Se había despertado a media noche sobresaltado y envuelto en un sudor frío que había calado entre la ropa del pijama y las sábanas. La pesadilla de siempre: él perdido en la inmensidad de unos campos que se iban haciendo pequeños a medida que avanzaba, y que se lo acababan tragando bajo un cielo infinito de estrellas.

Entonces Miró, como casi todas las noches, abría la ventana de la habitación para que entrara un poco de aire y el fresco de la madrugada le aliviara de las ataduras del sueño, pero antes de que el sopor retornara como un bostezo perdido, se quedaba un rato mirando el paisaje que, aun cubierto por la timidez del nuevo día, se abría ante él y le ofrecía el sentido pleno de las cosas.

La Masia (1921-1922), de Joan Miró. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

El verano empezaba a declinar y Mont-Roig ya escribía adioses sobre la tierra áspera, pero la angustia y la timidez le seguían como un perro faldero a pesar de disiparse entre la tranquilidad de la naturaleza que lo rodeaba, que hacía y deshacía con vida propia y en las normas del silencio y de las que, y esto ya lo sabía de sobras, nunca podría librarse.

Huir de todo y de todos advenía en una necesidad de supervivencia, de vida o muerte a punta de pistola, cuya misión final era abandonar la losa familiar, que sin pesar sobre la báscula pesaba tanto sobre él, y dejar atrás unos padres que habían creído tan poco en el camino que había decidido emprender y que hubieran querido, a pesar de todo, que hubiera seguido el negocio familiar y hubiera convertido el colmado en una empresa de referencia, tratos cordiales y secretos de barrio. Las cosas que se callan y se saben sin saberlas y que anidan dentro, muy adentro, movieron a Miró a dejar primero Mont-Roig y más tarde Barcelona.

Miró llegó a París en 1920 con la mochila llena de los vestigios que hay que abandonar en algún momento por las esquinas no cartografiadas de la vida. Un día, después de cinco años instalado en la capital de las luces siguiendo el ritmo propio de una ciudad que nunca dormía, el pintor catalán se encontraba trabajando en su taller de la Rue Blomet cuando, de repente, llamaron al timbre. Abrió la puerta con desgana y, plantado enfrente, encontró a un hombre de facciones marcadas, boca torcida y pelo negro cuidadosamente repeinado que se presentó con el nombre de André Breton. Miró lo miró con curiosidad, dejó el pincel y lo hizo pasar con un movimiento de cabeza. Breton era un seductor nato, desprendía un magnetismo personal difícil de definir, a la vez autoritario, a la vez intransigente, estaba dotado de una gran agudeza mental que lo convertía, sin mucho esfuerzo, en un líder en potencia. Su retrato personal era muy poco habitual, pesimista, depresivo y tantas otras cosas que se escribían al margen de los márgenes.

Miró, sin saber cómo, se fue abriendo y, poco a poco, la conversación entre ellos se hizo más ligera y personal. Por eso, de repente, con una confianza chocante, Breton se lanzó a hablar de su vida y, sin dar tiempo al silencio incómodo, le explicó a Miró que justo al estallar la Primera Guerra Mundial había empezado a estudiar medicina y que había sido destinado al Hospital Militar de Nantes, y más tarde al centro psiquiátrico de Saint-Dizier. Clavando la mirada en un punto fijo del taller, recordaba con voz quebrada que cada día llegaban soldados con desvaríos y delirios producidos después de haber vivido experiencias traumáticas en el frente y que aquella temporada le sirvió para llevar a cabo procedimientos psicoanalíticos con los pacientes, como la interpretación los sueños o la asociación libre. Con el tiempo, todo esto lo había trasladado al campo del arte y había iniciado experimentos estéticos con el inconsciente y el lenguaje, los cuales le habían causado una obsesión casi enfermiza con Sigmund Freud y el psicoanálisis.

Miró le escuchaba fascinado, aquel mundo no le era nuevo pero en boca de Bretón adquiría un aire místico.

Miró le escuchaba fascinado, aquel mundo no le era nuevo pero en boca de Bretón adquiría un aire místico. De hecho, nada era extraño entre aquellos dos desconocidos que compartían un mundo de preocupaciones y miserias sin nombre. Miró sabía que era la primera vez que Breton hablaba tan abiertamente de ese tema y ponía sobre la mesa, en un acto de humildad impropio de su carácter, un dolor antiguo. Pero Breton continuó hablando, cada vez más sumergido en sus palabras, y le describió el viaje que en 1921 había hecho al Tirol con Tristan Tzara, Max Ernst y Jean Arp, en el que aprovecharon para hacer una salida a Viena y visitar a Sigmund Freud en su casa. Breton necesitaba la aprobación del proyecto surrealista por parte del padre del psicoanálisis. Pero fue una mala experiencia y no consiguió impresionarle. Freud se sintió presionado y obligado a afirmar un vínculo entre arte y ciencia que nunca había considerado, hasta el punto de que tildó el surrealismo de movimiento anti-artístico. Aquel encuentro había traumatizado a Breton quien, inmerso en un callejón sin salida, se mostraba todavía irritado, frustrado y dolido. Pero después de un largo suspiro, Breton afirmó que todo aquello ya era agua pasada y que las cosas, en la vida, transcurren por caminos extraños. Había podido compartir una conversación con Freud, pero a pesar de hallarse en polos opuestos –y el desengaño que arrastraría siempre– sentía, contradictoriamente, una satisfacción interna sólo posible cuando, sin reprimirte, haces aquello que quieres hacer.

