Si quisiéramos escribir un «Código da Vinci» ambientado en Cataluña, el escenario principal debería ser, por fuerza, la Biblioteca Museo Víctor Balaguer, de Vilanova i la Geltrú.

Imaginad la Vilanova de 1884. Hace tres años que ha llegado el ferrocarril. Los «indianos» han vuelto con grandes fortunas e invierten en un territorio conocido como «l’Havana Xica» (La Pequeña Habana).

Jan Brueghel de Velours,  Los archiduques Isabel Clara Eugenia y Alberto en el palacio de Tervuren en Bruselas, c. 1621. Depósito del Museo Nacional del Prado.

Un personaje bastante especial, el político progresista, historiador y cronista barcelonés, escritor romántico y destacado masón es diputado en las Cortes españolas por la demarcación de Vilanova i la Geltrú. Se llama Víctor Balaguer.

En agradecimiento, Don Víctor hace construir, junto a la estación del ferrocarril, un verdadero templo del conocimiento. La Biblioteca Museo Víctor Balaguer, del maestro de obras Jeroni Granell, está construida en forma de templo entre neogriego y neoegipcio, cargado de guiños a la masonería. Y dona 25.000 volúmenes de su biblioteca, más unas 400 piezas de arte. Como son pocas, exprime su red de contactos –ha sido dos veces ministro– y consigue donaciones de amigos y personajes ilustres –como Eduard Toda, el Indiana Jones catalán–, pero también un importante depósito del Museo del Prado.

Un copista ante obras procedentes del Museo del Prado.

Imaginad, pues, un museo imponente en Vilanova, años antes de que en Barcelona ocuparan los palacios vacíos de la Exposición Universal de 1888 con las primeras colecciones dignas de este nombre.

Actualmente, en la Biblioteca Museo Víctor Balaguer hay, aparte del legado bibliográfico, una magnífica colección de arte catalán del siglo XIX, pintura de grandes artistas nacidos o residentes en Vilanova, como Joaquim Mir o Enric Cristòfol Ricart, los mejores nombres del arte catalán del primer tercio del siglo XX en pequeño formato –el legado 56, con una historia digna de novela romántica– y los restos de un naufragio cultural contemporáneo: el fondo del Museo de Arte Contemporáneo fundado en 1960 , a iniciativa de la sociedad civil, en la Cúpula del Teatro Coliseum de Barcelona.

El Greco, hacia 1880, era una abominación artística.

También hay arte precolombino, filipino, chino y egipcio –la pequeña momia Nesi llama la atención–, pero el depósito del Prado, que en el bicentenario de la institución madrileña cumple 135 años no tiene rival: obras de Domínikos Theotokópoulos «El Greco «, Bartolomé Esteban Murillo, José de Ribera, Jan Brueghel de Velours, Juan Andrés Ricci … hasta 38 obras que actualmente se exponen en la muestra conmemorativa La presencia del Prado. Episodios de una historia.

Pero el depósito actual del Prado es relativamente reciente, de 1986. Y es que en el depósito fundacional había una golosina exótica: La Anunciación del Greco (1597–1600).

Domínikos Theotokópoulos «El Greco», La Sagrada Familia con Santa Ana y San Juan, c. 1600. Depósito del Museo Nacional del Prado.

El Greco, hacia 1880, era una abominación artística. Un artista raro que pintaba las figuras de manera -innecesariamente- alargada, con unos colores inapropiados. Pero algunos artistas modernistas lo redescubrieron e hicieron todo lo posible para popularizarlo. Santiago Rusiñol, por ejemplo, iba a Vilanova a admirar La Anunciación cuando, desde el tren, descubrió Sitges y ahí se quedó. Tampoco paró, claro, hasta conseguir su propio Greco.

Pues bien, la noche del 30 al 31 de enero del 1981, la banda de Erik el Belga entró y saqueó el museo, especialmente las obras del Prado. Como muestra de buen gusto, atrancaron la puerta con uno de los volúmenes de la monumental Le Antichità di Ercolano (1757–1792). Y no tocaron el Greco porque confundieron un termohigógrafo que había al lado con la alarma.

Bartolomé Esteban Murillo, San Jerónimo leyendo, 1650-1652. Depósito del Museo Nacional del Prado.

Los cuadros fueron recuperados por la policía, pero no volvieron a Vilanova. Se quedaron en Madrid. Y en 1986, una vez llevadas a cabo una serie de mejoras en la seguridad y las condiciones de conservación del museo, se pactó un nuevo depósito, el actual.

Habitualmente, hay una sala donde se muestra una selección del depósito del Prado. Pero con ocasión del bicentenario de esta pinacoteca de fama mundial, se han habilitado dos salas para acomodar el depósito entero, con unas cartelas que detallan las circunstancias y contenidos de cada una de las obras. Pronto podremos ver estos estudios en el correspondiente catálogo.

José de Ribera, San Felipe, 1630-1635. Depósito del Museo Nacional del Prado.

La mayoría de las obras del depósito son de autor español o flamenco, y pertenecen al siglo XVII. Domina la temática religiosa, pero también hay paisaje y retrato. Destacan un maravilloso San Jerónimo leyendo (1650-1652), de Bartolomé Esteban Murillo, y un tenebroso apóstol San Felipe (1630-1635) de José de Ribera. Se nota el abismo que hay entre el manierismo del Greco –aquí con La Sagrada Familia con Santa Ana y San Juan (c. 1600) y San Francisco de Asís y el hermano León meditando sobre la muerte (1600 a 1614)– y la revolución del contraluz en Murillo y Ribera.

Hay dos extraordinarias composiciones de Vicente Carducho sobre la vida del fundador del orden trinitario: Retorno de San Juan de Mata con los esclavos liberados en Túnez (1634-1635) y San Juan de Mata se despide de sus padres (1634- 1635).

Juan Andrés Ricci, San Benito destruyendo los ídolos, c. 1662. Depósito del Museo Nacional del Prado.

Otra extraordinaria pieza de temática religiosa es el San Benito destruyendo los ídolos (anterior a 1662), de Juan Andrés Ricci. No hace mucho formó parte de la muestra que alrededor de Velázquez organizó el CaixaForum Barcelona.

Y un paisaje con arquitectura de Jan Brueghel de Velours, Los archiduques Isabel Clara Eugenia y Albert en el palacio de Tervuren en Bruselas (c. 1621) explica muy bien como esta hija de Felipe II terminó gobernando los Países Bajos. De los Países Bajos también proceden un Paisaje con esquiladores (1613-1616) de Jan Wildens, y una Fábula de la liebre y la tortuga de Franz Snyders.

El dos de mayo de Sorolla en la Biblioteca Museu Víctor Balaguer.

Completan este magnífico depósito obras de Juan Pantoja de la Cruz –Dama desconocida–, Juan Carreño de Miranda –Carlos II, 1673–, Juan García de Miranda, Juan Bautista Maíno o Ramón Bayeu.

Por cierto, la única obra del primer depósito que no retornó al Prado es la monumental tela La defensa del parque de Monteleón (1884), de Sorolla, popularmente conocida como El dos de mayo. Mide 400 x 580 cm y, por supuesto, es difícil de transportar.

La exposición La presencia del Prado. Episodios de una historia se puede visitar en la Biblioteca Museo Víctor Balaguer, de Vilanova i la Geltrú, hasta el 13 de octubre.