Si algo puede decirse de la expo Vampiros. La evolución del mito (CaixaForum Barcelona), es que hace honor al mito en su versión decimonónica porque seduce, calienta la sangre y sales de ahí con el cuello torcido.

Si el chupasangre –como dijeran el antropólogo escocés James George Frazer en La rama dorada (1890), o Joseph Campbell en sus estudios sobre religiones, magia y mitos– es una constante cultural o, como lo calificara el mismo Jung, un arquetipo presente en el imaginario colectivo, lo cierto es que cada visitante reflexivo debería salir de ahí siendo interpelado desde la perspectiva de la víctima, de la del dominador o de ambas a un tiempo.

Béla Lugosi y Helen Chandler en Drácula, de Tod Browning, 1931. Universal Pictures/WolfTracerArchive/Photo12/ agefotostock. Imagen de Béla Lugosi reproducida con el permiso de Lugosi Estate (www.belalugosi.com).

Pero la muestra es mucho más que una colección de seductores de cuello levantado, estética gótica, eternos y vanidosos jóvenes que renuncian a los espejos, y anarquistas de dudosa moral con sinergias nietzscheanas. La exhibición propone un recorrido panelado e intuitivo, en el ya inevitable serpentear a lo “Ikea”, articulado por los diferentes documentos cinematográficos que ha parido el cine desde su mismo origen hasta la actualidad: Murnau, Dreyer, Browning, Tourneur, Polanski, Herzog, Coppola, Burton, Bigelow, Weerasethakul… porque también para el cine, el mito del vampiro ha sido una constante desde su génesis. Pero no solo es cine. Además de una gran cantidad de documentos anexos a las películas, hasta 362, desde diseño de vestuario, decorados y producción como los de Albin Grau para Nosferatu, guiones mecanografiados y obras que han inspirado a otros artistas que ponen los dientes largos a cualquier mitómano del ramo, la muestra no olvida el fundamento romántico literario que hay en Poe, la sexualización del mito de Stocker, su utilización como crítica política en caricaturas, su incursión en la cultura pop como personaje manga y en videojuegos, y la génesis del propio mito en una arcaica cultura de masas.

James Dean, Fairmount, Indiana, USA, 1955. © Dennis Stock / Magnum Photos.

Y es que hubo un tiempo, allá por el siglo XVIII, en el que la fiebre por los vampiros llegó a ser considerada como un fenómeno de histeria colectiva. Claro que todavía no eran lacónicos ni se vestían de dandis, sino que eran algo descuidados con la higiene personal y olían a cerrado, pero, como contrapartida, tampoco les daba por aprovecharse de incautas jovencitas. Pocos personajes o sucesos de la historia, reales o ficticios, han gozado de semejante atención social y han causado no pocas y enloquecidas flashmobs como las hordas de labriegos enajenados presos de una obsesión comunal, afanados por esparcir ajos, enterrar guadañas, empuñar cruces, clavar estacas en cuerpos inhumados y arrancar corazones de cadáveres sospechosos. El tarantismo medieval, los juicios de Salem, la Lisztomania, el crack del 29, o la fiebre yeyé beatlelera comparten síntomas sociales de locura colectiva con el vampiro de origen balcánico. Y, para ser honestos con los consanguíneos del conde Drácula, podríamos decir que nuestro muerto viviente ha despertado en los mortales los sentimientos más encontrados, ya sean de ira, arrebato amoroso, pánico y veneración, según el momento.

Friedrich Wilhelm Murnau, Nosferatu, una sinfonía del terror, 1922. Cortesía de Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung.

Nosferatu, del griego, portador de enfermedad, el jiang shi oriental, el strigoi rumano, el upir eslavo, el vampyrus occidental… Sus múltiples nombres son ya un indicio de lo poliédrico de su figura y su personalidad, que vienen a encarnar los más brutales instintos reprimidos de atávico bestialismo y supersticiones primitivas relativas al poder vital y soteriológico de la sangre que también el cristianismo asumirá, el mito de la depredación, el trauma por el proceso de la desintegración del cadáver, la posibilidad de comunicar con los muertos y la fascinación por la inmortalidad, que comparte con otros mitos como el del Don Juan y el Fausto, pero a diferencia de estos, sin moralina. También los entierros prematuros pudieron haber alimentado las creencias en vampiros cuando alguna persona informaba de la emisión de sonidos provenientes de algún ataúd que, con el tiempo, sería descubierto con arañazos desde el interior.

Joseph Apoux, Le Vampire, 1890. Colección particular, París.

