Todos los anticuarios que nos dedicamos al noble oficio de la pintura antigua hemos soñado con encontrar un Caravaggio.

Deseo que no sólo viene marcado por la posibilidad que su venta supone (te retira) sino por lo que tiene de poético descubrir grandes identidades perdidas en los tiempos que corren. Hoy es una misión imposible pero no lo era en el pasado.

Caravaggio, La crucifixión de san Andrés, 1607. Cleveland Museum of Art, Cleveland, Ohio.

Sin ir tan lejos, un estudioso madrileño localizó en 1974 un cuadro impactante que representaba el Martirio de san Andrés en una colección de Sevilla, y lo compró intuyendo que podía ser uno de los pocos caravaggios que quedaban aún en España. Se lo enseñó al mejor historiador del arte de entonces, que le descartó la atribución diciendo que se trataba de una copia buena de un original perdido.

Se sabía por las fuentes que Caravaggio había pintado un Martirio de san Andrés, pero la imagen no se ajustaba a la iconografía tradicional con el santo crucificado en una cruz en forma de aspa.

Dejemos los libros para los hombres sin imaginación.

De hecho, el historiador presentó el cuadro en una muestra en Sevilla y en la ficha no pudo dejar de poner un interrogante al lado del nombre del Merisi: un simple signo que marcaba la diferencia que hay entre el ojo y el cerebro cuando se mira un cuadro.

El estudioso encontró unos socios británicos que creyeron en su intuición y pidió un permiso de exportación, que le fue concedido. Hoy cuelga del museo de Cleveland como uno de los mejores caravaggios en Estados Unidos. En nuestro país sólo hay cinco.

Ahora sabemos que en tiempos de Caravaggio había tratados que sostenían el martirio de san Andrés en una cruz latina tradicional y no en aspa. La forma puede eclipsar el fondo. La gramática aplasta la voz del artista. Los cuadros hay que estudiarlos mirándolos de cerca, y no hay que recrearse demasiado buscando imágenes en los libros. Dejemos los libros para los hombres sin imaginación, parafraseando a Proust.