gran mercado artístico, el coleccionismo de alto presupuesto, donde el arte no importa sólo por sí mismo, sino principalmente como inversión económica. En el primer submundo, aquello que había sido expresión del espíritu y de la personalidad de un ser humano, es un aspecto secundario.

Xevi Solà, Useless Camouflage, 2018.

Así, el arte se desplaza a una dimensión inferior y su sentido se reduce y se asemeja a una participación en un fondo de inversión o a un premio de lotería. Ahí la noche estrellada de Van Gogh se intenta equiparar con cualquier bibelot premium (es decir, carísimo) de Jeff Koons. Da igual la mayor o menor contribución del artista y de la obra a la historia de la cultura, del conocimiento, de la imaginación o incluso de la sabiduría, pues importa más la inversión patrimonial, la codicia saciada y la posible plusvalía. En ese submundo operan los necios de los que hablaba el poeta Antonio Machado: los que confunden el valor con el precio.

Ahora muchas de aquellas pinturas tan caras avergüenzan

El segundo submundo artístico lo representan los museos y centros de arte. Ahí las jerarquías las establecen los directores y comisarios estelares. Sus propuestas pueden ser acertadas o no serlo, pero, en cualquier caso, lo decisivo es que ellos y ellas ejercen de líderes estéticos y que con demasiada frecuencia son dogmáticos, casi como el Papa de Roma con respecto a sus feligreses. Desde hace tiempo, gracias a la interesante Documenta de Catherine David, muchos parecen haberse instalado en el exclusivo programa del llamado arte crítico, donde la mayor parte de la pintura y del arte visual son considerados como un tabú o un pecado ideológico y estético.

Fum, Tres, 2018.

Sin embargo, lo cierto es que en ese submundo institucional y neoacadémico impera el vaivén, la solemne vanidad, la tendencia o la moda ideológico-estética caducable. Recuerdo que en los años 80 lo artísticamente correcto consistía en encumbrar a los neopintores en general (también a los preferiblemente olvidables), mientras que –en cambio- algunos de los mejores cineastas experimentales eran ninguneados y no podían obtener medios para realizar sus proyectos. Alguno hasta se suicidó. Ahora muchas de aquellas pinturas tan caras avergüenzan, mientras que el cine visionario de Paul Sharits y de José Val del Omar está en los mejores museos.

Y finalmente existe un tercer submundo del arte: el que componen los artistas, galeristas y otros agentes con frecuencia genuinos que sólo excepcionalmente acceden a los privilegios de los submundos primero y segundo. Este es el ámbito de las galerías privadas y también el que se puede ver en esta exposición. Ahí cabe desde el artista que sobrevive precaria o dignamente, o que incluso tiene éxito, hasta el que alguna vez ha infravivido en la miseria “homeless”, por persistir en su vocación artística en malos tiempos para la lírica y para el coleccionismo asequible y no especulador. Cuando el criterio del galerista o de los galeristas es independiente y no es sectario, es en este tercer submundo donde el arte actual se manifiesta en toda su diversidad.

Marcos Palazzi, Where the Hell is San Paulino.

En la actual edición de DelicARTessen podemos encontrar casi todos los modos, soportes y estilos que ofrece el arte actual. La pintura es la disciplina mejor representada, con una selección internacional que incluye a la japonesa Mari Ito, a distintas artistas vinculadas a Barcelona, como Sabine Finkenauer, Nicole Gagnum y Silvia Hornig, y otras incorporaciones europeas como Thomas Edetun y Tamara Müller.

Las pinturas de Marcos Palazzi son espléndidas: personajes vestidos metidos en un mar o un río nocturno, buscando algo con linternas, o bien otros personajes asombrados por sus propias manos fosforescentes y móviles. Otros pintores metarrealistas sobresalientes son Xevi Solà y Jabi Machado.

Víctor Pérez-Porro, Woody Diary 1, 2016.

La pintura abstracta está representada en su vertiente más geométrica por Víctor Pérez-Porro y Sarah West y en un registro más orgánico por las líneas de Juan Escudero y los colores de Matías Krahn.

Las esculturas de Cesc Riera representan la máxima poesía con medios inframínimos, ultrapobres. Es una poesía pop y antisolemne, templada por un sentido surrealista del humor.

Los dibujos de Fum se sitúan también en una singular línea fronteriza que sintetiza distintas poéticas: minimalista, surrealista, cómic underground y pop.

Manel Rubiales, Montoro.

Jordi W. Saladrigas expone escenarios y objetos poéticos, entre los que destacan varias miniaturas nocturnas y un retrato donde Napoleón Bonaparte parece afectado por el trastorno solitario característico de todo aspirante a emperador.

No hay que perderse la escultura de Manel Rubiales titulada Montoro, posible retrato de personaje ministerial español en forma de perro de lucha y en tono irrisorio. El personaje canino se llama igual que ese ministro de Hacienda que desautorizó a su colega cultural y abortó un proyecto de Ley de Mecenazgo que era y sigue siendo necesario.

Cesc Riera, Aparato.

Hay que destacar también las obras de Teresa Gómez-Martorell, Matilde Grau y Rosó Cusó, así como las muy distintas figuraciones de Plácido Romero, Dani Ensesa, Leonard Beard, Jaume Roure, Paula Leiva, Tomás Morell, Bartolomé Montes y Oriol Arisa, entre otros. Este último incluye referencias a la España negra del siglo XXI, la del artículo 155, famoso o infame corrector de consultas democráticas “golpistas” y de votantes catalanes “equivocados”.

La fotografía está representada por Aleydis Rispa, Espe Pons, Lluís Carbonell y otros, y el vídeo por una pieza de David Ymbernon. Y hay mucho más. Al salir de esta exposición, uno no puede evitar hacerse algunas preguntas. Por ejemplo: ¿Qué diría David Hockney de esos personajes con manos luminosas o con linternas nocturnas de Marcos Palazzi?… ¿Qué diría Goya de las gargantas sombrías pintadas por Jabi Machado?… ¿Por qué algunos de los artistas incluidos en DelicARTessen no están representados en una colección como la del MACBA?… ¡Etcétera!

La exposición DelicARTessen 17 se puede visitar en la Galería Esther Montoriol, de Barcelona, hasta el 12 de enero de 2019.