Llevo un cabreo de babuino y espero que se note en el tono con que escribo este texto.

Empezaré por relatar dos eventos paralelos que tuvieron lugar en Barcelona no hace mucho. 1/ Cuando el MoMA de Nueva York organizó la gran exposición de Torres García (Torres García: The Arcadian Modern) el MNAC fue requerido como prestatario de obra, cosa a la que se avino. Después de Nueva York la exposición viajó a Madrid y a Málaga. A Barcelona, no. No vino porque el Museu Nacional d’Art de Catalunya, nave capitana de la museística artística catalana, al revés que Madrid y Málaga, no tenía presupuesto para pagar el coste de traerla. Reflexionen sobre este detalle.

Sarah Lou, Erotic Museum. CC BY 2.0.

2/ Más o menos por las mismas fechas el edil por el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona, Jaume Collboni, anunciaba en prensa=bombo y platillo, en la más pura raigambre socialdemócrata peninsular, la transformación de uno de los pabellones de la Feria del ’29 en una mega sala de exposiciones “internacionales” (cuando oigo la palabra “internacional” el cuerpo me pide la tenencia ilícita de armas) sin decir ni una palabra sobre lo que costaría hacerlo, mantenerlo y programarlo y, para mayor ofensa, soltado el globo de aire caliente con el edificio de MNAC, un museo nacional al que le falta con urgencia dinero, espacio, de todo, sirviendo como telón de fondo. Y Collboni sin despeinarse. Yo me pregunto si a esto hay que llamarlo casualidad, desfachatez o simplemente ganas de joder a todos los que nos importa de verdad el arte y la cultura. ¿Ustedes han oído hablar del asunto después del anuncio? No, ¿verdad? Durante el franquismo ahorrábamos para ir a Paris o a Londres en auto stop de vez en cuando para enterarnos de en qué consistía vivir en el mundo en lugar de en su culo. Ahora podemos ir a Málaga.

Tengo malas noticias. Barcelona y, por ende, Cataluña, se está hundiendo a marchas forzadas en el limbo cultural más desastroso, con el peligro de que lo único que finalmente tenga que ofrecer sea todo aquello que tienen las ciudades irrelevantes de postal, a saber, un pasado más o menos notable acompañado de un presente incapaz de competir con los grandes. Siento tener que decir esto, pero cuando hablo de grandes ni siquiera estoy pensando en Londres o NY, sino en Madrid que nos pega un revolcón y medio con una mano atada a la espalda. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a una situación así con lo guapos que somos? ¿La estafa de la crisis? ¿Los recortes salvajes de Artur Mas? ¿La pérfida Castilla? Me temo que tiene que haber algo más y la culpa no es de Madrid. Quizá, entre muchas otras cosas, haya que tener en cuenta el desprecio que la alcaldesa Ada Colau tiene por la cultura para pijos que se genera desde el ámbito del arte contemporáneo cuyo exponente más visible es el MACBA, por ejemplo. Da igual, empecemos a ser adultos. Que la profesora nos tenga tiña no es excusa para no llegar a premio Nobel si se sabe pelear.

