Por la época misma de su invención, el automóvil no puede ser, como tema artístico, mucho más antiguo que del momento del cambio de siglo XIX-XX.

Aun así, al ser un artilugio moderno, carente de pedigrí estético, tardaría bastante en entrar de lleno en el panorama temático del arte catalán. Los pintores parece que se sentían fuera de lugar pintando cosas que no fueran intemporales, y aunque empezaran a ver automóviles por la calle solían obviarlos al elegir motivos para sus cuadros destinados a exposiciones formales.

Ramon Casas, Ramon Casas y Pere Romeu en un automóvil, 1901. M.N.A.C., Barcelona.

La excepción más visible a este prejuicio fue sin duda la de Ramon Casas, que por un lado era desde buen comienzo un entusiasta del automóvil, y de la otra tenía suficientes recursos económicos familiares para no tener que someterse a modas o manías de su clientela potencial. Por eso el automóvil aparece sin vergüenza alguna en varias obras suyas, desde muy pronto.

En la taberna de “Els 4 Gats”, de la que él era uno de los promotores, pintó el 1901 un óleo de gran formato (ahora en el MNAC) que lo representaba a él mismo y a Pere Romeu, el encargado del local, con grandes abrigos de pieles que casi los escondían, yendo en uno de los primeros automóviles que circularon por el país. Venía a ser cómo una alegoría del siglo XX, del mismo modo que El tándem, obra del propio Casas de las mismas dimensiones, pero en la que los dos personajes iban en una bicicleta doble (ahora también en el MNAC), había colgado de los muros del local en los últimos años del siglo XIX, desde el 1897 en que fue pintado.

Ramon Casas, Pintura, 1902. Cercle del Liceu, Barcelona.

La obra de Casas más espectacular de temática automovilística seguramente sea el plafón de la rotonda del Círculo de Liceo de Barcelona (1902) que representa un gran coche por la noche, en primer plano, enfocando sus faros de luz intensa casi insultantemente al espectador, mientras muy al fondo, una orquestina toca ante un edificio que no es otro que el pabellón que el mismo Círculo había levantado en el recinto de la Exposición Universal del 1888.

Un auto también protagoniza una de las baldosas de la serie Els adelantos del sigle XIX que Casas hizo para premiar a los subscriptores de su revista Pèl & Ploma el 1903. Y el caso es que Casas tenía tanta obsesión por el coche que incluso encabezaría su papel de carta con una viñeta coloreada impresa en la que él se autorretrataba al volante de un automóvil. Más adelante Casas continuaba incluyendo algún auto bien preeminentemente en pinturas suyas, como La cochera del 1907 (colección privada).

Ramon Casas, Postal publicitaria, Wertheim, c. 1910.

En las artes gráficas de objetivo más popular no había la misma prevención hacia el coche que había en la pintura “seria”. Por eso Apel·les Mestres –que precisamente viajaba a veces en el coche de Casas, que le hacía de chófer informal- no tenía ningún inconveniente de representar automóviles en los cromos (c 1911) que el gran artista, poeta y músico dibujaba para hacer de reclamos publicitarios coleccionables de chocolate u otros productos.

Otros dibujantes satíricos a menudo representaban coches de motor de gasolina en sus chistes, cuando este vehículo era apenas aun una novedad entre nosotros. Joan Junceda y Ricard Opisso, como mínimo, ya incorporaban automóviles en sus caricaturas del Cu-Cut! el 1904. Como a menudo lo haría Josep Aragay, firmando Jacob, en el Papitu entre 1909 y 1911, donde incluso representaba modelos de carreras, y más adelante, el 1924-1925 en El Borinot. Tan bucólicamente noucentista que era como pintor, Aragay se mostraba bien adicto a los motores como dibujante satírico, puesto que también representaba a menudo motos y aviones.

Josep Aragay, Dos anuncios de neumáticos Continental, 1912.

El cartel fue también un género carente de prejuicios temáticos: allá la prioridad no era el “arte”, sino la eficacia, la capacidad comunicativa. Ramon Casas hizo carteles de automovilistas (Auto-Garage Central, c. 1903, Copa Cataluña, 1908, o Real Automovil Club de Cataluña. Copa Tibidabo, 1914), y también Dionís Baixeras más tarde crearía elegantes carteles de automovilismo (1920- c 1923).

Pere Torné-Esquius, que habitualmente ejercía de ilustrador, cuando pintaba podía también dar protagonismo al automóvil. Su Galanteig al óleo, seguramente del 1903, de la colección de Artur Ramon, donde dos golfos en coche, de mirada lasciva, tratan de engatusar a dos chicas peatonas, con el triunfo de su atrayente novedad automovilística, tiene una frescura comunicativa más propia del chiste gráfico que no de la pintura de exposición al uso.

Pere Torné-Esquius, Galanteig, 1903. Colección Artur Ramon, Barcelona.

En cambio, en clave decorativa, representar automóviles no era tan raro. En el piso principal de la casa Burés de Barcelona, de un Modernismo de alto nivel, hay un comedor, de entre 1902 y 1904, en que varios relieves modelados por Joan Carreras i Farré evocan deportes, y uno de ellos se trata precisamente del automovilismo.

Joan Carreras i Farré, Relieve en Can Burés, Barcelona, c. 1902-1904.

