Salvador Dalí es uno de esos personajes mundiales –aparte de ser catalán– sobre los que hay tanta bibliografía que parecería que ya se ha dicho todo sobre él.

Pero ahora nos llega todo un libro de 335 páginas que cuenta una historia insospechada que enriquece mucho el retrato personal del artista, y de rebote de su musa perenne Gala, a la vez que inserta esta historia en el devenir de toda la última época creativa del artista.

Imagen editada para la cubierta del libro de Montañés.

El libro se titula El niño secreto de los Dalí (Roca editorial, Barcelona 2020), y su autor es José Ángel Montañés, uno de esos periodistas que prestigian su oficio, y que reivindican, sin formularlo explícitamente, que lo que llaman «periodismo de investigación» no tiene nada que ver con averiguar con quién se acuesta una actriz o una princesa, sino con cosas mucho más cercanas al noble oficio del historiador.

Montañés (Murcia 1962), licenciado en Prehistoria e Historia antigua por la UB y diplomado en Restauración por la Diputación de Barcelona, es desde hace muchos años un referente de primer orden en el periodismo cultural, desde las páginas del diario El País. Es alguien que se interroga, investiga, informa y opina, por lo que tiene también sus detractores, pero nunca por falta de competencia sino en todo caso por disentimiento de manera de ver las cosas. Pero en las sociedades maduras, la gente más informada, a la vez, puede ser la que más puede diferir de las certezas de los demás informados, y a la larga nos deberíamos acostumbrar a convivir en la divergencia, siempre que sea fundamentada y civilizada. Y Montañés es un hombre muy civilizado.

La historia es que un niño, hijo de Jaume Figueras, aquel pintor daliniano de Cadaqués, vecino y hombre de la limpieza en can Dalí durante muchos años, cayó tanto en gracia a aquel matrimonio peculiar que acabó por entrar, siempre que quería, en la casa de ellos en Portlligat, por la puerta de la cocina, sin pedir permiso, porque los dueños de la casa habían depositado en él toda su simpatía, como si se tratara de alguien de la familia. Joan Figueras y Oliveras, que era el nombre del niño, había hecho de modelo de Dalí para el niño Jesús de las dos madonas de Portlligat, óleos importantes del Dalí de madurez, y para otras obras. Pero cuando su tarea de modelo del pintor ya no era frecuente, él continuaba transitando por la casa sin dejar de ser deseada su presencia.

Dalí y Joan, camino de Portlligat a Cadaqués. Foto: Francesc Català-Roca. Fons fotogràfic F. Català-Roca de l’Arxiu Històric del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya.

Joanet había conseguido que cuando Gala estaba en Estados Unidos –cada año la pareja pasaba muchos meses residiendo en Nueva York– le enviara postales escritas en un divertido catalán macarrónico reclamándole casi lastimeramente que no dejara de escribirle; o que, cuando ella estaba en Portlligat, le limpiara a fondo la cabeza cuando volvía lleno de piojos de la escuela. Si el niño hacía una travesura infantil, los Dalí no le regañaban, comprensivos como eran de su condición, lo que muchos padres de verdad no solían ni suelen tolerar.

Como ha dicho Ricard Mas –nuestro gran experto en Dalí– en una reseña de este libro, ante la extrañeza que puede provocar esta conducta de Dalí hacia una criatura, es «como si ternura, crueldad, amor, indiferencia y tantas otras emociones humanas fueran incompatibles». Gala se mostró mucho más maternal con Joanet que con Cécile, su hija de verdad, la que había tenido de su matrimonio con Paul Eluard, a la que no quería literalmente ni ver. Esta buena sintonía entre Gala y el niño, nadie la entendía en Cadaqués, donde la gente, a la que no podían ver era a la mujer del pintor, debido a su carácter hostil y antipático, que se había ganado a pulso entre sus vecinos a excepción de los más cercanos, los que trabajaban en la casa.

Joan en la playa de Portlligat. Foto: Francesc Català-Roca. Fons fotogràfic F. Català-Roca de l’Arxiu Històric del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya.

