Que un cazador, -un anticuario o cronopio-, quiera cazar a otro cazador, -un fama que va por estos mundos rifle en mano matando animales-, es misión imposible.

Me dirijo a una finca en Marbella con grandes ventanales que proyectan una vista panorámica sobre Puerto Banús. Allí vive un constructor-cazador, un individuo de cabello cano y sonrisa falsa, en una mansión forrada de trofeos de caza.

Johannes Stradanus, Escena de caza.

Me sorprenden los colmillos de un elefante gigante que miden como Pau Gasol. Me presenta a su esposa que luce como un trofeo más. Mientras me enseñan un bello dibujo de Miró de los años veinte, -una mujer estrella, mitad poesía y mitad sexo-, un oso pardo me mira desconfiado por el rabillo de su ojo de cristal. Me sorprende que los ceniceros de la casa, -aún quedan en el ambiente restos del olor amargo del habano-, estén hechos de patas cortadas de elefante.

Pienso que todo es mentira, los trofeos no los cazó en intrépidas aventuras sino los compró a un cazador verdadero como son mentiras los animales disecados, si con un cúter abriese sus abrigos de piel no me encontraría con sus esqueletos de finos huesos sino con modelos de poliestireno expandido.

El individuo es un seductor y me lo creo. Quiere que me lleve el Miró a una gran feria y lo venda sin que yo gane nada. Le explico que mi trabajo debe ser remunerado. Llegamos a un acuerdo de mínimos: lo tendré por seis meses en exclusiva.

Pasadas dos semanas me llama inquieto y me pregunta si ya lo he vendido. Le digo que no. Empezamos mal.

Honoré Daumier, Escena de caza.

Un mes después lo retira justificándose en que debe darlo como aval al banco para un crédito que ha pedido para financiar una promoción. No entiendo nada, pero me lo creo y se lo doy.

Pasados seis meses me reencuentro con el Miró en el stand que hay delante del mío en la feria donde habíamos quedado que lo vendería: lo expone un anticuario francés que lo ha comprado a través de un agente en Barcelona.

¿El cazador cazado? Doblemente. Él en su mentira de hombre sin moral y yo en mi ingenuidad de pensar que el mundo es perfecto como un poema antiguo o el dibujo de una mujer de Miró.