Durante la Edad Media, el mito sobrevivió aferrado a las formas paganas conservadas de forma marginal y proscrita, al margen de la religiosidad oficial puesto que la escolástica medieval, beligerante ante el catarismo y las diferentes herejías de corte gnóstico y maniqueo, negaba la idea de mal como entidad substancial opuesta al bien, asegurando que era tan solo la ausencia de bien. Se negaba así el poder de acción y la mera existencia entitativa de las supuestas fuerzas del mal. Será a partir del siglo XVI que el vampiro empezaría a ser objeto de estudio por parte de eruditos y polímatas renacentistas como el esloveno Janez Vajkard Valvasor, autor del primer tratado, seguido de muchos más. La alquimia, la cabalística, la superstición y la posibilidad de la magia repuntaron con gran fuerza y, como apunta Silvia Federichi, será entonces y no antes cuando se producirá la mayor quema de brujas y la persecución de vampiros.

Michel Landi, Cartel francés para Dracula A.D. 1972 (Drácula 73), de Alan Gibson, 1973. © Michel Landi, VEGAP, Barcelona, 2020.

Otra cosa que no podemos pasar por alto es que, desde el inicio del vampiro moderno, lo de morder cuellos no solo era cosa de hombres brutalizados y dominadores, aunque no pueda decirse lo mismo del género de las víctimas, por norma, cándidas y púberes féminas, siempre pasivas, tratadas como objeto de caza. Se cuenta que, en el siglo XVI, la húngara Isabel Bathory, llamada la “Condesa Sangrienta”, tenía la poco empática manía de secuestrar muchachas para beber sus fluidos y permanecer así bella eternamente, historia que inspiraría el relato de Sheridan Le Fanu, con el título de Camilla, que años más tarde sería la base de películas como Vampyr, la bruja vampiro de Carl Theodor Dreyer o La novia ensangrentada de Vicente Aranda, y el germen de todo el género lésbico-vampírico.

El vampiro como representación del opresor que se aprovecha de sus víctimas, haciéndose con su trabajo vital y sus bienes para enriquecerse.

Muchas de las epidemias de vampiros que asolaban Centroeuropa, cesaron por la vía ejecutiva cuando la emperatriz María Teresa de Austria prohibió estrictamente el levantamiento de tumbas y el robo de cadáveres, ejemplo que cundió en otros lugares, tras un informe de su médico personal, Gerard van Swieten, que negaba la posibilidad de la existencia de vampiros. Ni siquiera los eruditos del siglo de las luces habían conseguido opacar las creencias más peregrinas a pesar del empeño del mismo Voltaire en asegurar, en su Diccionario filosófico, que más chupópteros que la ola de vampiros de los últimos años eran el clero y los burócratas, que viven en palacios y no en cementerios. La entrada del volumen, que no tiene desperdicio y reparte estopa hasta a los Jesuitas, es el pistoletazo de salida para la utilización de la figura del vampiro como representación del opresor que se aprovecha de sus víctimas, haciéndose con su trabajo vital y sus bienes para enriquecerse.

Wes Lang, Fuck the Facts, 2019. Cortesía de V1 Gallery y Wes Lang, Copenhague.

Según Marx, “el capital es trabajo muerto que, como un vampiro, vive sólo de chupar trabajo vivo, y cuanto más vive, más trabajo chupa”, aunque la oscarizada Parásitos nos enseñó que si algo no tiene clase son los chupópteros. Una inversión de términos similar ocurre en El hijo del vampiro de Cortázar, publicado bajo el seudónimo de Julio Denis en 1938 y que Lacan trató también en uno de sus seminarios, afirmando que es el niño y no la madre el que se dedica a vampirizar. Para Zizek, Hollywood distingue, en una lucha ancestral, entre vampiros, de clase ilustrada y con autonomía moral, y zombis, desclasados y torpes que representan los alienados.

Cartel francés para Nosferatu, Phantom der Nacht (Nosferatu, vampiro de la noche, 1979), de Werner Herzog. Production Gaumont (France) / Werner Herzog Filmproduktion (Alemanya). David Palladini © Werner Herzog Film GmbH.

Si el primer vampiro literario fue poeta, llevado al papel en 1819 por John William, médico personal de Byron, como refinados serían los de Sheridan le Fanu, Maupassant, Gautier, Stoker, Poe o el poco conocido Deja a los muertos en paz de Ernst Raupach, los últimos son tan solo adolescentes de la saga Crepúsculo a los que lo único que les importa es el baile de fin de curso, o malvados, como los de Blade II de Guillermo del Toro, cuya única preocupación visceral es su posición en la cadena alimenticia.

Quizá las próximas relecturas del mito vengan de la mano de películas como Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch, con irritantes jóvenes de gustos exquisitos en ambiente underground, o el vampiro llegado a estrella del rock que imagina Ramón Paso para el teatro en su Drácula. Biografía no autorizada, pero no hay que olvidar que Michael Jackson, el rey del pop, optó por identificarse con un zombi y no con un vampiro.

La exposición Vampiros. La evolución del mito, coorganizada junto a la Cinémathèque Française, y comisariada por Matthieu Orléan, se puede visitar en el CaixaForum Barcelona hasta el próximo 31 de enero.