“Los museos son sus colecciones”. Esta frase la tiene muy clara el director del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Pepe Serra, y la ha repetido muchas veces, de la misma manera que ya lo hacía su predecesora tanto en el MNAC como en el Museo Picasso, Maite Ocaña.

Pero lo que también está claro es que los tiempos en que los museos exhibían una colección inmovilizada y permanente al cien por cien han terminado. Los anglosajones hace décadas que lo han entendido y ahora los museos de aquí, empujados por factores muy diversos: los brutales recortes presupuestarios que obligan a compartir y cooperar si se quiere morir de inanición cultural; la necesidad de ofrecer experiencias y conocimiento a públicos muy diversos; y por supuesto la entrada de aires e ideas nuevos en la gestión que están creando dinámicas más flexibles en el despliegue de sus fondos.

Norman Narotzky, Webs,1956. Dipòsit de la Generalitat de Catalunya. Col·lecció Nacional d’Art, 2018.

El MNAC vive ahora un momento ideal para, digamos, “ensayar” nuevas relaciones y formas de exhibición ya que trabaja en la formación de la colección del arte de posguerra y la segunda vanguardia. A pesar de la limitación económica y, sobre todo, por el momento, la evidente falta de espacio, el museo acaba de abrir dos nuevas salas dedicadas al arte catalán del 1940 al 1980 que hacen de pequeña prefiguración de lo que debe ser en un futuro, que se espera que no sea muy lejano, este último ámbito temporal del MNAC. Àlex Mitrani ejerce de comisario de este momento emocionante porque nos encontramos delante de un campo para revisar, redescubrir nuevos artistas y poner de manifiesto la diversidad del arte catalán de posguerra, mucho más allá de la centralidad de la obra de Tàpies. Evidentemente él está presente con tres obras: dos fantásticos muros de pequeño formato y un retrato de Joan Brossa, de 1950, manipulado dos décadas después.

Albert Ràfols Casamada, El balcó, 1947. Dipòsit de la Generalitat de Catalunya. Col·lecció Nacional d’Art, 2017.

Las salas ofrecen diálogos muy bien ligados entre obras y artistas, aunque todo se tiene que resumir con poco menos de 40 obras. Junto a Tàpies luce (¡ya era hora!) la materia más nocturna de Amelia Riera en una pintura de 1963; entran en el MNAC las atrevidas abstracciones del acabado de recuperar en una muestra en la Fundación Vila Casas, Manuel Duque; y se habla de una exposición seminal para la recuperación artística, la del 1943 en la sala Reig, que Alexandre Cirici calificó como la primera muestra en la que se reintroducía la modernidad después de la Guerra Civil.

Las colecciones de arte públicas, vistas como si fuera una sola.

En medio hay obras que toman una nueva luz como La planchadora, de Ramon Rogent, dialogando con un interior de Ràfols-Casamada que prefigura su posterior abstracción; una expresiva vanitas de Guinovart o la escultura El circo, de Moisés Villèlia. Todo este conjunto se ha construido a partir de donaciones, depósitos, préstamos y alguna adquisición, como es el caso del Guinovart. El Macba, sobre todo con obras que proceden del fondo de la Generalitat, es uno de los orígenes principales de las piezas, una colaboración que será absolutamente natural a partir de ahora. Las colecciones de arte públicas, vistas como si fuera una sola.

Izquierda: Mas i Fondevila, Estudi. Museu Nacional d’Art de Catalunya. Derecha: Pablo Picasso, Acadèmia, Barcelona 1896-1897. Museu Picasso Barcelona en dipòsit al Museu Nacional. Donació Pablo Picasso, 1970 © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2018.

Del mismo modo, al inicio de las salas de arte moderno han entrado tres obras de Picasso, cedidas por un año por el museo barcelonés del pintor. En las salas del MNAC, los cuadros de Picasso encajan como un guante: un autorretrato, cuando el pintor tenía 14 años, que dialoga en la sala dedicada a los autorretratos junto al único al óleo de Julio González; y dos academias, en la sala sobre el aprendizaje del artista de finales del XIX. Es un gran acierto que una de ellas sea una copia parcial del Estudio de Arcadi Mas i Fondevila, del 1878, que el joven Picasso debería copiar en la Academia de Bellas Artes. La copia picassiana y el original de Mas, propiedad del MNAC, se han reencontrado ahora después de tantos años.

Habitació, Txeka, un projecte de Pedro G. Romero al Museu Nacional. Foto: Museu Nacional d’Art de Catalunya (Marta Mérida), 2018.

Más adelante del recorrido del arte moderno del MNAC, junto a la sala donde se exponen los carteles republicanos de la Guerra Civil, se ha insertado una exposición temporal de un artista contemporáneo, Pedro G. Romero, que se podrá ver hasta el 28 de abril. Una muestra de la flexibilidad del recorrido permanente del museo. De nuevo, la intervención encaja perfectamente en el itinerario ya que se expone una de las tres reconstrucciones que ha hecho el artista de una checa psicotécnica de la Guerra Civil, que pertenece al desbordante proyecto Archivo FX, sobre la iconoclastia y la profanación en relación con el arte. Se trata de una copia de la checa de Santa Úrsula de Valencia, en la que se aplican perfectamente los preceptos de Alphonse Laurencic sobre el uso de elementos iconográficos del arte moderno para la tortura.