Empecemos con un preámbulo, tal vez un poco ofensivo para aquellos que creen tener buen criterio. Antes de preguntarse: ¿qué es esto ?, habría que cuestionarse ¿qué hay de racional o de relacionado (son dos palabras concatenadas, pero de origen y de orientación muy diferente) con el inconsciente?

Porque cuando nos preguntamos algo y no se nos da la respuesta a continuación es el inconsciente –aquella parte nuestra que no querría traicionarse– que busca inmediatamente por qué no encaja en nuestra manera de percibir, ver o entender el mundo, el entorno, sea el social o el natural.

Pablo Picasso, Grupo de hombres y otros croquis, Horta de Sant Joan o Barcelona, 1898-1899. Museu Picasso, Barcelona. Donación Pablo Picasso, 1970. MPB 110.580R. Reproducciones fotográficas de Gasull Fotografia. © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

Con su obra plástica, que la mayoría de la gente considera sincera al cabo de los años de convivencia (sobre todo desde el Guernica), y su obra poética –más recientemente puesta de manifiesto–, debemos decir inmediatamente que Picasso sería un de aquellos poetas –y, en general, artistas– que Platón, el gran filósofo de las realidades ideales seguras, desterraría de su República del bienestar. Porque Picasso pinta, escribe, sobre o con objetos y utensilios que, cuando son vistos, oídos, te impulsan, te sacuden, pero no tienes que saber de qué va porque sólo es para la poética plástica o escrita que son tolerables; el mundo de Picasso es el mundo de la frenética, de la inquietud, sea, inicialmente, de una justicia social escondida bajo la caridad, o de una brutalidad existencial insaciable, sea por el erotismo (en toda su magnificencia procreativa o de desgaste de la fuerza del cuerpo), sea por las ansias de poder y/o de dominio de los unos sobre los otros al margen de toda ética, porque no hay otra ética que aquella que establece quién la puede imponer.

Pablo Picasso, Corrida: la muerte de la mujer torera, Boisgeloup, 6 de septiembre de 1933. Musée national Picasso-Paris. Dación Pablo Picasso, 1979. MP144. © RMN-Grand Palais (Musée national Picasso-Paris) / Mathieu Rabeau © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

Platón no admite el desenfreno porque cree que el mundo es un paraíso para el conocimiento y disfrute tranquilo de la maravilla que pueda ser este universo con n números, con un orden y un compás medidor.

Ante la irrealidad platónica Picasso se nos aparece como el gran trágico, aquel que, inocente, debe cumplir las atrocidades más despreciables, sabiendo, sin embargo, que por este atajo sólo llegaremos de la realidad a tener mención del dolor y del gozo. Picasso es el gran traidor social porque de todo sólo nos hace patente el dolor del deseo o la belleza y esplendor sensible y refinado (la línea, esa línea, ese amasijo de líneas o de manchas, aquellos planes que no concluyen pero que vislumbran hacia quien sabe qué y dónde) magnificencia todo ello de lo indeseable. Pero, para los humanos, ¿quién sabe cómo deben ser las cosas si, con la sinceridad nos muestran tal como nos las hace patentes Picasso? Los artistas y los poetas, los desterrados, saben que él –y algunos otros sinceros absolutos– están en lo cierto.

Pablo Picasso, «les tableaux sont des folles», 4 de enero de 1936, facsímil en la cubierta de Cahiers d’art, n.° 7-10 (1935), París, 1936. Museu Picasso, Barcelona. © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

Picasso ha dicho, pintado y escrito que si fuera chino sólo se expresaría con los caracteres gestuales de la escritura de los poetas de unos lares donde el dolor real se debía ocultar y sólo mostrar el dolor-alegría vital sensual, cierto, pero que sólo era tolerable como imagen, nunca como objetividad.

