Existe una mirada idealizada, espiritual y extremadamente respetuosa hacia el mundo del arte. Y existe la realidad: un mercado donde todo vale, sin ley ni más valores que el beneficio a cualquier precio. Cuanto más dinero, más chanchullos.

La picaresca y el mundo del arte van de la mano. Y el más listo o estafador no es el precisamente el artista. Hay galeristas y coleccionistas que aún no les ha superado nadie en creatividad. Veamos algunos casos.

La Cabeza de muchacha joven, decomisado por la policía.

Jaime Botín, ex presidente del Bankinter, necesitaba dinero y decidió desprenderse de su Picasso. Quería venderlo en Christie ‘s de Londres en una subasta que se iba a celebrar el 6 de febrero de 2013. Como la pieza estaba en España, tenía un evidente interés histórico-artístico, y más de 100 años de antigüedad, había que pedir un permiso al Ministerio de Cultura para su exportación. La Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico Español declaró la obra «inexportable», ya que era una de las pocas piezas de Picasso pertenecientes al período Gósol en España. Jaime Botín heredó la goleta Adix de su hermano Emilio, el cual había comprado esta magnífica embarcación con más de 65 metros de eslora, por 1.000 millones de pesetas a Alan Bond, el rey australiano de la cerveza. Jaime Botín había abandonado los negocios en 2004 y desde entonces se dedica a la filosofía y al mar. En el Adix tiene una biblioteca de 20.000 volúmenes. No es de extrañar, pues, que escribiera el ensayo Apología de lo inútil, donde podemos leer perlas como esta: «Lo propio de los hombres libros no era atender a la subsistencia ni dedicarse a la producción de cosas útiles. Para eso estaban los esclavos «.

Total, que como hombre libre, el verano de 2015 Jaime Botín envió su Picasso a la Adix, atracada en el Real Club Náutico de Valencia. Días después la nave llegaba al puerto de Cali -Córcega-. Como Botín había contratado una empresa de transportes aéreos para cubrir el tramo entre Córcega y Suiza, la aduana francesa se alarmó y realizó una inspección sorpresa: en la cabina del comandante encontraron la Cabeza de chica joven.

Este enero, Botín ha sido condenado a 18 meses de prisión y multa de 52,4 millones de euros -el doble de su valor estimado-. Dos semanas después, la Fiscalía recurría y la jueza Elena Raquel González Bayón ha elevado la condena a 3 años de cárcel y 91,7 millones de multa –se ve que no había calculado bien la pena–. Esto significa dos cosas: quizá sí, que Jaime Botín acabará en la cárcel, donde podrá seguir escribiendo sus elevados pensamientos. Y la pintura, ahora mismo depositada en el Reina Sofía, quedará en manos del estado español. ¿Dónde creéis que acabará, en el Reina Sofía o el Museo Picasso, ahora que la Colau reclama la co-capitalidad cultural de Barcelona? Mejor no respondáis.

No os diré su nombre. Un marchante importante con galería en Barcelona, cuando iba a ferias internacionales, como Art Basel –Suiza–, la más importante del mundo, tenía que pasar aduana y declarar las obras de arte que ingresaba en el país. Como el resto de los galeristas, vaya.

Una vez terminada la feria, al salir, declaraba qué cuadros había vendido y pagaba los impuestos correspondientes. Pero este marchante era más listo que el hambre. Entre su personal había un artista técnicamente bueno, que trabajaba en el stand de la feria vendiendo obras. Cuando se vendía una, hacía una copia, no era necesario que fuera muy fiel, además aquella galería sólo vendía pintura abstracta. Al pasar la aduana suiza, el galerista declaraba que no había vendido nada. El aduanero, que de arte –y menos, el abstracto– no sabía mucho, no podía distinguir la foto del cuadro que había entrado de la copia que salía… y encima cuando en pocos días desfilaba ante sus ojos la mitad del galerismo mundial. De esta manera tan ingeniosa, el galerista se ahorraba los impuestos.

Este truco lo hace bastante gente, pero os hablaré del caso más cercano, un traficante de droga que operaba en el puerto de Barcelona. Con el dinero en metálico que acumulaba, compraba arte contemporáneo, que es una manera muy estética de blanquear capital. También operó en Nueva York. Allí, ponía a la venta en las mejores salas de subastas obras de un joven artista mexicano, que había estado en Barcelona. Y, ¡milagro! Los precios se disparaban subasta tras subasta. A ver, ¿dónde está el negocio en comprar por 3… y venderte a tí mismo por 3.000? Por un lado, se blanquea dinero, no importa la comisión de la casa de subastas. Por otro, los demás cuadros de aquel artista, automáticamente, suben de precio.

Decir que el emperador anda vestido no es barato.

Casos como este, hay a montones: recuerdo un libro de Dalí que me trajeron a subasta por el que pedían 9000 euros, a mí me parecía sobrevalorado pero acepté. El día de la subasta, la persona que la había editado lo adquirió por ¡10.000 euros! Después me confesó que tenía un garaje lleno de ejemplares de aquel libro, pero que no importaba, con la nueva cotización lo vendería más y mejor, aunque tuviera que hacer una rebaja del 50%. Además, pocos años más tarde se hizo un facsímil que se vendía a precio de oro, y la gente lo compraba como una inversión.

Nada demasiado distinto de lo que hizo el artista británico Damien Hirst. Apenas estalló la crisis del 2008, en lugar de realizar una exposición en una galería, decidió poner en subasta, de golpe, 223 obras recientes suyas. Sus coleccionistas se vieron obligados a comprar a un precio lo más alto posible, para no devaluar las obras que ya habían adquirido. Decir que el emperador anda vestido no es barato.

El último caso es una jugada maestra. Vincenzo Peruggia robó, el 21 de agosto de 1911 la Mona Lisa. Este retrato pintado por Leonardo da Vinci no era la obra más famosa del mundo. Este estatus lo consiguió gracias a la propaganda del robo.

Peruggia había trabajado en el Louvre durante algunos años y conocía bien el espacio y las costumbres de sus operarios. Una vez consumado el robo tuvo la obra en su casa, en París, durante dos años. Finalmente, la ofreció al director de la Galería de los Uffizi, de Florencia. A cambio, quería una recompensa. Fue denunciado y detenido, pero pasó poco tiempo en prisión. Al salir, ejerció de pintor decorador hasta que murió en 1925, a la edad de 44 años. Hasta aquí, todo más o menos normal. ¿Y dónde está el negocio? Pues, durante los dos años que la Mona Lisa estuvo desaparecida, alguien se dedicó a vender copias a millonarios estadounidenses y a decirles que se trataba del original robado. Al descubrirse el engaño, no lo podían denunciar. En el mundo del arte, como decía, las apariencias engañan. Averiguar cui prodest –a quien beneficia– una «jugada maestra» es más complicado que contar las pinceladas de un Pollock.