Un pintor serio, y hombre fuerte del Modernisme, como Lluís Graner, también puso un automóvil en primer plano en una pintura al óleo. Era ya sin embargo, en su etapa de los Estados Unidos, puesto que en su época catalana no abandonaba los temas de paisaje, interior o escenas de género, y muy a menudo empleando fuertes contrastes de luz, marca de la casa. En Las dos hermanas, expuesta el 1916 en las Lawlor Galleries de Nueva York, ahora en la colección de la Hispanic Society of America, de aquella ciudad, un automóvil aparece en primer plano creando con los faros uno de aquellos contrastes lumínicos tan caros a Graner.

Evidentemente no se trata de una obra conceptualmente tan osada como los autos en carrera de Giacomo Balla, plenamente futuristas, más o menos coetáneos, pero su tema no deja de ser una licencia en el terreno de la pintura de la época.

Lluís Graner, Las dos hermanas, c. 1905, Hispanic Society of America, New York.

Ramon Casas, el pionero de esta temática, continuó pintándola, pero poco a poco cada vez más, varios de los pintores de la Generación de 1917, fueron incorporando con toda normalidad los coches en los paisajes urbanos, género pictórico que a partir del 1930 proliferó como nunca antes, especialmente el centrado en Barcelona, en las exposiciones de arte del país.

El abril del 1929 Josep Mompou, creador de un fauvismo personal, encabezaba el catálogo de su exposición individual en la Sala Parés de Barcelona con un óleo intitulado Autos, hoy por hoy sólo conocido por fotografía en blanco y negro. Era la misma muestra en la que el pintor presentó otras obras centradas en lo más moderno, tituladas Tennis, BoxaDancing. Se había, pues, perdido el respeto a mostrar en una sala de arte pinturas centradas en temas de deporte. Mompou, como muchos de sus compañeros de generación, utilizaron el automóvil como estímulo cromático del todo integrado en la vida urbana que pintaban tan a menudo con su dinamismo tan propio de la línea fauvista a la que pertenecían.

Josep Mompou, La Rambla, 1954. Museu de Valls.

En otoño del mismo año el tarraconense Xavier Güell, artista singular y versátil, osaba presentar en la Exposició d’Art Modern Nacional i Estranger de las Galeríes Dalmau de Barcelona, organizada desde París por Torres-Garcia, un cuadro sonoro, Asfalt, que llevaba incorporada una bocina de coche, convirtiéndose así en uno de los primeros –bien que efímero- vanguardistas catalanes. La obra, que se expuso junto a otras de Mondrian, Arp, Van Doesburg, Freundlich, Hélion, Lhote, Planell, Sandalinas y lógicamente también Torres-Garcia, entre otras, fue adquirida por Francia y se le ha perdido la pista, pero en su momento fue muy celebrada y a la vez denostada en Cataluña.

El automóvil era un elemento muy característico de la representación del mundo pequeño-burgués.

En la posguerra el tema automovilístico ya no era raro en las salas de arte. Freixas Cortés, Jansana y muchos otros si pintaban la Rambla u otra calle de Barcelona ya no ahorraban automóviles en sus representaciones. El tortosino Josep Benet Espuny el 1955, en un viaje en Nueva York, cambiaba las catedrales góticas y los palacios medievales que eran familiares a Europa por los rascacielos y el hacinamiento de automóviles en grandes aparcamientos cuando aquí todavía no se estilaban demasiado.

Josep Benet Espuny, Parking lot in New York, 1956.

Aun así todavía se veían más automóviles en las artes gráficas que en pinturas de sala de arte. Tomàs Vellvé era el autor de imaginativos carteles del Salón Internacional del Automóvil de Barcelona de los años sesentas y setentas. Y en los comics el coche salía mucho: para sólo citar un ejemplo, el de la familia Ulises, de Marino Benejam, en el TBO, era un elemento muy característico de la representación del mundo pequeño-burgués que el dibujante pretendía reflejar.

Marino Benejam, La familia Ulises.

Con el triunfo de las segundas vanguardias los criterios artísticos cambiaron radicalmente. En el marco de las muestras MAN, de Barcelona, la pintora Amèlia Riera impulsó una resonante exposición colectiva en el paseo central de la Rambla de Catalunya, en 1974, donde los mejores artistas catalanes de la época manipularon cada uno de ellos una carrocería de automóvil –que la misma Amèlia Riera había conseguido por su amistad con un directivo de la SEAT– y realizaban creaciones detonantes. Aparte de ella intervinieron carrocerías allí, en general con vagas influencias pop, J. J.Tharrats, Arranz Bravo & Bartolozzi, Joan Vilacasas, Ràfols Casamada, Artigau, Hernàndez Pijuan y otros muchos, como Jordi Pericot, el autor que más dio que hablar –pero no escribir, claro, puesto que estaban en pleno franquismo y la censura no lo permitía-: un coche pintado de gris, como los de la policía armada, del que salía por las ventanas una masa magmática de color ocre que hacía pensar en la mierda.

Joan Josep Tharrats, Tòtem, 1974. Una de las obras realizadas con los chasis de SEAT, instalado en la Rambla de Catalunya, en Barcelona.

Muchos más ejemplos podría mostrar, de distintos géneros artísticos, pero esto es un artículo divulgativo y no ninguna monografía.