El 1 de diciembre de 1926 Miró llegaba a Viena trastornado e inquieto, sin saber muy bien qué hacía allí. En el preciso momento en que ponía los pies en el andén habría tomado otro tren de regreso a París. La angustia de siempre le oprimía el pecho y las manos le temblaban como una hoja al viento, pero consiguió tranquilizarse, sabía que no tenía nada que perder. Llevaba la dirección escrita en un papel: calle Berggasse número 19. Se encaminó dudoso bajo la frialdad hermética de la ciudad, pero finalmente llegó. Llamó al timbre, que resonó tras la puerta, pero la respuesta fue un silencio largo y opaco. El doctor debería haber salido así que Miró, cansado del trayecto, decidió sentarse en el peldaño de la entrada y esperar a que llegara.

Sigmund Freud volvía a casa cansado después de haber pasado todo el día con Mathilde Altmann, la mujer de Josef Breuer, que había muerto en junio del año anterior. El decano de la Universidad de Viena había decidido rendirle un pequeño homenaje al que había sido uno de los profesores de fisiología más importantes del centro y había colaborado, junto con el mismo Freud, en las innovadoras investigaciones sobre psicoanálisis. Freud había tenido que aceptar la invitación a pesar del distanciamiento y las desavenencias que habían surgido entre ellos los últimos años. No había sido una velada cómoda, y lo único que deseaba era llegar a casa y descansar, pero al ver a aquel chico sentado en el portal recordó que a menudo la vida tiene por norma llevarte la contraria.

El estudio de Freud estaba lleno de libros y objetos que, guiados por un azar imprevisto, conquistaban el suelo, las paredes y las mesas. Más al fondo, detrás del escritorio, jarrones, bustos, grabados, ídolos y figuras de arqueología griega y romana reposaban en silencio su antigüedad. Aquel espacio era el retrato vivo de una personalidad de raíces profundas. Miró estaba fascinado pero las palabras del doctor lo volvieron de repente a la realidad:

–Usted dirá. Le pido disculpas por mi español, no es muy bueno. Solo lo leo y escribo con mi amigo Eduard Silberstein porque a los dos nos apasiona Cervantes, pero si se siente más cómodo podemos hablar en francés.

Miró le escuchó y, a media voz, le respondió que su castellano era impecable y que podían continuar en este idioma. Freud se sentó en su sillón e invitó a Miró a hacerlo justo enfrente. Sólo los separaba un escritorio donde se apilaban papeles, cartas y libros. Miró, entonces, le explicó la conversación con Breton, la curiosidad que de golpe le sobresaltó después de aquel encuentro un año atrás y la decisión de visitarle en Viena.

–Me acuerdo de ese hombre –replicó rápidamente el doctor– No fue un encuentro agradable. Me irritaron profundamente su actitud y su carácter altivo y agresivo. Yo estoy muy lejos de esos movimientos artísticos.

–Sí, hay algo de eso en su comportamiento –le cortó, tímido, Miró– Ese día vi que los dos estábamos muy cerca y a la vez muy lejos. Entonces sentí que se reabría una grieta en mí. Aunque yo también me considero artista creo que no logro encajar en todo esto.

La palabra «grieta» resonó fuertemente entre los pensamientos de Freud y, como un cortocircuito, alteró su estado de ánimo.

La palabra «grieta» resonó fuertemente entre los pensamientos de Freud y, como un cortocircuito, alteró su estado de ánimo que hasta entonces se había mantenido inalterable. Definitivamente, aquel chico había viajado a Viena para hablar. Fijando la mirada en una estatuilla romana con forma de babuino que utilizaba de pisapapeles, Freud se vistió de doctor:

–Me sorprende que use el término “grieta” cuando se refiere a sí mismo. Hábleme de esa grieta. Siéntase libre, exprese lo primero que le venga a la mente en relación con este punto.

Miró respiró profundamente y se acomodó en el sillón. Pasaron unos segundos antes de que se decidiera a responder.

–Creo que esa grieta viene conmigo desde siempre. Soy una persona tímida, reservada, que prefiere el silencio a la palabra, pero me siento libre cuando pinto. Es una forma de rebeldía. El lugar donde puedo distanciarme de todos y de todo. Pero útilmente me siento en una encrucijada. De hecho, mi padre nunca aprobó el camino del arte.

–Habla de su padre en pasado, entiendo entonces que murió y, por sus palabras, intuyo que la relación con él no fue fácil. De hecho, y supongo que usted lo sabe, es uno de los temas por excelencia de mis estudios en el terreno del psicoanálisis.

Miró se quedó en silencio unos segundos pensando y, a continuación, afirmó con un movimiento de cabeza.