Pablo Picasso «Trozo de almibar» París, 9 de junio de 1939. Pablo Picasso, El entierro del conde de Orgaz. Museu Picasso, Barcelona. Donación de Raimon Noguera Guzmán, 1985 MPB 112.818 Museu Picasso, Barcelona. Reproducciones fotográficas de Gasull Fotografia © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

De muy joven Picasso se enteró de que en sus entornos sociales barceloneses había un poeta que hacía el «elogio de la palabra» (Joan Maragall), porque entendía que la palabra que manara de la vida y de la intención limpia no traicionaba. Y eso es lo que Picasso empezó a buscar –a través de la suciedad cotidiana– en el mundo de las formas: mostrarlas sin segundas intenciones, que no escondieran nada, que mostraran la estructura sutil de la realidad (piénsese que entonces empezábamos a aplicar un racionalismo sin rodeos ni preconceptos en todos los ámbitos de la vida cotidiana). En la limpieza del «elogio de la palabra» maragalliana Picasso vislumbra lo que podría ser un nuevo horizonte no previsto.

Pablo Picasso, Bañista en la caseta i paisaje de Juan-les-Pins, Juan-les-Pins, 19-21 de abril de 1936. Musée national Picasso-Paris. Dación Pablo Picasso, 1979. © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

Pero se suceden las guerras más atroces, las salvajerías más insólitas, los desprecios más radicales de lo que pueda ser un alma, una persona abandonada. Y ya hemos llegado; en 1942 Picasso nos sale con un texto absolutamente absurdo, con una caligrafía de una fealdad plástica que se convierte en una obra maestra de la rabia, de la energía ejecutiva desesperada y de un horizonte anulado. Ni que decir tiene que el texto desde el punto de vista social establecido es absolutamente incoherente o sólo con la coherencia que le pueda ligar con la realidad ambiente: guerra, hambre, frío, muerto; lo que se vive bajo la ocupación nazi de Francia. No se acaba ni de comprender ni de entender y, del texto, más adelante saldrá el primer happening, representado bajo forma de acción del collage radical, intencional y corporal, por los intelectuales más inquietos entonces presentes en París. El título del texto es la expresión del racionalismo irracional, como la misma realidad de la que ha surgido: Le désir attrapé par la queue.

La vida es acción, frenesí, continuidad, sin embargo, ¿para configurar qué?

Seguirán otros textos con intenciones similares; Picasso ya no es plástico, sólo, sino que, como se manifiesta en Le désir attrapé…, es poeta y, además, poeta de la acción –como ya inició en L’homme au mouton, de 1943–. El 1947-48, en circunstancias ya diferentes, Picasso vuelve a escribir, Les quatre petites filles, obra que, terminadas las guerras principales parece que alguien pudiera permitirse plantear otro futuro que el que había vivido, pero, sin embargo, como vidente o temeroso, el absurdo también se hace presente de vez en cuando. Es que el drama de la existencia no se ha desvanecido del horizonte. Si repasásemos la obra plástica simultánea nos encontraríamos con la misma impresión: de la joya del cuerpo al inextricable entramado que es una existencia que, ya, nos la han dado hecha. El artista, el poeta trágico, sigue presente: la vida es acción, frenesí, continuidad, sin embargo, ¿para configurar qué? Otra obra, socialmente positiva entonces, pero contrapuesta a Le désir… Nos la presenta según la estructura teatral clásica, indicio de que Picasso vive radicalmente su tiempo, lo siente y lo querría con otros rasgos que los que aún continúa mostrándose.

Pablo Picasso, El entierro del conde de Orgaz (facsímil del manuscrito original del libro), Barcelona, 25 de octubre del 1969. Fons Gustau Gili i Anna Maria Torra. Museu Picasso, Barcelona. Adquisición, 2017 MPB 114.083.15 © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid 2019.

Finalmente, escrito entre 1957 y 1959, aparecerá El entierro del Conde de Orgaz (ahora escrito con lápiz de grafito y de colores varios, con enmarcados, encuadrados y desenfreno lineal). Todo ello viene a ser una especie de «romance de ciego»: un desorden de eventos, hechos y ocurrencias que quizás querrían significar que no hay nada que hacer; que no hay otra salida que la que cada uno establezca y que a empujones uno concrete por su cuenta, si puede; porque al final, como decía el clásico: quien salga sano y salvo, ¡salud!; el resto, nada de nada.

Todo ello con un chasquido de poesías en las que parece que la caligrafía sea tan importante como la literatura y, en ésta, lo que vale son las palabras que figuran. Toda otra cosa oscila siempre entre poesía y tragedia.

La exposición Picasso poeta se puede visitar en el Museo Picasso de Barcelona hasta el 1 de marzo de 2020.