En mi opinión se trata de un cúmulo de varios factores. Uno es incompetencia pura y llana, y no me refiero únicamente a la ignorancia y falta de imaginación de la clase política  de este país; desde el “sector” también ha habido y hay carencias clamorosas, pero el común denominador letal es la falta crónica de valentía y ambición que sufre este país desde hace ya mucho, mucho tiempo. También la falta de humildad por parte de los que mandan de preguntar a los que saben. Y para ejemplo paradigmático, aparte de la maldición de Tutankamón, una vez más el MACBA, el museo que no tiene quien le quiera. Miren, hay una ley no escrita que dice que cuando se hace algo por razones que no son las que tendrían que ser, el proyecto nace con una enfermedad endémica de difícil cura. Y esto es precisamente lo que ocurrió con el MACBA desde el primer día. La decisión de crearlo no surgió de la necesidad urgente, sincera e informada que hubiese tenido que estar en el origen de proyecto (tener que explicar lo obvio es una de las cosas más difíciles que existen). Aparte de colonizar el Raval no había una idea clara de crear como prioridad un polo de excelencia que mirase de tú a tú a lo mejor del gremio. Nada. Se hablaba sin parar y en abstracto del “modelo museográfico” mientras el arquitecto hacía lo que le daba la gana como si eso fuese el código criptográfico que abría la cueva de Alí Baba, como si hubiera la necesidad perentoria de inventarse lo que ya llevaba existiendo sin demasiados problemas por el mundo desde hacía casi un siglo. Es como el sexo, si sabes de qué va lo haces y punto, pero si tienes problemas hablas mucho, mucho, mucho, acaba saliendo fatal y no te piden que vuelvas. Después de tanto modelo museográfico y tanto niño muerto, más dos directores simultáneos que se pisaban el terreno, el MACBA se inauguró vacío. ¡Toma modelo! Reinventamos la rueda y salió cuadrada. Y desde entonces la malaise perpetua. Mis amigos americanos se quedan estupefactos ante la tragicomedia macbiana en una ciudad, según ellos, tan cool. Claro, sus museos no están cuestionando constantemente en unos ejercicios espirituales sin fin su razón de ser. Saben para qué sirven, están encantados de la vida haciendo lo que hacen, a rebosar cualquier día de la semana a pesar de cobrar, como el MoMA, 25 pavos por cabeza. La ciudad está orgullosa de tenerlos, cuantos más mejor, para que cada uno haga lo que crea que tiene que hacer a su manera. Si hay problemas se resuelven sin poner a la institución en la picota. Saben que donde hay museos hay producción de conocimiento, preservación de patrimonio, cultivo de la historia, memoria, rigor académico y sobre todo, sobre todo, hay excelencia, esa virtud inefable que hace que el mundo valga la pena. Es el planeta en el que se puede andar y mascar chicle al mismo tiempo y si las cosas funcionan es porque es lo normal y no hace falta arreglarlas. Nadie pierde el tiempo buscándole los tres pies al puto gato.

En Cataluña nos vemos confrontados con un renovado contexto de escasez post bellum.

Se puede añadir otro aspecto que quizá sea la puntilla histórica y sociológica de todo este embrollo. El respeto incuestionable por la cultura y el convencimiento de que ella y fascismo eran antitéticos se fraguó en España durante el franquismo. La superioridad moral de las humanidades, las artes, la cultura en general estaba fuera de toda duda y era prácticamente una declaración de principios democráticos defenderla. Es posible que no se tuviera una idea demasiado precisa de cómo y de que manera era así, pero nadie se atrevía a ponerlo en duda so pena de quedar muy mal. Estaba en el manual de instrucciones de la democracia y todo lo que se hizo en infraestructuras culturales durante la transición estuvo informado por esa creencia. Esta inercia se mantuvo durante el primer periodo socialista y con eso bastaba. Al PSOE le pareció que tenía que cultivar el mundo de la cultura aunque solo fuera para darse lustre. Incluso pensar así implicaba que se tenía a la cultura como algo importante. Hasta que todos, digo todos, en Cataluña lo mismo, se dieron cuenta de que daba exactamente igual. El destripaterronismo político podía dejar morir de inanición el coñazo ese de la cultura (ya se había perdido la vergüenza) sin perder un solo voto de los que cuentan y, a partir de ahí empezó el desguace de fin de temporada con las consecuencias que conocemos. Eso es grave, pero mientras se van haciendo cosas y los museos e instituciones hacen lo suyo sin que se les moleste demasiado se va tirando, hasta incluso bastante bien a veces, al menos en el terreno de las exposiciones de fuste. Pero cuando el deterioro del tejido institucional llega al extremo de que solo hay dinero para pagar la luz y poco más, como está sucediendo hoy en Cataluña, nos vemos confrontados con un renovado contexto de escasez post bellum, no exagero, suavizado con una triste capa de maquillaje mal aplicado. Estoy seguro que habrá quien la situación le parezca coyunturalmente soberbia porque de esta manera el contraste será sublime con lo que nos espera cuando Catalunya sea independiente. Mientras tanto ya está bien que nos muramos de asco y aburrimiento y Barcelona no pase de ser el muelle de atraque del crucerío internacional, eso sí, con una política cultural enfocada a los barrios, per a la gent. ¡Aleluya!