–Sí, mi padre murió hace unos meses y si le soy sincero pensar en su muerte me produce la misma sensación de asfixia que cuando, por las noches, se me presenta un sueño en el que la tierra me engulle y me quita la respiración.

Freud era consciente de que había demasiados temas para tratar en una sola sesión, por lo que le sugirió a Miró que se quedara más tiempo en Viena, así podrían establecer varios días de visita; pero el pintor catalán se negó en redondo, el tren de vuelta a París salía al día siguiente a primera hora y no tenía ninguna intención de comprar otro billete. Ante la negativa, Freud se vio obligado a replantear el rumbo de la conversación, pero forzarla habría sido contraproducente, así que prefirió relajarse y que el encuentro fluyera. Sin embargo, sabía que con su interpretación probablemente arriesgaría demasiado y sería poco ortodoxo, pero se lanzó sin filtros:

–Que usted mismo establezca un vínculo entre la relación difícil con su padre, su reciente muerte y el sueño que se le repite cada noche puede explicar muchas cosas. Si me permite, usted me ha contado justo al entrar que se considera artista pero que se siente débil. A lo mejor Breton actuó como un espejo de lo que usted no es, pero quisiera ser. La convicción y seguridad de Breton lo impulsaron a venir desde París para demostrarse a sí mismo que podía resolver algo que él, en nuestro encuentro fallido, no pudo lograr. Creo que busca encontrar en mí la aceptación y la comprensión que nunca obtuvo por parte de su padre, y que su reciente muerte ha imposibilitado para siempre. Es decir, curar una culpa que se ha autoimpuesto y que no tiene razón de ser. Personalmente, lo interpreto como una cuenta pendiente que se le manifiesta en sus sueños y, a la vez, también se ve reflejada en su trabajo como pintor.

Miró estaba perplejo, el dominio de las palabras de Freud y la forma en que se expresaba le sorprendieron. Se sintió identificado en todas y cada una de las palabras.

–Entonces –añadió Freud, comprensivo– dígame, ¿qué siente al oír mis palabras? ¿Hay algo más de su vida de lo que debamos hablar?

–No puedo evitar estremecerme, sus palabras son como un rayo de luz en medio de la noche. Sí, hay algo más que quisiera comentarle. Me ruboriza hablar de esto porque, créame, yo soy una persona incapaz de hacerle daño a nadie, pero en el sueño cuando me encuentro caminando por los campos llevo algo en la mano. Un objeto que no consigo ver en ningún momento pero que intuyo que es algo así como un arma, y sé que usándola podré salir de esa situación angustiosa.

–Entiendo –respondió Freud a un tiempo que, elegantemente, se encendía la pipa–. Primero quiero que sepa que no he pensado nada malo acerca de usted al oír lo que me acaba de contar. Veo en usted una persona inteligente y sensible. Y creo que en el fondo se conoce muy bien. Créame cuando le digo que solo usted tiene la llave de sí mismo y, a lo mejor, esa arma de la que habla es solamente la idea de que la herramienta del cambio reside en usted. En el fondo, si me permite esta expresión técnica, usted ya mató al padre cuando decidió convertirse en artista, pero aun así entreveo una incomodidad personal que solamente podrá lidiar cuando se sincere y sea fiel a sí mismo.

En ese encuentro Miró se había lanzado a ciegas a un monólogo de pensamientos que, desordenados y sin filtro, iban manando al compás de un largo silencio sólo roto por su voz. Miró quedó sorprendido de sí mismo, lo que le asustaba, un torrente de palabras no dichas y reprimidas encontraban un instante improvisado de vida, no forzado, y salían de su cobijo para tomar forma y consistencia. Los padres, la pintura, Mont-Roig, el miedo a ser quien quería ser, constituían su eterno retorno personal como un pellizco molesto en la carne. Miró, exhausto, se quedó abatido con los ojos cerrados y los hombros encogidos y entonces se sintió desnudo, muerto de vergüenza y arrepentido de haberse hablado encima con tanta franqueza, tanto, que habría rebobinado ese instante si hubiera podido. Pero de repente se le hizo la luz y metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando algo. Freud lo miraba desconcertado.

Miró sacó la algarroba que llevaba siempre encima y que había cosechado alguno de aquellos veranos eternos en Mont-Roig. Ahora todo se le hacía claro: el arma del sueño era tan sólo una algarroba en manos de un campesino que, labrando y sin parecerse a nadie, quería pintar la humildad de la vida. Las raíces, los árboles, los pájaros, la piedra seca que anhelaba agua y el eco de un mar que traía historia eran, ahora lo entendía, el brebaje necesario para llenar telas y días. Asesinar la pintura, sí, para poder cavar un hoyo profundo en la piel y convertir el proceso creativo en terapia, en confidente de secretos y delirios y dejar de ser, por una vez, él mismo, su propio obstáculo. Miró cogió la algarroba, su imperfección rugosa y el rastro terroso que le teñía los dedos le recordaron otra vez los límites de su retrato que había perdido hacía tiempo entre las redes del pasado. Entonces, sobrepasado por una tranquilidad renovada, la dejó sobre la mesa, le dio las gracias a Freud, y marchó hacia París sabiendo más que nunca lo que tenía que hacer.