Nadie hablaba hasta ahora de Joanet Figueras, pero no porque los Dalí lo escondieran. Aparece en infinidad de fotografías de los Dalí en la casa de Portlligat, en la intimidad o ante todo tipo de visitas. Cuando los Dalí iban con los Nicolas, sus amigos franceses, amigos y no clientes, ya que no le compraban pinturas, Joanet estaba presente con todos ellos con toda naturalidad. Y es que las cosas más evidentes a menudo no se perciben si alguien no las observa con un mínimo de inteligencia.

Joan tampoc va fer cas a Dalí quan aquest volia que fes la carrera militar.

Dalí quería que Joan estudiara en Estados Unidos a cargo de ellos, por supuesto, pero los padres de la criatura no lo quisieron, y el chico llegó hasta hacer el Bachillerato elemental, y Comercio, y era Dalí mismo quien le iba a recoger a la salida de los exámenes en Figueres. Joan tampoco hizo caso a Dalí cuando éste quería que hiciera la carrera militar (!), A saber por qué raro mecanismo mental. Cuando el chico ya había crecido, el pintor anunció muchas veces públicamente, que estaba planeando una película en catalán, y fragmentos en castellano, que se tenía que llamar El alma o La carretilla, y que el protagonista absoluto debía ser Joanet, película que al final no encontró viabilidad pese a la insistencia que puso el artista.

José Ángel Montañés.

Pero a los dieciséis años, Joan se puso a trabajar con su padre en la pequeña empresa de construcción y pintura doméstica que había acabado formando, liberando a este de trabajos que le permitieron sacar adelante la nueva etapa de artista-pintor de Jaume, carrera que haría con la complicidad y apoyo absolutos de Dalí, tanto en Cataluña como en Estados Unidos. Joanet, en su época de estar delante del negocio familiar, colaboró mucho con el arquitecto Lanfranco Bombelli, responsable en cierto modo del vuelco positivo que la arquitectura moderna dio en Cadaqués, basándose en la autenticidad de la arquitectura marinera tradicional.

En la época que Montañés llama «de los secretarios», cuando Dalí en lugar de dirigir a solas su vida y carrera controlado sólo por Gala, empezó a depender de personas externas –Moore, Sabater, Descharnes–, el trato con Joan se fue diluyendo, y la compra de Púbol aún diseminó más el mundo de los Dalí de toda la vida, que se trastocó.

A pesar de la evolución que hicieron las cosas entre Dalí y Joan, el pintor, al poner en marcha el gran proyecto del Teatro-Museo Dalí le ofreció reiteradamente la dirección al chico, ya adulto, que no aceptó. Se había casado, tenía dos hijas y no quería dejar el negocio familiar ni marchar de Cadaqués, ya que de aceptar el cargo tendría que pasar muchas horas en Figueras.

Joan Figueras podía haber sido un «malcriado», habiendo sido tan mimado por Dalí, que eran gente del máximo nivel, pero no fue así. Haber sido llevado en bandeja de plata por aquellas grandes celebridades mundiales no le subió a la cabeza. Lamentablemente murió joven, pero habiendo demostrado, o así parece, que era un hombre maduro y bien centrado.

En el libro quizá sólo echo de menos alguna referencia a la figura de Miguel Doménech, abogado del pintor, hombre fuerte de la entonces omnipotente UCD, y que seguramente tuvo sobre Dalí más influencia aún los secretarios de turno. Quizá este personaje no tuvo relación con Joanet, pero en el libro, en paralelo a las peripecias del chico ya se suelen explicar muchas cosas más del entorno de Dalí, y de esta en concreto habría estado bien de estirar el hilo, como Montañés ha hecho con tantos aspectos más, a través de la consulta de innumerables documentos personales y de escuchar a tantos testigos directos que dan un retrato mucho más pleno del entorno de ese artista tan denso. ¡Creo que el caso Doménech podría dar para todo un libro monográfico!