Un coche a gran velocidad recorre los Alpes. No hay tiempo que perder. Los viajeros quieren llegar cuanto antes a su domicilio en Turín para poder disfrutar de la singular joya que han comprado, una de las obras maestras de la etapa de juventud de Salvador Dalí. Pero el cuadro no llegará en sus mejores condiciones a su destino final.

La pieza se titulaba Natura morta. Invitació a la son y fue realizada en 1926. En ella el pintor quiso rendir homenaje a su mejor amigo de juventud, a Federico García Lorca, en aquel momento una joven promesa literaria que todavía no había logrado los éxitos que lo convertirían en uno de los más grandes poetas del siglo XX. Se habían conocido un poco antes, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, y ese encuentro los marcó para siempre, influyéndose mutuamente, algo que ha sido estudiado con detalle especialmente por Rafael Santos Torroella e Ian Gibson.

Federico García Lorca estirado en el suelo de la playa del Llané, Cadaqués. Foto: Anna Maria Dalí. Archivo particular.

El cuadro está presidido por un gran retrato de Lorca con los ojos cerrados, la invitación al sueño de la que nos habla el título. Es uno de los muchos juegos practicados en la Residencia por el granadino: representar su propia muerte. El poeta, como recordarían algunos de sus amigos, trataba de recrearlo todo: desde la cuidadosa colocación de su cuerpo sin vida en el ataúd pasando por el paseo del féretro por las calles empedradas de Granada, hasta la descomposición final del cadáver en su tumba. Era su particular manera de burlarse de aquello a lo que tanto temía. En 1925, durante su primera estancia en Cadaqués invitado por el pintor, Lorca se trajo hasta la casa de los Dalí, junto a la playa de Es Llané, ese juego. La historiadora Mariona Seguranyes, en su libro Els Dalí de Figueres. La família, l’Empordà i l’art recupera varias imágenes de esa diversión a la que acompañaron a Lorca los hermanos Salvador y Anna Maria Dalí. Fue esta última la que afortunadamente captó con su cámara todo aquello, un documento que hoy podemos definir como imprescindible. Una de esas fotografías fue en efecto la base para poder pintar Natura morta. Invitació a la son sin tener que contar con el modelo posando.

La cabeza del poeta queda fusionada con lo que parece una luna llena, una lectura más onírica del juego fúnebre. Pero aquí es donde se percibe la genialidad del joven Dalí que toma como referencia una mesa en el velador de la casa familiar, debidamente volcada en el suelo para crear este efecto. Eso lo sabemos gracias, precisamente, a la fotografía realizada por Anna Maria y que mucho debió gustar al poeta. Tanto es así que se las llevó con él, en 1929, a Nueva York, tal vez para recordar esos días felices en Cadaqués. Lorca se las entregó al editor Ángel Flores quien las publicó en el número 3 de la revista neoyorquina Alhambra, en agosto de ese año.

Catálogo de la exposición de Dalí en las Galeries Dalmau, con la reproducción de Natura morta. Invitació a la son. Colección Santos Torroella. Arxiu Municipal de Girona.

El cuadro fue expuesto en las emblemáticas Galerías Dalmau, de Barcelona, donde formó parte de la importante muestra dedicada a la producción daliniana de ese tiempo y que tuvo lugar del 31 de diciembre de 1926 al 14 de enero de 1927. Su precio era de 700 pesetas y no atrajo a ningún coleccionista. Fue el marchante Josep Dalmau quien acabó guardando aquella tela de casi un metro por un metro.

Pero esta historia empezaba con un coche a toda velocidad. Lo conduce un peculiar coleccionista italiano llamado Giuseppe Albaretto y se ha convertido en los años 60 en un ruidoso admirador de Dalí. Junto con su esposa Mara han invertido mucho dinero en el pintor ampurdanés, encargándole ilustraciones para ediciones de clásicos como Las mil y una noches o La Odisea. Para Dalí es dinero fácil porque son obras que en la mayoría de las ocasiones -casi siempre acuarelas- realiza de manera rápida, casi para cumplir el expediente. Una vez acabado e impreso el volumen, los Albaretto se quedan los originales. Para Salvador Dalí y su esposa Gala estos coleccionistas son también alguien a quien poder recurrir cuando hay algún problema. Por ejemplo, cuando Gala rompe su relación sentimental con un chico llamado William Rothlein, ellos serán los encargados de comprarle las cartas de apasionado amor al joven para evitar el escándalo de su publicación en la prensa.

