Cuando pensamos en Juan Ramón Jiménez, nos viene a la memoria el retrato que de él hizo Daniel Vázquez Díaz, uno de los grandes artistas de las vanguardias anteriores a la Guerra Civil.

Esa imagen se convirtió en icónica al ser durante años la que encontrábamos en los billetes de 2.000 pesetas, con ese tono rojizo que daba una fuerza especial a la imagen del poeta de Moguer. Sin embargo, ese dibujo, el que el pintor regaló a quien fue Premio Nobel de Literatura, lleva algo más de ochenta años desaparecido.

Billete de 2.000 pesetas con el retrato de Juan Ramón Jiménez dibujado por Vázquez Díaz.

La última vez que fue visto, en abril de 1939, estaba colgado en una de las paredes del domicilio de Juan Ramón y su esposa Zenobia Camprubí, en la madrileña calle Padilla. ¿Qué ocurrió para que algo así pasara?

En abril de 1939, una vez que en el cuartel general de Franco se dictó el último parte de guerra, muchos eran los que habían huido sin saber que no volverían nunca o que tardarían mucho en volver a hacerlo. Las viviendas de escritores y artistas quedaron en muchos casos con escasa protección y no fueron pocos los que vieron en todo eso la posibilidad de lograr dinero rápido vendiendo lo robado. Uno de los casos más llamativos es el del poeta del 27 Adriano del Valle quien no dudó en presentarse en las oficinas de Cruz y Raya, la revista y editorial de José Bergamín, y cargar cajas con lo que había allí, especialmente material bibliográfico. En ese fondo se encontraban algunas colecciones de las más importantes revistas literarias publicadas en España en los años anteriores a la Guerra Civil, como las editadas tan exquisitamente por el mismísimo Juan Ramón Jiménez. Adriano del Valle vendió algunos de esos tesoros al joven crítico de arte Rafael Santos Torroella años más tarde. Hoy forman parte del archivo Santos Torroella, el mismo que fue adquirido por el Ayuntamiento de Girona y que ahora es imposible poder consultar.

Otros archivos corrieron mejor suerte en ese Madrid, como el de Federico García Lorca en la casa familiar de la calle Alcalá, aunque algunos documentos salieron de allí sin la autorización de los herederos del poeta. Eso es lo que denunció su hermana Isabel en su libro de memorias, Recuerdos míos, donde acusa a Rafael Martínez Nadal, amigo y confidente de Federico, de haber pasado por ese hogar mientras duró la guerra y haberse llevado algunos papeles. Este hecho explicaría que Nadal fuera el propietario de algunas cartas privadas de Lorca, como una postal escrita por Dalí o una misiva redactada precisamente por Isabel.

Es en este ambiente de saqueos y de sálvese quien pueda que queda desprotegida la vivienda de Juan Ramón y eso es algo que sabían tres tipos pertenecientes al mundo de las letras, unos cazafortunas que intentan lograr la suya a base de meterse donde no queda nadie. Nuestros tres sospechosos son Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carles Sentís, y sabemos que fueron ellos porque los reconoció Luisa Andrés, la criada de los Jiménez-Camprubí en la casa de la calle Padilla número 38.

Fotografía del retrato de Juan Ramón Jiménez realizado por Daniel Vázquez Díaz en 1916.

Es el mismo poeta el encargado de darnos la pista y explicar los hechos en un libro que no llegó a ver la luz en vida de Juan Ramón Jiménez. Se trata de Guerra en España, reconstruido con paciencia y diligencia por Ángel Crespo y Soledad González Ródenas. Es allí donde podemos encontrar un relato más o menos aproximado de lo sucedido en el hogar del poeta. La historia, que se basa en lo que le llegó a Juan Ramón, nos cuenta que “engañaron a mi pobre y honradísima criada Luisa (…) le dijeron que iban a recojer mis (…) para guardarlos mejor, y ella cayó en la trampa. Fueron varias veces. Se llevaron todos mis paquetes de manuscritos, cartas, (…) y además, por si hubiera alguna duda, la máq[uina] de escribir, el gramófono, los discos”.

Juan Ramón se basaba en las cartas que le llegaron al exilio desde España y donde se daba detallada cuenta de lo ocurrido. Por este epistolario sabemos que los ladrones llegaron a Madrid desde lejos: “Ros vino de Barcelona para consumar la hazaña”, anota el poeta probablemente a partir de una carta de su buen amigo y confidente Juan Guerrero Ruiz. El autor de Platero y yo sospechaba equivocadamente que todo formaba parte de una operación preparada por dos de sus enemigos literarios, Pedro Salinas y José Bergamín, antes de que estos marcharan al destierro. Sin embargo, todo era mucho más propio de la picaresca, de la búsqueda de cuatro duros fáciles vendiendo y mal vendiendo un patrimonio literario de grandísimo valor. Por aquel tiempo, el escritor también mantenía correspondencia con Clotilde Mas, secretaria del Consulado de Francia en Alicante. Fue ella quien le comunicó que “visitamos a Luisa que estaba muy disgustada porque Félix Ros y Carlos Martínez Barbeito se habían llevado muchos trabajos inéditos para guardarlos ellos, según dijeron. Esperamos que pronto serán reintegrados, pues buenos amigos han intervenido en el asunto de que sólo son responsables aquellos compañeros de Pedro Salinas”.

