Comienza el martes 12 de enero el ciclo Miedo y placer. Cine de vampiros en Caixaforum Barcelona, con una programación semanal de cinco películas que dan cuenta de cómo la sombra atávica y crepuscular de uno de los personajes más persistentes de la historia del cine, ha dejado de ser alargada hasta desembocar en la domesticación del monstruo.

El personaje gótico y aristocrático que conquistó nuestras pantallas y se hizo estrella de cine vocacional, se gestó en el ambiente literario y romántico europeo del siglo XIX en el que los cementerios y las ruinas se habían convertido en tortuosos espacios para el paseante, el nocturno sonaba como un modo de libertad, y se llevaba el look enfermizo.

Bram Stocker’s Dracula (1992), de F. F. Coppola.

Esputar sangre se había vuelto cool: “La tuberculosis disolvía el cuerpo grosero, volvía etérea la personalidad, ensanchaba la conciencia”, explica Susan Sontag en su ensayo La enfermedad y sus metáforas, hablando de la melancolía de los románticos como debilidad de lo humano. Decía la novelista George Sand, en su extremismo camaleónico, sobre su compañero: “Chopin tose con una gracia infinita”.

Todo empezó el llamado “año sin verano” de 1816 en Suiza, con el ambiente cargado de ceniza y melancolía, cuando la literatura fantástica despegaba en una reunión de amigos en Villa Diodati con Lord Byron, Mary Shelley y John Polidori, en la que se comprometieron a escribir un relato de terror. Mary Shelley cumplió en poco más de un año con su Frankenstein y Polidori con El vampiro, descubriendo un trasunto de Lord Byron al que no hubo que atribuir ni una excentricidad que no fuera plausible.

Pero fue el Drácula de Bram Stoker el que, en 1897, vendría a constituir el canon normativo, la “biblia” de la upirología, que daría al vampiro, personificado en el conde Drácula, su poder telepático y su atractivo personal a pesar de su sociopatía, sus gustos bestiálicos de macho alfa, su fondo de armario en negro y naftalina y la enfermiza delgadez, así como su repelús mortal a las cruces, al agua bendita o las ristras de ajos, que más parecen convertir al vampiro en un grupo de riesgo que en un poderoso villano. Stoker tardó siete años en documentarse sobre relatos populares, pateando los Cárpatos y la Biblioteca de Londres en donde se conserva el registro de los libros consultados en los que se dejó alguna puntita de página doblada. A pesar de los esfuerzos, la novela no tuvo demasiado tirón en su momento y no fue hasta el morbo que generó la disputa legal sobre los derechos de autor entre la viuda de Stoker y Murnau al intentar llevarla al cine, finalmente bajo el nombre de Nosferatu, que el libro fue éxito de ventas.

Nosferatu (1922), de F. W. Murnau.

Nosferatu (12 de enero) muestra sin trazas de romanticismo al repulsivo conde al que nadie se acercaría más que a la distancia de un palo. Es un ser casi impersonal, apenas sintiente más allá del arrebato sicalíptico, identificado magistralmente por Murnau como una sombra. Curiosamente, Nosferatu dará pie a otra película, además de la versión de Werner Herzog, en la que se especulaba que Max Schreck, el actor que desencarna a Nosferatu, era un auténtico vampiro en la vida real, con el título de La sombra del vampiro, dirigida por E. Elias Merhige, que da fe de que el mito arcaico estaba todavía vivo. No hay que olvidar en este punto, que el primer rodaje Making Of que funda el género del “así se hizo” y explora a la vez su propio límite, viene de este entorno y no es otro que Cuadecuc, Vampir (1970), de Pere Portabella, con música y sonido de Carles Santos, en una suerte de voyerismo a Christopher Lee en la versión de Jess Franco.

El personaje cinematográfico del vampiro tiene una tendencia irrefrenable hacia la parodia, que han aprovechado desde los Muppets hasta Chiquito de la Calzada.

