Bòlit Girona presenta una exposición singular que aporta luz y documenta un interesante experimento social y creativo que se dio en los años setenta en Nueva York, cuando, en el 127 de Prince Street, tres jóvenes abrían el FOOD, un espacio que fusionaba la idea de comer con la de comunidad y creación artística.

Harold Berg, coleccionista de Gordon Matta-Clark; Carmen Sais, directora de Bòlit y el crítico de arte Eudald Camps firman el proyecto, que se puede ver en los tres espacios de Bòlit y que, de una manera sorprendente, viene a demostrar que el experimento neoyorquino del FOOD tiene orígenes en el Ampurdán.

Vista de la exposición con imagen perteneciente a la instalación de Àngels Ribé, Work is the effort against resistance (1976). Foto: © PEREDEPRADA.

En los viajes al sur de Europa, en los años sesenta, una joven bailarina británica establecida en Estados Unidos, Carol Goodden, se fija en el Bajo Ampurdán. Desde Mont-ras, donde se instala, viaja por la península descubriendo, fascinada, la práctica del tapeo y este elemento tan mediterráneo que une el hecho social y el gastronómico. Cuando, cuatro años después, se va a Nueva York y conoce a la comunidad artística del SoHo, con el artista chileno Gordon Matta-Clark, su pareja en ese momento, planean un experimento nuevo: un restaurante para artistas donde se pueda comer barato y al mismo tiempo tejer comunidad. Alquilan un local que ya era un lugar para comidas (Matta-Clark tacha, en la fotografía, el antiguo cartel de Comidas criollas) y abren el FOOD, donde, desde 1971 hasta 1973, alimentarán a la comunidad artística del SoHo, un barrio degradado de alquileres baratos.

Vista de la exposición con fotos de la acción Raindrop Dance (1971) de Carol Goodden en el 112 de Greene St. Foto: © PEREDEPRADA.

Goodden pondrá el dinero de una herencia familiar, algunas ideas ampurdanesas como la cocina abierta y muchas horas de trabajo; Matta-Clark, el diseño del espacio y de los objetos, su mirada alquimista y su crítica al capitalismo; y Girouard la cocina cajun. Godden lo explica en un diario inédito recuperado para la exposición: «Durante tres años, FOOD produjo deliciosas comidas saludables y baratas (el almuerzo y la cena), proporcionó un lugar relajante para que los artistas se reunieran, planificaran eventos, quedaran entre ellos y, al volver a casa, pudieran decir que habían visto a Rauschenberg o a Rothenberg, a Nonas o a Noguchi. Durante tres años, FOOD ganó suficiente dinero para pagar sus facturas, alimentarnos a Gordon ya mí, a algunos amigos, a nuestros trabajadores y a otros que llegaron por la puerta trasera… Durante tres años, en FOOD trabajaron sesenta artistas que, de este modo, pudieron permitirse vivir en Nueva York mientras intentaban sacar adelante su carrera artística».

Sólo mirando los nombres de los amigos y clientes que circulaban por FOOD, tienes la sensación de que te encuentras en el ojo del huracán, con Laurie Anderson, John Cage, Jasper Johns o Lou Reed…

Si bien la aventura del FOOD es conocida, en el Bòlit Pou Rodó se presentan materiales de trabajo, vídeos, dibujos, cartas culinarias, listas de clientes y amigos, y acciones que se realizaron (magníficas y cómplices, algunas realizadas entre Matta -Clark y Goodden), y se transmite, con una inmediatez muy limpia, el espíritu del FOOD, que contribuyó a fijar comunidad. ¡Y qué comunidad! Sólo mirando los nombres de los amigos y clientes que circulaban por FOOD, tienes la sensación de que te encuentras en el ojo del huracán, con Laurie Anderson, John Cage, Jasper Johns o Lou Reed, por citar algunos.

Francesc Torres, Accident (1977), instalación multimedia. Foto: © PEREDEPRADA.

Pero la exposición sigue explorando el cruce entre la idea de la comida y la creación artística, con artistas catalanes que estaban también en Nueva York en aquellos años, como Antoni Miralda, Antoni Muntadas, Francesc Torres y Àngels Ribé. De Francesc Torres, en el Bòlit La Rambla se ha remontado Accident, una instalación compleja que había presentado en 1977 en el entonces espacio alternativo del 112 de Greene Street.

Vista de la exposición con obras de Fina Miralles: Relacions del cos en accions quotidianes (1975) y Fases de la lluna, l’oli i el pa (2016). Foto: © PEREDEPRADA.

En el Bòlit Sant Nicolau se presentan los ceremoniales hechos por los artistas catalanes de París, entre los que estaban Miralda, Jaume Xifra, Joan Rabascall y Benet Rossell, y otros artistas conceptuales catalanes que han trabajado la comida como Fina Miralles y Pere Noguera (qué grande su comida de Navidad flotando encima de una balsa en un paraje amenazado de las Gavarres).

Cérémonials de Benet Rossell y Jaume Xifra. Foto: © PEREDEPRADA.

Pero el hilo de la comida se estira hacia hoy incorporando obras de Marta Vergonyós y Mar Serinyà, que llenan, emotivamente, el antiguo espacio sagrado del ábside y las capillas laterales de esta antigua iglesia. Con tres acciones (una de cada una, y una tercera compartida), Vergonyós y Serinyà se aproximan a la comida de una manera más bien benjaminiana y que nos vincula, experiencialmente, a la tierra y a este gesto neolítico transmitido durante generaciones por abuelas y madres como es el hecho, humilde, de pelar una verdura.

Y ahora sí, nos hemos dejado el subtítulo de la exposición para el final: La utopía de la proximidad. Aparte de resultar extremadamente significativo en tiempos de pandemia, y de calificar con precisión lo que fue el FOOD, la expresión proviene del teórico del arte Nicolas Bourriaud en su texto Estética relacional: «La realización artística aparece hoy como un terreno rico en experimentaciones sociales, como un espacio parcialmente preservado de la uniformidad de los comportamientos. Las obras de arte de las que hablaremos aquí dibujan, cada una, una utopía de la proximidad.” En efecto, FOOD fue, en sí mismo, una obra de arte que dibujó una utopía social.

Mar Serinyà Gou y Marta Vergonyós Cabratosa, Taula viva. Paraulari (2021). Foto: © PEREDEPRADA.

Eudald Camps, en el texto del catálogo, aporta un interesante concepto marxista: intersticio, un término utilizado por Marx para definir comunidades de intercambio que escapan a la lógica del capital porque no responden a la ley de la ganancia. El FOOD se situaba en esta perspectiva: abrió, a todos los efectos, un intersticio social. Hoy que la gastronomía y la viticultura persiguen el arte para hacer maridajes que sólo buscan un rédito económico, la experiencia del FOOD fue honesta, «intersticialmente» honesta. Y esto, tanto en los años setenta como hoy, es mucho.

(No dejéis de consultar el blog creado para la exposición, planteado como un archivo vivo de textos y conceptos sobre el vínculo entre arte y gastronomía: https://foodutopia.cat)

La exposición Food. La utopía de la proximidad se puede visitar en Bòlit Centre d’Art Contemporani Girona, hasta el 30 de mayo.