…cómodas, resistentes, fáciles de lavar. Así se anunciaban, en los años setenta, las nuevas fibras elásticas que salían de las textiles de Mataró, una ciudad especializada en el género de punto que hoy muestra su patrimonio industrial en la antigua nave de Can Marfà.

Reconvertida en espacio museístico, esta antigua nave fabril de Mataró, en 2015 abría su primera planta con un ámbito sobre la historia del textil en la capital del Maresme, una ciudad que creció con el género de punto.

Vistas de la exposición.

Desde entonces, maquinaria e historias de vida, telares y relatos de overlockistas, testigos de remalladoras y crónicas de fabricantes avispados se presentan de forma permanente en Can Marfà en lo que fue una primera fase del proyecto. Pero la cosa seguía. Este mes de marzo, se ha abierto la segunda planta de este edificio construido en 1880 siguiendo el estilo manchesteriano –dos naves conectadas por dos puentes con chimenea incluida–, completando así un proyecto pendiente.

30 años de innovación y diseño en la industria del tejido de punto en Cataluña es el título que lleva este nuevo ámbito temático. En lugar de mirar hacia atrás, las curadoras (Anna Capella, como directora del Museo de Mataró, y Conxita Gil, como conservadora de Can Marfà) han optado por mirar hacia aquí, tanto como han podido. En lugar de la indumentaria de las bisabuelas y bisabuelos, han centrado su relato entre los años sesenta y ochenta, convirtiendo este nuevo espacio de la colección textil de Mataró en una zona vintage, un homenaje a la infancia de aquellos y aquellas que fuimos hijos de la EGB, un ámbito que recupera los años de los leotardos y la minifalda, de las patillas generosas y los pantalones de pata ancha, de los Sirex y la música ye-yé.

Son los años de los calcetines de rombos.

Los sesenta fueron un tiempo de vacas gordas, cuando en este país había trabajo a raudales y las familias se reproducían animadas por el franquismo. En el sector del textil, la especialidad del Maresme era la industria de la malla o el género de punto, un tipo de tramado que hace que el tejido sea elástico y que en este momento vivió una verdadera eclosión. Si hasta los años cincuenta, el punto se utilizaba para piezas menores y poco visibles como calcetines y calzoncillos –eternamente blancos–, en este momento irrumpe el diseño y el color. Son los años de los calcetines de rombos, que llevaban todos los niños y padres del país.

Entre 1960 y 1980, la indumentaria deja de ser una necesidad y se convierte en un bien de consumo. Para decirlo diferente, se impone el tirón de la moda: la disco, la futurista, el nuevo romanticismo, el glam rock (el de Bowie, para los que no lo recuerden) y el hippismo del flower power. En este contexto, el punto hace moderno y abandona el mundo interior para salir la calle. Bañadores, bikinis, vestidos, faldas, pantalones, sombreros… todo es de punto, incluso el vestido de boda, como podemos comprobar en Can Marfà, con un par de monos nupciales –los Monos Mocre–, uno para la chica y uno para el chico, hechos por el diseñador de Terrassa Josep Trullàs. Ni que decir tiene que en todo ello, el boom de la publicidad tuvo mucho que ver, como se recoge en Can Marfà.

Si la crisis del petróleo de los setenta ya supuso un primer freno, la entrada a la comunidad económica europea en 1986 y la competencia de los mercados asiáticos vaciaron las fábricas de Mataró y del país. Desde entonces, el industrial Jaume Vilaseca ha reunido una colección de maquinaria, indumentaria y publicidad relacionada con el género de punto específica y única que, a través de un convenio con el Ayuntamiento de la ciudad, ahora se expone en Can Marfà. Un nuevo espacio que, además de compartir medias pop, bañadores glamurosos y otras piezas de los años del desarrollismo, combina el concepto de exposición con el de conservación y restauración.

Y es que la segunda apuesta de este nuevo espacio ha sido abrir al público la zona de trabajo de conservadores y documentalistas. Es así como, mientras recuperamos el aire feliz de los sesenta y setenta, al mismo tiempo podemos acceder al backstage o a las bambalinas del museo, a aquello que siempre queda detrás de la puerta y nunca se nos muestra. Y eso nos gusta.