En 1933, estando exiliada en Paris, la poeta rusa Marina Tsvietáieva escribía unas mémoires en diversas revistas de la ciudad.

Tres años después las reescribía, para adaptarlas al gusto francés, en un pequeño libro de cinco capítulos que nunca vio la luz pero que ahora nos ofrece la editorial El Acantilado. Son los recuerdos que le inspiró su padre, el coleccionista Ivan Tsvietáieva, fundador del museo de bellas artes de Moscú, el actual museo Pushkin.

Marina Tsvietáieva.

La melancolía impregna las líneas de este texto. Describe la ilusión del padre por construir un espacio que dedicará a su colección, la forma como celebra la vida a través del arte, y cómo lo comparte con los demás. El museo como contenedor del pasado y promesa de futuro. Un retrato de la sociedad moscovita prerrevolucionaria donde la cultura no era un lujo estéril y mundano sino un bien preciado que había que proteger, las últimas oleadas de la Rusia zarista que estaba a punto de desaparecer, barrida por los vientos de la revolución.

Este libro es el reverso de Mi madre y la música, publicada por la misma editorial, un canto a su madre, una pianista amateur. Ambos libros son la cristalización de un bello propósito: honrar a los padres a través de sus pasiones. Y, al mismo tiempo, una evocación de la única patria que tenemos: la infancia.

Tsvietáieva no se fija en los objetos, sino en la pulsión que hay detrás de todo coleccionista.

Tsvietáieva no se fija ni en los objetos, ni en la museografía, sino en el carácter humano, la pulsión que hay detrás de todo coleccionista. No le interesa nada que sea material: “manejar sus bienes es infinitamente más difícil para un escritor que donarlos, y una gran mesa de madera blanca es infinitamente más atractiva que un hermoso escritorio con cajones quizá llenos de cosas inútiles que atestan, sobre todo, la cabeza”. Desde esta posición ética y estética, la poeta puede elaborar su imaginario poético, una isla donde refugiarse de un régimen que la dejó pobre y sin marido, exiliada y sola como a un perro sin dueño.

Hoy la palabra museo es sinónimo de aburrimiento. Cuando el padre de la poeta inauguró su museo, el pedagogo moscovita Vajterov le criticó por innecesario: “¿Para qué queremos un museo? Lo que hace falta son laboratorios y no museos, maternidades y no museos, escuelas municipales y no museos. Pero no pasa nada. ¡Que lo construyan! ¡Vendrá la revolución y reemplazaremos todas estas estatuas por camas! O por pupitres. No nos molesta que lo construyan. Las paredes nos serán de utilidad.”

Paradójicamente, más de uno suscribiría hoy estas palabras llevado por la perversa cultura de la demagogia populista, que se basa en afirmar algo negando la otra, contraponiendo absurdamente los asuntos sociales con los culturales. Es evidente que hoy más que nunca son importantes los hospitales, los laboratorios y las escuelas, pero también lo son los museos, los teatros y auditorios, y las bibliotecas. Los primeros nos salvan la vida, los segundos nos reconfortan el alma.

El marco mental de Marina Tsvieátieva no era exterior sino interior. El recuerdo de su progenitor y del museo como una capsula sostenida en el tiempo, el sueño que su padre pudo ver con sus propios ojos y que ella edificó con los ladrillos de las palabras y el cemento de la memoria, en estos cinco relatos bellos y breves. Finalmente, la realidad se impuso a la ficción y nada ni nadie impidió que el último día de agosto de 1941, consumida por la nostalgia del mundo de ayer, decidiera poner fin a su vida.