Y es que, si alguien se encasilló en el cuerpo del conde Drácula, ya mucho más carnal, prepotente y maldito, en un contexto heteropatriarcal que sería el sueño húmedo de todo machirulo que se precie, ese fue Lee que heredaba la elegancia del Drácula de Tod Browning, interpretado por Lugosi y su chulazo cuello levantado. Pero hay que reconocer que el personaje cinematográfico del vampiro tiene una tendencia irrefrenable hacia la parodia y no solo carnavalesca, que han aprovechado desde los Muppets hasta Chiquito de la Calzada. Solo hay que pensar en la tremenda versión hispana que George Melford dirigía en paralelo a la de Browning, cuando acababa el horario de rodaje de la primera, usando el mismo atrezzo y decorados que la original, con Carlos Villarías y Lupita Tovar como protagonistas, antes de que se inventara el doblaje.

Christopher Lee en Dracula (1958), de Terence Fischer.

Pero fue precisamente Lee quien, con la inestimable ayuda del Technicolor y unos colmillos retráctiles de lo más fálico, consiguió con todas sus versiones y sagas una estética terriblemente kitsch que con los años ha ganado para el culto, a pesar de que la primera de todas ellas, dirigida por Terence Fisher (19 de enero), con guión de Jimmy Sangster, era notable. Christopher Lee terminó colaborando en películas como Kung Fu contra los 7 vampiros de oro a los que les daba dentera las estatuillas de Buda, en un delirio de coherencia al canon de Stoker. Ese halo rancio y decadente fue el que le pesó al Drácula de Coppola (26 de enero) a pesar de sus intentos por un preciosismo erótico en las formas, el color y las sombras que, no obstante sus carencias narrativas, produce un subidón de endorfinas considerable. Esa deriva de un vampiro metrosexual y lechuguino encontraría vía libre en Entrevista con el vampiro hasta terminar siendo un insípido ídolo de adolescentes en la saga Crepúsculo.

Only Lovers Left Alive (2013), de Jim Jarmush.

Pero si, como ha quedado apuntado, el vampiro es un mito universal, lo que interesa en nuestro momento incrédulo en el que “si ya nada es verdad, todo está permitido”, no es ya su génesis, sino de qué modo nos interpela hoy en día el personaje. La actual afirmación de la subjetividad de cada individuo en la liberación del “goza tu síntoma”, supone una domesticación de la sombra del inconsciente y un giro respecto de la visión del vampiro, que no es ya un monstruo a batir, sino el sujeto a comprender. En las dos últimas películas propuestas en el ciclo, se observa cómo la exaltación de la diferencia foucaultiana hace del inadaptado un excéntrico cuqui, un incomprendido de costumbres extravagantes y un mamarracho irredento, cuyo justo final en nuestros tiempos desquiciados es la inclusión social antes que su propia adaptación represiva.

Déjame entrar (2008), de Tomas Alfredson.

En Solo los amantes sobreviven, de Jarmusch (2 de febrero), vemos a unos adorables vampiros rodeados de una atmósfera de exquisita sensibilidad estética y que viven la propia existencia desde la angustia y la melancolía al mejor estilo heideggeriano, frente a unos humanos inauténticos e irresponsables que no saben ni cuidarse ni cuidar el entorno. Por su parte, Tomas Alfredson en Déjame entrar (10 de febrero), mezcla de manera delicadísima la experiencia del descubrimiento de la adolescencia por parte de un niño víctima de bullying, con la monstruosidad del instinto vampírico, encarnado en la inocencia de una niña a la que hay que invitar a entrar, según el canon, y por tanto aceptar, en el que el calor rojo de la sangre se funde en la nieve nórdica.

Y es que lejos de parecer algo muerto, el mito del vampiro no deja de generar relecturas y horas de entretenimiento y visionado. Valga como ejemplo el falso documental neozelandés, Lo que hacemos en la sombra (2014) de Taika Waititi, una delirante propuesta muy bien recibida por el público de culto y que catapultó a Waititi hasta el Thor de Marvel, que retoma el canon del vampiro en un piso compartido en pos de la normalización del frikismo y que está siendo replicada como serie americana en este momento. Yo creo que el vampiro, como constante personaje de cine, va mereciendo, como poco, una flamante estrella en el Paseo de la Fama.

El ciclo de proyecciones Miedo y placer. Cine de vampiros, coordinado por el crítico cinematográfico Toni Vall, tendrá lugar en CaixaForum Barcelona, entre el 12 de enero y el 10 de febrero.