Sentís tenía la habilidad de “jugar todas las cartas de la baraja, y eso incluía hacer la pelota a los falangistas y franquistas puros y duros”.

Hasta ahora hemos visto que solamente aparecen citados dos responsables del pillaje, Félix Ros y Carlos Martínez Barbeito, pero en los papeles personales de Juan Ramón surge otro nombre con fuerza y es el de Carles Sentís. De hecho, las autoridades franquistas estaban bien informadas del papel que este periodista había tenido. En aquella época Sentís, quien se sentía uno de los vencedores y aún estaba alejado de la imagen de aliadófilo con la que quiso venderse al mundo con posterioridad, se movía entre Barcelona y Madrid, sintiendo un especial interés por esta segunda ciudad, centro del nuevo orden político en España. Como ha apuntado uno de los biógrafos de Sentís, Francesc Vilanova, el personaje tenía la habilidad de “jugar todas las cartas de la baraja, y eso incluía hacer la pelota a los falangistas y franquistas puros y duros, y ofrecer un perfil más moderado, más aceptable, a los consejeros del conde de Barcelona y al mismo pretendiente, cosa, por otro lado, nada difícil”.

En marzo de 1946, Juan Ramón había logrado recuperar algunas cosas, pero quedaba una parte importante aún en manos de quienes asaltaron su casa. Juan Guerrero Ruiz había logrado hacer algunas gestiones ante José María Pemán, probablemente el intelectual con más influencia en el régimen en ese momento. Guerrero informa de todo en una carta al poeta, con datos tan interesantes como una confesión de Félix Ros “que le ha escrito [a Pemán] avisándole de la devolución de 27 volúmenes que afirma son los que tenía en su biblioteca procedentes de Padilla. Me parecen muy pocos, pero él ahora trata de cargar las culpas sobre Carlos Sentís por estar en el extranjero, y creerle más a salvo por haber sido secretario particular de Rafael Sánchez Mazas, cuando éste era ministro”.

Carles Sentís asiste, con los ojos cerrados, a la boda de Carlos Barral, 1954.

El escritor no dudó en pedirle ayuda al mismo Sánchez Mazas, uno de los hombres fuertes de la dictadura, recordando que “yo no he ofendido nunca en nada al Sr. Sentís ni al Sr. Ros, ni ninguno de sus compañeros de robo”. En su ruego, Juan Ramón preguntaba a Sánchez Mazas si “le sería desagradable conseguir que el Sr. Sentís devolviera a D. Juan Guerrero Ruiz, editor de la ‘Hispánica’ de Madrid, los libros y todo lo íntimo mío que él tiene en su poder”. El autor de Españoles de tres mundos acabó dirigiéndose al mismo Sentís en un tono meditado y respetuoso en, al menos, dos ocasiones. Sabemos de su contenido por la copia que hizo el mismo Juan Ramón de las cartas, como la primera en la que le dice que “por F[élix] R[os] he sabido que usted tiene en su poder la mayor parte de los libros que sacaron de mi piso de Madrid en 1939. Y me dirijo a usted como un compañero de letras. (…) Todos hemos tenido malos momentos en nuestra vida. C[arlos] S[entís] yo no le guardo rencor. Reaccione bien límpiese de este [error] momentáneo devolviendo los libros y lo demás que tiene”.

Finalmente Sentís contestó y lo hizo sin hacer mención alguna a que era el propio Félix Ros quien reconocía su identificación como uno de los responsables del robo: “Sólo le mando estas líneas para informarle de que, si Vd. piensa seguir diciéndolo -yo esto no podría evitarlo- sepa categóricamente que está pronunciando una total calumnia. Si en lugar de ser Vd. un poeta, fuese otro ser menos depurado y más dado a las pasiones políticas, no me habría tomado la molestia de mandarle esta carta”.

Ros y Martínez Barbeito fueron devolviendo parte de lo robado. Nunca le llegó todo a Juan Ramón Jiménez como le habían prometido, pese al empeño de Guerrero Ruiz y Luis Felipe Vivanco. Entre esas piezas sigue hoy en día sin aparecer el retrato que en 1916 realizó Vázquez Díaz a Juan Ramón, y que tanto quería el poeta. Sentís negó hasta su muerte, en 2011, haber participado en el robo, aunque hoy nadie duda de su participación en esos hechos.