El pasado 15 de mayo, en Christie ‘s de Nueva York, se adjudicó la obra Rabbit (1986), de Jeff Koons, por 91 millones de dólares.

Se trata de una escultura de acero inoxidable de un metro de altura, el segundo ejemplar de un tiraje de cuatro. Y la noticia no es tanto la cifra en sí como que, hoy por hoy, se trata del precio más caro pagado por la obra de un artista vivo. Supera el récord establecido por la pintura Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972), de David Hockney: 90.300.000 dólares.

Jeff Koons, Rabbit, 1986.

Toda esta chaladura por el artista vivo más cotizado en subasta nació la tarde del 18 de octubre de 1973, en la sala Parke-Bernet de Nueva York (propiedad de Sotheby’s). Ese día tuvo lugar la primera subasta de la historia dedicada a una sola colección de arte contemporáneo: 50 obras del magnate de los taxis Robert C. Skull.

En aquella época, una subasta de arte estaba motivada por una de las tres «d»: defunción, divorcio o desastre. Se trataba del segundo caso.

Obras de estilo pop adquiridas entre finales de la década de 1950 y mediados de la de 1960 multiplicaron entre cinco y diez veces su precio. De repente, una de las dianas –Targets– de Jasper Johns, adquirida por 5.000 dólares, ascendía a 125.000. Thaw (Deshielo), de Robert Rauschenberg, adquirida por 900 dólares, alcanzaba los 85.000.

Double White Maps, de Jasper Johns, que había sido adquirida por 10.200 dólares, alcanzó los 240.000 dólares, la cifra más alta jamás pagada por una obra de un artista norteamericano vivo: Johns tenía entonces 44 años.

 

Se recaudaron 2.242.900 dólares. Pero lo más importante fue el mensaje que llegó a los coleccionistas y que cambió para siempre el mercado: comprar arte contemporáneo es un excelente negocio. Hacía apenas seis meses que Picasso había muerto.

En 1986, Jeff Koons triunfaba con su segunda individual en Nueva York. Paradójicamente, en la exposición Equilibrium el artista perdió mucho dinero. Sus obras eran muy caras de producir, pero había conseguido lo más difícil: ser famoso. A partir de entonces ya no tendría problemas de financiación y actualmente es uno de los artistas más ricos del mundo.

¿Y cómo consiguió Koons dinero para producir sus obras? No olvidemos que trabajó mano a mano con el Premio Nobel de física Richard Feynman, y que fundir en bronce no es barato… Koons era un grandísimo vendedor. Se había pasado años vendiendo grabados de Dalí, fondos de inversión inmobiliaria y materias primas como el algodón. Y no le importaba si tenía que vender para empresas acusadas de haber hinchado el mercado bursátil.

Jeff Koons, Puppy. Guggenheim Bilbao. Foto: Didier Descouens. CC BY-SA 4.0.

El ejemplo de Dalí, a quien conocía personalmente, su habilidad comercial y su conocimiento del mercado financiero fueron la clave de un éxito que ya dura treinta y cinco años. Y no me extrañaría que Koons mismo formara parte de un fondo de inversión que hubiera adquirido Rabbit con el objetivo de mantener el precio de sus obras. Damien Hirst ha hecho varias veces esta jugada, y nadie se lo reprocha.

Ahora bien, ¿qué significa ser «un Jeff Koons»? Básicamente, tres cosas: ser, a nivel económico, el primero de tu sector. Disfrutar de gran popularidad a nivel global. Y haber introducido algún mecanismo disruptivo.

¿Y Miquel Barceló? ¿Y Jaume Plensa?

Por ejemplo, Pablo Picasso encajaría en esta definición. Y Dalí, en cierto modo, también.

Sólo hubo un artista catalán un poco famoso a nivel internacional, antes del 1900: Marià Fortuny. Gaudí es inmensamente famoso y cien por ciento disruptivo, pero su obra no se vende ni se subasta. A principios del siglo XX, Casas, Rusiñol, Anglada Camarasa, Mir… lideraban el mercado en España y en Sudamérica. Curiosamente, los precios de Dalí siempre han sido mucho más bajos que los de Picasso. Miró tenía un inmenso prestigio, pero no era popular como Picasso o Dalí. El carácter ayuda, también. Tàpies irrumpió en un mal momento para ser europeo.

¿Y Miquel Barceló? ¿Y Jaume Plensa? Si olvidamos por un instante que Barceló es balear –al igual que Picasso era malagueño–, las obras de ambos, en subasta, no rebasan los 400.000 euros. Se trata de cifras respetables, de obras magníficas y populares, pero en los rankings mundiales de cotizaciones sería como comparar la Unió Esportiva Sant Andreu con el F. C. Barcelona.

Jeff Koons, 2014. Foto: Bengt Oberger. CC BY-SA 4.0.

Que las élites locales crean y ayuden a los artistas del país siempre es útil, pero no imprescindible. Ni Picasso ni Dalí vivieron de los coleccionistas catalanes… ni de los franceses. A nivel de mercado son lo que son gracias a los coleccionistas alemanes, suizos y, sobre todo, estadounidenses.

Sin embargo, en un mundo globalizado donde el capitalismo financiero ha entrado en un proceso de autofagia demencial, el mercado del arte es más mercado que nunca. Y el verdadero artista es el coleccionista.