Gracias al crítico de arte Rafael Santos Torroella, los Albaretto conocen a los principales galeristas y coleccionistas que hay en Cataluña, y que pueden tener obra de Dalí a la que se pueda acceder. De esta manera es como se enteran de que la viuda de Josep Dalmau guarda en Barcelona una pieza de primer nivel: Natura morta. Invitació a la son. Para Giuseppe y Mara es la forma de poder tener uno de los principales trabajos del Dalí joven, adquirido sin traicionar al artista porque les ha prohibido que compren nada a Anna Maria Dalí, depositaria de cuadros y dibujos de los años veinte.

La versión «restaurada» de la obra, reproducida en el catálogo «Salvador Dalí. La vita è sogno».

Los Albaretto pagan el cuadro y lo colocan en la baca de su coche. Fue el propio Santos Torroella quien me detalló hace años que la obra fue mal envuelta y en la zona de los Alpes, con un gran viento como enemigo, el cuadro voló. Los Albaretto tardaron en darse cuenta de que lo que habían comprado ya no estaba en el coche. Cuando la recuperaron, la tela había sufrido muy severos daños, algunos irreversibles. Lo que quedaba de la composición fue llevado a Turín, donde se intentó salvar en el taller de los salesianos. Santos Torroella les proporcionó la única imagen que se tenía hasta el momento de Natura morta. Invitació a la son a color, procedente del catálogo de la exposición de Dalmau en 1926-1927. Se repintó lo perdido y se cosió lo rasgado, aunque el crítico de arte admitió al autor de estas líneas que no estaba muy conforme con el resultado final.

Precisamente ese resultado final acabó decorando los salones del domicilio turinense de los Albaretto junto con composiciones dalinianas como El Cristo del Vallès o Twist, además de otras sobre las que ha planeado la duda respecto a su autenticidad. Los coleccionistas decidieron no mostrar el cuadro públicamente y hasta rechazaron dejarlo en la exposición que sobre Dalí y la arquitectura que se celebró en la Pedrera en 1996. Sin embargo, en ese año sí que formó parte de “La vita è sogno”, una muestra en Turín en la que podía verse buena parte de la colección Albaretto. Allí apareció Natura morta. Invitació a la son a todo color, brillante, casi como si estuviera recién restaurada.

Captura del catálogo razonado de pinturas de Salvador Dalí, con la ficha de Natura morta. Invitació a la son.

Cuando a principios de este siglo la Fundació Gala-Salvador Dalí pudo por fin estudiar y avalar lo guardado por los Albaretto, algunas de sus obras fueron destruidas por ser consideradas como no realizadas por la mano del artista. Respecto al cuadro que nos ocupa, la institución daliniana decidió inscribirla como en “localización desconocida”. Y es que a base de retoque y retoque, los pigmentos originales de Dalí se habían ido esfumando.

Pero con los Albaretto siempre hay giros de guion inesperados. En la mejor línea de una película de enredos, el cuadro llegó a Nueva York en la primavera de 2012 para formar parte de una subasta en Sotheby’s. Venía auspiciado por un certificado de autenticidad de Nicolas Descharnes, pero sin el apoyo de la Fundació Gala-Salvador Dalí. Sotheby’s se cuidó mucho de no nombrar a los Albaretto en el catálogo y en su ficha indicaba erróneamente que era propiedad del descendiente de un coleccionista japonés que se había hecho con la tela en 1969. No era verdad. Lo que sí es cierto es que su precio de salida fue de 400.000 dólares. El 3 de mayo de 2012 alguien pagó 1.010.500 dólares más la comisión de la casa de subastas. No se sabe si el propietario anónimo llegó a conocer lo de ese peculiar viaje en coche de los Albaretto. En el catálogo razonado de la fundación sigue bajo la etiqueta de “localización desconocida”.