Dominique Lambert tiene veinte años y vive en París. Su madre, Isabelle, es una reconocida psiquiatra y su padre, Christophe, un anticuario o cronopio.

Mide metro noventa y es de constitución asténica. Nació un mes antes de que su madre saliese de cuentas porqué su estructura ósea estaba ya madura y el ginecólogo tenía miedo de que, si esperaba, el parto no fuese natural. Dominique llegó al mundo inhóspito de los famas expulsado violentamente de la vida liquida y pacífica del útero materno. Parecía que a Dominique le habían despertado en medio de un sueño eterno y miraba la vida con indolencia y pereza. Suplía su vagancia con una bondad reflejada en su mirada limpia y su sonrisa honesta. Sus padres desde el principio supieron que su hijo estaba hecho con la arcilla de los hombres buenos.

Antonio de Pereda, El sueño del caballero, 1655.

Fue un estudiante que cumplió, sin más. Los amigos lo querían. Tenía el don de caer bien a todo el mundo y no suscitaba envidias. Sólo competía cuando jugaba al baloncesto donde sobresalía y como capitán se preocupaba más por el equipo que por él mismo. Acabó el bachillerato con unas notas decentes y se matriculó en Humanidades en la Sorbona.

A Dominique le gustaba acompañar a su padre los domingos al Marché aux Puces de París donde encontraban algunos cuadros antiguos y anónimos en los que intuían la promesa de la felicidad. Pronto también conoció los resortes del aprendizaje de la decepción y aquellas pinturas sin nombre, que su padre atribuía como un Dios creador, resultaban copias o falsas o eternamente anónimas y la ilusión inicial enseguida daba paso al silencio. De hecho, Dominique se parecía más a su madre, físicamente y de carácter, una mujer inteligente y tenaz, cerebral. Se pasaba el día encerrada en su consulta que ocupaba una habitación de la vivienda familiar y los clientes tenían que cruzar el salón para confesarse en el cuarto de las torturas como Dominique con ironía definió. Iban y venían personas y se sentaban durante una hora en una cheslong de Le Corbusier de piel negra desgastada por el roce y los traumas.

John Henry Fuseli, The Nightmare, 1781.

Su padre, en cambio, era un romántico lleno de buenas intenciones, el típico hombre que aspira a más de lo que jamás podrá conseguir, un utópico compulsivo con toques de narcisista que no entendía como su profesión formaba ya parte del mundo de ayer. Un escritor frustrado. Un cronopio, en fin. Se refugiaba escribiendo unos ensayos sobre arte que no leía nadie y escribiendo cartas al director del periódico, que nunca se publicaban. Estaba decepcionado con el mundo porqué sin darse cuenta se había hecho viejo.

Su tienda en el Marais se había quedado congelada en el tiempo. Llevaba el negocio como lo hacía su padre que lo había fundado en los años sesenta, pero los cambios sociales le habían pasado por encima sin darse cuenta. Le asolaban las dudas al pensar si quería que Dominique se dedicase al oficio de anticuario o que hiciese alguna otra cosa más provechosa. Le daba pena cerrar la persiana de su tienda, pero sabía que continuar requería invertir para convertir el pasado en el presente y él ya no tenía fuerzas. Lo habló con su mujer, pero ya se sabe que en casa del herrero cuchara de palo y ella estaba más concentrada en solucionar la depresión de una paciente que acababan de despedir del trabajo que en pensar en el porvenir de su hijo.

Imagen estereoscópica, c. 1900.

En una madrugada de invierno se oyó un ruido como si hubiese entrado alguien. En aquellos días a menudo se oían noticias de robos que se perpetraban en el corazón de la noche. Los ladrones entraban y rociaban las habitaciones con espráis para dormir a los propietarios y así poder robar sin prisas. Pero el anticuario estaba bien despierto y mientras oía el respirar profundo de su mujer le extrañó el estruendo que procedía de la habitación de Dominique y recordó que aquella noche su hijo no salía.

Por la mañana al despertarse fue directo a ver a Dominique y se encontró que dormía plácidamente, pero sujetando el grabado de Goya que tenía colgado en el cabezal de su cama. Le sorprendió la imagen de su hijo en la cama tan largo y estuvo unos minutos contemplándolo como lo hacía cuando era pequeño, pero ahora ya no estaba delante de su cuna, sino que parecía estar ante el sepulcro de un rey medieval. Sonrió al pensar que el grabado no era otro que El sueño de la razón produce monstruos de Goya. Desayunando, le contó a Dominique y a Isabelle lo sucedido, y mientras su hijo no se acordaba de nada, ella describió medicamente el episodio como sonambulismo agudo y se enredó en disquisiciones médicas incomprensibles. Dijo que son episodios de parasomnia que se producen en la última fase del sueño REM y es mejor no despertar al sonámbulo. Puntualizó que son patologías propias de la infancia y tiene base genética y confesó que ella misma se levantaba de niña por la noche para zamparse helados en la nevera.

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, 1799.

Pasaron los meses y nunca más volvió a ocurrir nada parecido cuando Dominique, estando de viaje con su novia en Lisboa, volvió a hacerlo. Se despertó en medio de la noche y descolgó los cuadros de la habitación del hotel, unas reproducciones de carteles de Tolouse-Lautrec que dejó perfectamente colocados en la cama. Dominique parecía que quería vender aquellas obras a su novia reproduciendo automáticamente lo que veía hacer en la tienda a su padre. Balbuceaba palabras ininteligibles, pero por su lenguaje corporal parecía representar la cara comercial del anticuario.

Al regresar no contaron nada a sus padres, pero al cabo de una semana volvió a pasar lo mismo y ya no fue el grabado de Goya lo que descolgó está vez sino que recorrió la casa bajando los cuadros con sumo cuidado y abrió la puerta y los colocó delicadamente en el rellano mientras hablaba. Fue tan sigiloso que sólo descubrieron lo que había pasado cuando su padre se despertó al alba, y entonces se encontró con los cuadros dispuestos al lado de las bolsas de basuras al cerrar la puerta de casa.

El Dominique sonámbulo diluía los tiempos, entrelazando el pasado con el presente.

Consultaron con un psiquiatra especializado en el sueño y la conclusión fue que el Dominique sonámbulo diluía los tiempos, entrelazando el pasado con el presente. Es decir, cuando soñaba era capaz de conjugar momentos de la infancia con las proyecciones del futuro. En aquellas excursiones nocturnas en el territorio del sueño el ahora no existía, desparecía en su mente que buscaba entre la memoria de su pasado más remoto y la perspectiva de un futuro incierto. Una dialéctica en el territorio del subconsciente entre la expulsión forzada y traumática del útero materno y la angustia por su futuro profesional que no podía verbalizar pero que simulaba en una exploración en las tinieblas de lo onírico.

Leonardo da Vinci, Dibujo anatómico de un cráneo, c. 1489.

Al salir de la consulta, el anticuario-cronopio llamó a unos operarios para redecorar su tienda con la ilusión de integrar a Dominique en su oficio y establecer una bella relación padre-hijo.  Una vez acabada la tienda, que lucía esplendida y moderna, Dominique dejó de levantarse sonámbulo por las noches, nunca más soñó y las noches eran aburridas como un día sin sol. El día de Navidad después de comer con sus padres y su novia anunció solemnemente que había decidido su futuro profesional: quería ser psiquiatra, que es lo que siempre le había gustado. Isabelle levantó la vista, un destello visual por encima de sus gafas recorrió el comedor como un faro entre la niebla y entonces madre e hijo se miraron y ambos sonrieron con las bocas como espejos.